Jueves 10 de diciembre de 2009
La declaración, por parte de Al Qaida en el Magreb, de la autoría del secuestro en Mauritania de los tres cooperantes españoles, fue comunicada públicamente el martes a través de un audio cuya veracidad confirmó el Gobierno. Aunque es la primera vez que dicha organización se hace en el Magreb Islámico con rehenes españoles, el suceso vuelve a convertir a España, sin embargo, en víctima de la sinrazón terrorista, del interior o el exterior, en objetivo predilecto de grupos extremistas que ligan su destino a la reivindicación de territorios supuestamente arrebatados y sojuzgados, y que en la praxis de su doctrina no dejan tras de sí más que tragedia y destrucción.
A la persistente amenaza, una vez rota la última tregua de 2007 que certificó el fracaso del llamado “proceso de paz”, proveniente de ETA y su entorno, se suma ahora la reaparición del terrorismo islámico de la mano de una de sus organizaciones más temibles, Al Qaida, autora de la matanza del 11-M. Estos secuestros constituyen el primer episodio en el que, tras varios atentados frustrados, el terrorismo islamista ha logrado sus propósitos. Conviene saber y repetir que las amenazas del islamismo radical contra España se vienen sucediendo desde 1998. Se concretaron trágicamente en el terrible atentado de Atocha y se han repetido con éxito en esta ocasión. Debemos, pues, ser conscientes que los ataques sufridos no son reactivos. No tuvieron su origen en la presencia española en Irak y no cesarán tampoco aunque nos retiráramos de Afganistán. El terrorismo islamista no necesita pretextos para sus operaciones sanguinarias porque tiene un texto claro: el que le proporciona una revolución teocrática totalitaria. Así pues, ataca cuándo, dónde y cómo puede. Errores de comprensión del fenómeno que nos amenaza, asesina y secuestra y engañarnos a nosotros mismos buscando culpas propias donde no las hay, no contribuirá a nuestra defensa. Remunerar el terrorismo, como se ha hecho en el caso del “Alakrana”, tampoco.
El suceso tiene lugar, además, en un contexto de enrarecido entendimiento con Marruecos a raíz del “caso Haidar”, cuya resolución parece haber desembocado en un callejón sin salida, lo que hace más preocupante la situación dada la proximidad geográfica de Mauritania con el país alauita. Difícil resultará igualmente poder encontrar una fórmula que permita la liberación satisfactoria de los tres españoles capturados, porque, en una hipotética negociación, junto al pago de un rescate, Al Qaida sí buscará, a diferencia de los piratas del Índico, contrapartidas políticas para una estrategia de avance en su guerra fundamentalista -la excarcelación de terroristas presos en Europa Occidental o en el norte de África, por ejemplo- inadmisibles para cualquier gobierno democrático. La presencia asimismo de otro ciudadano francés en el secuestro obligará a una acción conjunta entre ambos países, Francia y España. La solución a corto plazo, compleja, únicamente podrá devenir en el marco de la ley, otorgando -obligatoriamente, en este caso- al actual Ejecutivo el respaldo necesario para que gestione la crisis con eficacia, así como a una diplomacia española, abrumada y en horas bajas, a la que se le acumulan los problemas.
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