La conferencia contra el cambio climático organizada por las Naciones Unidas en la capital danesa afronta su fase decisiva. Tras meses en los que se la calificaba como el punto de inflexión histórico en la lucha contra los gases de efecto invernadero, lo cierto es que las buenas intenciones, enfocadas a rediseñar un modelo energético mundial con una menor dependencia de los combustibles fósiles, pueden quedar, una vez más, en papel mojado. Mientras que el logro de un acuerdo político o un tratado jurídicamente vinculante están prácticamente descartados, los pesos pesados de la cumbre o, lo que es lo mismo, las grandes potencias contaminantes han ido poco a poco enrocando sus posturas y la incertidumbre se cierne sobre las medidas que se puedan llegar a adoptar hasta el próximo día 18.
Las cumbres de Kioto y Bali, celebradas en 1997 y 2007 respectivamente, han demostrado, con el tiempo, que poco o nada se puede hacer en este tipo de conferencias si no se desarrolla un verdadero sentimiento generalizado de lucha contra el cambio climático. De nada sirven las buenas intenciones y los discursos prometedores si no son acompañados de
políticas a pie de campo realmente eficaces. El fracasado protocolo de Kioto, que expira en 2012 y que no ha sido ratificado ni por EEUU ni por China, principales países contaminantes junto con Rusia e India, puso de manifiesto que, si de verdad se quiere luchar contra el efecto del CO2, los gobernantes han de
anteponer el interés general al particular, algo que, con 192 países presentes en la capital danesa, se antoja muy complicado.
Una de las lecciones que los defensores de la cumbre de Copenhague han aprendido de experiencias pasadas es que de poco servirán los compromisos adquiridos por las grandes potencias contaminantes si estos no van acompañados de un programa serio de sanciones que penalicen a los infractores de dichas promesas. En los últimos días, se ha visto como cada país lanzaba su oferta de recorte de emisiones pero, hasta ahora, no se ha tenido en cuenta
qué pasará si un estado no cumple con los objetivos alcanzados o quién velará por el correcto cumplimiento de los mismos.La casi totalidad del centenar de jefes de Estado y de Gobierno que han confirmado su presencia a la cumbre no ocuparán su actual cargo cuando los compromisos de Copenhague expiren, por lo que los acuerdos a los que se lleguen dependen no sólo de un acuerdo multilateral, sino también de una
política de continuidad de las distintas partes.
Estados Unidos contra China
A pesar de que en la reciente visita de Barack Obama a China, tanto Washington como Pekín se habían mostrado solícitos a reducir sus emisiones, llegando a comprometerse a recortes hasta del 45 por ciento para 2020, lo cierto es que en los últimos días ambas posturas se están volviendo cada vez más
conservadoras. Mientras en Copenhague se libra una lucha por el interés ecológico mundial, ambas potencias mantienen un tenso tira y afloja paralelo por ver quién da el primer paso.
Washington, con su delegado
Jonathan Pershing al frente, cree que China debería disminuir su dependencia del carbón (el 70 por ciento de su consumo energético) para contaminar menos, lo que supondría un
descenso de la competitividad del país asiático a corto y medio plazo, mientras que Pekín considera que deben ser los países desarrollados, con EEUU y la UE a la cabeza, los que den el primer y decisivo paso en la lucha contra el cambio climático.
China, que ha declarado estar al “límite de sus posibilidades” con las reformas que propone, defiende que Washington y Bruselas tienen una deuda histórica por lo que ya han contaminado y que ahora les toca a los países en vías de desarrollo
industrializarse libremente. Pekín, además, esgrime entre sus principales argumentos que ninguno de los países ricos se acerca a los parámetros recomendados por la ONU en materia de gases de efecto invernadero, que oscilan en torno a recortes del 25 y el 40 por ciento sobre los valores de 1990 para evitar el aumento de dos grados centígrados en la temperatura mundial, punto que los expertos consideran de no retorno.
Parece ser que, tras la marcha de George W. Bush de la Casa Blanca, esta vez EEUU sí va en serio, a pesar de no aceptar las propuestas de la ONU y la UE para reducir sus emisiones un 30 por ciento hasta 2020, y podría comprometerse a recortarlas un 17 por ciento, sobretodo después de que la administración estadounidense declarara a los gases de efecto invernadero
“nocivos para la salud humana”. Esta decisión permite a Obama no depender del Senado para desarrollar políticas medioambientales, algo que, hasta la fecha, se había antojado como un gran problema. Además, el jefe de la delegación norteamericana en Copenhague, Jonathan Pershing, es el coautor del Informe del Panel Intergubernamental en el que se denuncia, con un 90 por ciento de probabilidades, que el hombre es el causante directo del cambio climático, lo que aumenta el optimismo en torno al papel de Estados Unidos en la conferencia.
Por otro lado, parece ser que el presidente Obama tiene el ‘enemigo climático’ en su propio país. El partido republicano se ha manifestado en contra de Copenhague y
ha instado a Obama a que boicotee la cumbre. En este sentido, la ex candidata a la vicepresidencia y ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin, ha llegado a declarar que los compromisos que Barack Obama adquiera en la capital danesa “no serán vinculantes para el pueblo norteamericano”, dejando entrever que, si en un futuro los republicanos ganan las elecciones presidenciales, Copenhague será ignorado por la futura administración.
La UE busca su sitio
La Unión Europea acude a Copenhague con una postura común entre sus miembros, que se han comprometido a recortar sus emisiones de gases un 20 por ciento y pudiendo alcanzar el 30 por ciento si el esfuerzo es global. Lo cierto es que en el seno comunitario se está muy atento a lo que hagan EEUU y China, ya que de su grado de compromiso depende, en buena medida, la línea de actuación de la Unión.
De este modo,
Bruselas está buscando su propio espacio en las negociaciones, muy cercano al papel de mediador, a la espera de que los dos grandes protagonistas fijen sus posturas. En este sentido, el recién nombrado presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, señaló esta semana que espera que la UE “sea el motor para llegar a un acuerdo global ambicioso”.
Por lo pronto, los Veintisiete
han acordado una partida de 7.200 millones de euros entre 2010 y 2012 que tendrán como destinatarios a los países pobres y en vías de desarrollo. Además, Francia y Gran Bretaña podrían pactar reducciones mucho más ambiciosas que el resto de sus socios europeos con el objetivo de dar ejemplo y animar a las demás potencias mundiales a sumarse al esfuerzo medioambiental
Por su parte, Rusia, otro de los países más contaminantes del mundo, se ha mostrado muy poco esperanzado en lograr un acuerdo y supedita un recorte del 25 por ciento en sus emisiones a que los demás miembros del G8, así como los países
BRIC (Brasil, India y China más la propia Rusia), se comprometan a ese mismo acuerdo.
Los países en vías de desarrollo, pobres y emergentes
Pero esta conferencia contra el cambio climático no se centra de forma exclusiva en los grandes actores internacionales. Los países emergentes y en vías de desarrollo también se están haciendo notar. Una de las voces más oídas es la del presidente boliviano, Evo Morales, que sostiene que deben ser los países ricos los que costeen íntegramente la
“deuda ecológica” adquirida tras décadas de emisiones mediante la condonación de la deuda externa.
Otro de los pesos pesados presentes en la capital danesa es la delegación de India. Junto con EEUU, China y Rusia, el país surasiático es una potencia contaminante y principal representante de los países en vías de desarrollo. En los últimos días, la delegación india se ha mostrado partidaria de alcanzar un tratado internacional para la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera.
Asimismo,
el papel de países como México, Chile, Sudáfrica, Argentina, Indonesia o Brasil se antoja determinante a la hora de lograr un resultado satisfactorio en la cumbre, puesto que son considerados la ‘segunda división’ en cuanto a emisiones de gases nocivos y su respaldo a los posibles compromisos adquiridos es crucial.
Por otro lado, un protagonismo mediático sorprendente es el que han acaparado los pequeños estados insulares agrupados en torno a la Aosis (Alliance of Small Island States). Estos 43 estados, en su mayoría localizados en el Pacífico y el Caribe y que apenas se alzan sobre el nivel del mar, reclaman medidas urgentes contra el cambio climático puesto que ven cómo, año tras año, su territorio mengua peligrosamente por la subida de las aguas amenazándolos con la
desaparición.
No son pocas las voces que empiezan a alertar del drama ecológico que supondría el fracaso de la cumbre de Copenhague.
El miedo a que la conferencia acabe con una simple declaración de intenciones está empezando a ganar terreno al optimismo inicial. Lo cierto es que cada vez queda menos para lograr un acuerdo mundial que tenga como objetivo luchar de manera efectiva contra el cambio climático. Mientras el mundo entero pone sus esperanzas en que de Copenhague salga un compromiso serio para rediseñar el modelo energético mundial y lograr así reducir los gases de efecto invernadero, la contaminación sigue con su
nociva y progresiva misión.