Opinión

Staurómacos, stauróclatas y crucicidas

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 11 de diciembre de 2009
En Zapatero existe una mínima distancia entre la separación de la religión y la sociedad, y la supresión total del catolicismo. Separación y supresión no son más que dos momentos sucesivos del mismo proceso. Se mejicaniza la sociedad, se prohíbe la fe católica en los funcionarios públicos y, finalmente, se erradicará mediante leyes los mínimos vestigios del catolicismo. Cuando la religión es condenada al arresto domiciliario, entonces la ideología rencorosa del Estado se convierte en religión, llamada por unos “secularismo”, por otros “laicismo”, pero que en realidad se encuentra en el campo semántico-político de las ideologías totalitarias. Puro totalitarismo.

El laicismo radical y razonable tuvo su razón de ser en la época en que emergía como reacción ante el abuso de las autoridades eclesiásticas. Este abuso se llama clericalismo, y parece inevitable que provoque una lógica oleada de anticlericalismo. Hay pocos afanes tan feos como el ansia de poder, y es especialmente impropio en hombres que han sido consagrados y ordenados para servir a los demás. El clero tiene autoridad en materias que conciernen a la disciplina de la Iglesia. Y el ejercicio de esa autoridad es ya de por sí una operación muy delicada. Nuestros pastores nos pueden decir cuándo tenemos que ir a Misa, o si estamos válidamente casados, pero no deben meterse sobre qué restaurante preferimos ni en si somos monárquicos o republicanos.

Ahora bien, gracias a Dios, el poder temporal de la Iglesia ha acabado, poder que hería precisamente en su corazón su finalidad sagrada. Y hoy la Iglesia el único poder que posee es recordar a sus fieles una y otra vez cuál debe ser la cosmovisión y las prácticas de un buen cristiano. La dignidad de la persona humana, la libertad del hombre, la moralidad de los actos humanos, la conciencia moral, las virtudes humanas, la participación en la vida social, la solidaridad humana, etc, etc. La Iglesia no puede renunciar a mejorar y a amar al mundo. Y mejorar el mundo supone casi siempre entrar en conflicto con los poderes establecidos. Por eso es muy sospechosa la pasión que a veces le entra al poder político por aniquilar la Iglesia, cuando ésta ya no es un poder fáctico, sino sólo una corriente de opinión. Entendemos que la cruz podía concitar odio y animadversión cuando bajo ésta se simbolizaba la práctica de muchas injusticias, iniquidades y actos represivos en la época en que la Iglesia era un inmenso poder fáctico. Pero ahora sólo es un referente ético que expande el mensaje de Jesús por todos los pueblos de la tierra. Como hace veinte siglos al poder le molesta el amor al mundo de la Iglesia, ya expresado en San Juan: “Sic enim dilexit Deus mundum, ut Filium suum inigenitum daret, ut omnis, qui credit in eum, non pereat, sed habeat vitam aeternam. Non enim misit Deus Filium in mundum ut iudicet mundum, sed ut salvetur mundus per ipsum.” Es decir, arrancar los males que aquejan al mundo es una misión fundamental de la Iglesia y, en cierto sentido, esta misión – qué duda cabe – tiene un claro componente político. No intrínsecamente político en cuanto que la Iglesia predica no a través de una ideología política, sino a través del humanismo que entraña la fe en Dios.

Quitar cruces, arrancar cruces, quemar cruces o tirar cruces a los contenedores de basura supone una villanía ni mayor ni menor que demoler mezquitas o quemar fotos de Gandhi. Sencillamente es una villanía de los débiles mentales de siempre, que prefieren utilizar leyes violentas a debatir pacíficamente con argumentos en los foros de la libertad, en la gran plaza de la comunidad política. En el fondo, los stauroclastas sólo expresan su miedo a la libertad. Pero hoy empiezan por las cruces, y mañana no sabemos adónde llegarán. El que retira hoy las cruces sirviendo a la ideología del poder de turno, antaño hubiera combatido – bajo la cruz – a los que se hubieran desviado un ápice de la recta doctrina. Inalterable vocación lacaya de verdugos.

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