Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 12 de diciembre de 2009
No llegué a conocerlo, pero me hubiese gustado mucho. Creo que hubiésemos sido buenos amigos. Se llamaba Bajo Kaludjerovic –pronúnciese Baio Kaluyerovich- y era montenegrino; bueno, en realidad nació en Montenegro, pero él fue siempre yugoslavo como Mehmed Midzic, que era originario de Bihac y cuya historia les contaré pronto. No les tocaron tiempos fáciles. Bajo era joven cuando España se desangraba en una guerra civil y el oscuro cabo Hitler se hacía con el poder en Alemania. Quizás presintió el futuro. Tal vez supo que al final toda Europa –ese espacio unido a Asia por los Balcanes- sería rodeada por las sombras. Prefirió la acción a la espera, y cuando el Reich invadió Yugoslavia, se unió a los partisanos. Luchó durante años como tantos serbios, bosnios, macedonios, croatas y eslovenos por una patria joven que se obstinaba en ser libre. Como él, miles de yugoslavos se enfrentaron al fascismo allí donde lo encontraron. Algunos vinieron a España y de ahí pasaron a Francia, a Grecia, a Yugoslavia. Quienes lo conocieron cuentan que Bajo jamás perdía la calma. Esto es difícil cuando suenan los cañonazos y el tableteo de la ametralladora se acerca. Seguramente tuvo miedo pero no pánico. No sé qué pensaría. Quién sabe si en esas circunstancias uno piensa algo o sólo siente el temor, la duda, la espera, la esperanza contra todo pronóstico de salvar una patria que durante mucho tiempo fue un sueño.
La guerra terminó y Bajo Kaludjerovic volvió a la vida civil. No le gustaba la guerra, pero menos aún le gustaba el fascismo. Se mantuvo lejos de la política y prefirió ser un tipo normal. Como él, muchos partisanos prefirieron ser maestros, abogados, fontaneros antes que políticos o altos funcionarios. Ahora, muchos años después, sabemos que el Estado fue cayendo en manos de otros con menos escrúpulos; a menudo Bajo no recordaba haberlos visto luchando por ese país que ahora gobernaban. La prudencia y la modestia le impidieron presumir de haber luchado y vencido al ejército más poderoso de Europa. Muchos de sus amigos no vivieron para contarlo y él no los olvidó jamás.
Educó a sus hijos para la paz y la honradez con la naturalidad de quien sabe que las cosas verdaderamente importantes se resumen en pocas palabras: amor, libertad, verdad…
Dicen que Bajo Kaludjerovic no mentía jamás. Supongo que la guerra tiene esas cosas: si uno supera el miedo a los nazis - a la tortura, al campo de concentración, a la bala, el puñal y la bomba- se queda inmunizado y ya no teme a nada. Quizás por eso –por esa voluntad de decir la verdad aunque uno muera- Bajo no llegó a ser rico ni famoso ni a presidir nada. Quién sabe si por eso su nombre es recordado por quienes le aman y por alguno que le debe la vida. Déjenme que les cuente la historia.
Bajo había capturado a un soldado alemán. No sé si sería un nazi muy convencido, pero desde luego no había ido a Yugoslavia a sembrar el amor ni la paz. El tipo debía de pensar que iban a fusilarlo de inmediato, pero los partisanos no lo mataron. Le dieron comida, lo tuvieron prisionero y le pusieron como guardia al montenegrino Kaludjerovic. No sé que habría visto Bajo por aquel entonces. Las atrocidades de los nazis en Yugoslavia fueron tantas que lo mismo había perdido la cuenta. Tal vez recordó la destrucción de Belgrado o los asesinatos de civiles ahorcados por la calle o fusilados. Los nazis mataron a todos los niños de una escuela de Kragujevac –en el centro de Serbia- como represalia por un ataque partisano. El caso es que Bajo cuidó de su prisionero. No se le escapó, pero sobrevivió a la guerra, que es más de lo que pudieron decir los yugoslavos que cayeron en manos de los invasores y sus aliados. El alemán le regaló a su vigilante una petaca que la familia Kaludjerovic aún conserva. El Talmud enseña que quien salva una vida es como si salvara el mundo entero. Bajo salvó, así, a todo el planeta y, en cierto modo, redimió a la condición humana de la brutalidad de la guerra.
Bajo Kaludjerovic transmitió esta forma de ser –esta voluntad decidida de ser humano frente a la barbarie- a sus hijos y sus nietos. También les enseñó a no rendirse, a superar el miedo y a no renunciar a sus sueños. Sus nietos aprendieron que algún día deberán dar explicaciones de sus acciones y sus silencios a sus hijos. Yo creo que, de algún modo, el viejo abuelo Bajo estará contemplándolos desde algún sitio y sonreirá satisfecho sabiendo que quizás, al final, todo valió la pena.
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