Opinión

Benevolencia

José María Herrera | Sábado 12 de diciembre de 2009
El amor es una gracia. Como la rosa de Silesius, florece porque sí. Nadie puede exigirlo y mucho menos imponerlo por decreto. Únicamente Cristo se atrevió a hacerlo. Los evangelios aseguran que el mundo recuperaría su sentido si el hombre diera el paso decisivo y antepusiera el corazón a la lógica. Quien ama desea perentoriamente el bien del amado, no hace cálculos con su miseria o su dolor, tampoco astutos aplazamientos.

Cuando una persona hace el bien no por amor a esta o aquella persona concreta, sino en general, por amor al hombre, decimos que es benevolente. La benevolencia, así entendida, no coincide estrictamente con el amor cristiano, que tiene siempre nombres y apellidos, ni con la amistad o el amor conyugal. El benevolente no sólo persigue el bien del prójimo sin buscar a cambio una contrapartida, sino que el prójimo en cuestión ni siquiera tiene que serlo, pues puede tratarse de alguien desconocido o anónimo.

Hume clasificó la benevolencia en dos clases: una general y otra particular. La primera se da cuando no existe amistad, relación o estima por la persona, pero sentimos compasión por sus sufrimientos o alborozo por sus placeres. La segunda se sustenta en una opinión sobre la virtud, sobre servicios que se nos prestaron anteriormente o sobre algunas relaciones particulares, y responde al aprecio que produce “quien dispensa a su alrededor algún género de felicidad”.

Esta última clase de benevolencia resulta muy fácil de comprender, pero: ¿y la primera?, ¿existe en los hombres una predisposición de esa naturaleza, un amor difuso hacia la humanidad?

Kant decía que no, pero lo proponía como objetivo ético. De todos los fines que podemos buscar ninguno hay superior a la benevolencia universal, la buena voluntad hacia todos los hombres. ¿Existe acaso algo por encima de un amor que no espera ser amado, sino juzgado racionalmente?

El filósofo alemán no podía imaginar que en nombre de este amor filantrópico pudieran perpetrarse acciones inadmisibles. El siglo XX confirmó con creces que ello es perfectamente posible. Pero ya Cervantes lo había intuido. Recuerden el episodio en que Don Quijote, ansioso por mostrarse justo, libera a unos galeotes. Kant permaneció ciego a tal posibilidad porque sobre valoraba el poder de la razón. Su doctrina ética es de un puritanismo escalofriante, poco apropiado para hombres que aman la vida. Eso explica su incapacidad para integrar fenómenos que la mayor parte de los humanos juzgamos imprescindibles para la felicidad: el amor conyugal o la amistad. Kant sólo reconoce dos clases de amor: el amor propio y el amor a la humanidad. La amistad constituye para él un estado deficiente, útil sólo cuando se cultiva “la virtud al por menor”, y los círculos en que acostumbra a canalizarse (la familia, las sectas religiosas o las naciones), trabas para la comunicación universal. Por eso anima a ir más allá y superar el amor al hombre de carne y hueso para profesar al amor al hombre en general.

Kant, Dios me perdone, es un precursor de la alianza de las civilizaciones. Los partidarios de esta también miran más por el hombre en abstracto que por el hombre en concreto. Es lógico que sea así. Son los hombres concretos los que plantean problemas. En el reino de las abstracciones no hay divergencias. Si el hombre fuera capaz de dar el paso decisivo y anteponer su razón a su corazón el mundo sería muy distinto de lo que es. La única pega es que por esta senda es fácil que nos suceda lo que aquel personaje de Italo Svevo que, después de aplastar a una mosca molesta, gritó: “!te he hecho un gran bien, ahora ya no eres una mosca!”

La benevolencia es un fin absoluto para aquellos que anteponen la dignidad a la felicidad. No lo es, en cambio, para quienes buscan ante todo la felicidad en este mundo o en el otro. A estos no les basta con amar a los hombres, necesitan también hacerse amar por ellos. Hombres concretos, de carne y hueso, con nombres y apellidos. Mediten un momento y verán que gran parte de nuestras habituales diferencias son fruto de esta diversa actitud ante la vida.

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