Concha D’Olhaberriague | Martes 15 de diciembre de 2009
Una lectora fiel me pide que le cuente del poeta mejicano ganador del premio Cervantes. La empresa no es sencilla, pero lo intentaré.
José Emilio Pacheco es un escritor veterano, múltiple y versátil en varios sentidos. Aquí en España se conoce su faceta poética, máxime tras el logro hace unos meses de otro galardón relevante: el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.
Mas para aproximarse a su persona y su obra urge desatender las preseas e ir derecho a sus palabras.
Pacheco es autor de cuentos, novelas, artículos de prensa, guiones de cine y traducciones, amén de profesor universitario. Posee una vasta cultura apreciable en sus temas y en el tenor de su escritura. Pese a ello, tiene la virtud de resultar cercano, en ocasiones cálido, otras descreído, crítico y denunciador.
Este último aspecto se aprecia, por citar un ejemplo notable, en Morirás lejos, un texto en prosa fragmentaria, a la manera experimental de Brecht, de hace más de cuarenta años, en el que se funden el género documental, la crónica y el diario. Con una gran eficacia, rinde testimonio en este libro de la diáspora y rememora las alambradas eléctricas y otros suplicios infligidos al pueblo judío.
Igual destreza tiene cuando su estilo se hace clásico, un tanto barroco. En el prólogo que redactó para las Obras Completas de Rubén Darío formula la observación siguiente: “La lengua española fue la verdadera amante de Darío. Para poseerla de verdad se dejó poseer antes por ella.”
En calidad de poeta, prefiere José Emilio Pacheco el verso libre en composiciones muy diversas, desde el modelo conciso al estilo haiku a la larga tirada idónea para los poemas de tipo conversacional que tanto ha cultivado, sin desdeñar estrofas clásicas como el soneto.
Su verbo evoca lugares y tiempos mejicanos; habla de poetas y poesía; nos enseña el mar y sus habitantes, así “El pulpo”, de Los trabajos del mar; registra, comprensivo, las inercias humanas: “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”, de Desde entonces, y atiende, en suma, a los afanes que pueblan la vida de las gentes y certifican la finitud.
La Biblia le surte de motivos y voces que funde con reminiscencias épicas de héroes en retirada: “En lo alto del día eres aquel que vuelve/a borrar de la arena la oquedad de su paso;/el héroe miserable que escapó del combate/ y apoyado en su escudo mira arder la derrota”, son los versos iniciales de su poema Éxodo, resonancia elegíaca del griego Arquíloco y su canto desenfadado al guerrero que arroja el escudo y salva la vida.
Habitante de dos siglos, en su poesía aflora la tensión causada por las tecnologías en tantas personas de letras: “La página no es, como se dice ahora, un soporte: es la casa y la carne del poema”, de Siglo pasado (Desenlace).
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