Opinión

II: la segunda falacia

José Luis Feito | Martes 15 de diciembre de 2009
Segunda falacia: “La causa de la crisis, de la intensa caída del PIB y del empleo, reside en nuestro modelo productivo, especialmente en el excesivo peso alcanzado por el sector de la construcción y el consiguientemente elevado y volátil nivel de empleo de baja calidad. Lo que hay que hacer para salir de la crisis no es reformar el mercado de trabajo sino cambiar el modelo productivo hacia sectores que generan empleo de más calidad y más estable, al tiempo que se mejoran la educación y la formación de los trabajadores para hacer viable este nuevo modelo”.

Este argumento es una variante del anterior. Sostiene que las diferencias entre la caída del empleo y el aumento del paro en España y en el promedio de la UE no obedecen a las mayores distorsiones de nuestro mercado de trabajo sino al mucho mayor peso que tiene el sector de la construcción residencial en nuestro país respecto al promedio de la UE. En la ilustración empírica de esta tesis se suele comparar la pérdida de empleo sufrida en la crisis de los noventa con la actual. Así, entre el primer trimestre de 1991 y el primero de 1994 el empleo cayó alrededor de un 8%, siendo aproximadamente un 30% de dicha pérdida de empleo originada en el sector de la construcción. Entre el tercer trimestre del 2007 y el tercero del 2009 la pérdida de empleo ha sido también del orden del 8%, pero la caída del empleo en el sector de la construcción representa alrededor de un 60% de la caída total del empleo hasta la fecha.

Sin duda alguna, el sobredimensionamiento del sector de la construcción residencial hubiera ocasionado pérdidas de empleo y aumentos del paro en España superiores a los sufridos por la mayoría de países de la UE fuera cual fuese el entramado institucional de nuestro mercado de trabajo. Pero esto no implica que las distorsiones de nuestro mercado de trabajo no estén acentuando las pérdidas de empleo que se hubieran producido en cualquier caso, ni mucho menos es un argumento para no hacer reformas del mismo sino todo lo contrario. Para empezar, la experiencia señalada de comienzos de los noventa, muestra que aun en ausencia de una burbuja inmobiliaria la pérdida de empleo y el aumento del paro en España pueden ser enormes (el empleo cayó en aquellos años, como se ha dicho, un 8% y el paro alcanzó el 24,7% en el primer trimestre de 1994). Esto es, si España hubiera afrontado la crisis financiera actual con un sector de la construcción más equilibrado de manera que la industria y los servicios hubieran pesado más en el PIB, el entramado institucional de nuestro mercado de trabajo habría provocado pérdidas de empleo similares a las que estamos sufriendo, si bien su composición sectorial hubiera sido distinta, como aconteció en los años noventa cuando la caída del ritmo de crecimiento de la demanda y del PIB fueron muy inferiores a las actuales. En otras palabras, con un modelo productivo diferente pero con las actuales instituciones del mercado de trabajo (que no difieren esencialmente de las existentes en los años noventa) habríamos tenido caídas del empleo y aumentos del paro igualmente descomunales.

Por otra parte, la caída del empleo por unidad de caída del valor añadido del sector de la construcción (y de sectores dependientes del mismo) en otros países que han sufrido también una burbuja inmobiliaria y, por ende, tenían también sobrepeso de dicho sector en el PIB, ha sido inferior a la registrada en España. Es indudable que la intensa subida que han registrado y siguen registrando los costes laborales en el sector de la construcción en España, a pesar de la profunda crisis de dicho sector, explica parte del comportamiento especialmente negativo del empleo. La única posibilidad de minimizar las pérdidas de empleo de este y otros sectores, y acelerar la reasignación de trabajadores hacia las actividades con mejores expectativas económicas, sería que los costes laborales reales se adecúen al nivel de demanda de cada sector y reflejen el exceso de oferta de trabajo existente en la actualidad.

En cuanto al cambio de modelo productivo para salir de la crisis, debería ser evidente que no puede haber ningún cambio, no puede haber a corto plazo impulsos expansivos significativos de la producción y el empleo a nivel agregado, sin corregir las distorsiones de nuestro mercado de trabajo que tienden a sostener niveles de salarios reales superiores a la productividad actual de buena parte de nuestra fuerza de trabajo. Las reformas necesarias para aumentar esta productividad, como la de la formación profesional, la del sistema educativo, etc., necesitan mucho tiempo para que puedan alcanzar de forma efectiva a una proporción significativa de la población trabajadora. Así pues, a corto y medio plazo, únicamente una reforma de la negociación colectiva y de la legislación pertinente que permita mayor flexibilidad horaria, que incentive el contrato a tiempo parcial y elimine la indiciación automática de los salarios a la inflación, acercando así las remuneraciones a la diferente productividad de los trabajadores en las diferentes empresas donde trabajan o puedan trabajar; una reforma que propicie un descenso de los costes de contratación e incentive la colocación de los parados (reduciendo los costes de rescisión de los nuevos contratos y aumentando el coste de oportunidad de estar parado); y, especialmente relevante para los jóvenes y los trabajadores menos cualificados, una reconsideración de los salarios mínimos interprofesional y de los salarios mínimos de los convenios que impiden a muchos parados competir con los trabajadores ocupados; en fin, únicamente una reforma laboral de este calado permitiría una rápida recuperación del empleo y reducción del paro en nuestro país.

En definitiva, los cantos a un nuevo modelo productivo como solución inmediata a la crisis de empleo y producción son una falsa coartada para intentar no estar donde hay que estar: discutiendo una reforma seria y en profundidad de nuestro mercado de trabajo.

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