EL ISLAMISMO RADICAL COBRA FUERZA EN EL MAR ROJO MIENTRAS EL MUNDO MIRA HACIA OTRO LADO
Sábado 19 de diciembre de 2009
Una inhóspita zona montañosa, multitud de señores de la guerra que controlan todo cuanto acontece en la región, un drama humanitario con más de 5.000 muertos y numerosos intereses políticos y económicos entrelazados alimentan uno de los conflictos armados más desconocidos del mundo. El desolador panorama que presenta la República de Yemen se asemeja mucho a la guerra que se está desarrollando a miles de kilómetros de allí y, a pesar de ello, las similitudes entre ambos campos de batalla son enormes. Muchos expertos y analistas han acertado en calificar al país arábigo como “el pequeño Afganistán” al concluir que, en Yemen, confluyen muchos de los elementos que encontramos en su gemelo asiático.
La República de Yemen se encuentra al sur de la península arábiga y es conocida como una de las regiones más peligrosas del mundo. Con una economía y unas estructuras casi medievales, una geografía desértica e inerte y una población mayoritariamente analfabeta y de credo suní, esta inhóspita república se ha convertido, en el último lustro, en uno de los principales campos de batalla contra el islamismo radical del mundo.
En 1990, mientras en Europa caía el muro de Berlín o se desmembraba la Unión Soviética, este país arábigo sufría su propio terremoto político. Tras más de dos décadas de disputas y enfrentamientos, las dos repúblicas del Yemen, la Árabe del norte y la Democrática Popular del sur, se anexionaban creando el actual estado. Sin embargo, las tensiones que se fueron forjando a lo largo de ese tiempo no desaparecieron. Las diferencias étnicas y religiosas entre los chiíes Zaydi y los suníes Shafi han regido el devenir del país hasta que en 2004 terminaron por estallar. Cuando el Gobierno de Ali Abdullah Saleh intentó capturar a un importante líder religioso de la región de Sa’dah, en el noroeste del país, el clérigo chií, que contaba con un gran apoyo popular y una importante red logística, decidió plantarle cara formando la milicia Houthi ante la amenaza de ser encarcelado o ejecutado por la policía del régimen.
En los últimos cinco años, los houthíes han pasado de ser una banda de campesinos con apenas unos pocos fusiles y unas aspiraciones modestas, a ser un grupo fuertemente armado de más de 10.000 efectivos, con conexiones internacionales y una infraestructura digna de su principal mecenas, la omnipresente red Al Qaeda. En la actualidad, los insurgentes, liderados por los hermanos y señores de la guerra Abdul Malik al-Houthi, Yahia Badreddin al-Houthi y Abdul-Karim al-Houthi, reclaman como propio el noroeste yemení con el objetivo de formar un país islámico independiente.
Además, estos combatientes se han visto reforzados con milicianos provenientes del frente talibán. Según los analistas, Al Qaeda estaría desplazando de manera progresiva sus recursos a África con el objetivo de reforzar sus campañas en países como Somalia, Mali, Mauritania o, incluso, Marruecos. En estos planes, Yemen sería una meta volante para estos guerrilleros que lucharían en la región de Sa’dah antes de sumarse a los nuevos frentes africanos.
Lo sorprendente es que no fue hasta el pasado verano cuando el Gobierno yemení inició una ofensiva realmente seria contra los insurgentes houthíes enmarcada dentro de la operación ‘Tierra quemada’. Tras más de dos años de negociaciones de paz patrocinadas por Qatar, ambas partes rompieron relaciones el pasado mes de septiembre y decidieron que serían las armas las que zanjasen la disputa.
La maqueta afgana
El conflicto yemení representa, a pequeña escala, lo que se está viviendo en Afganistán. Por un lado, contamos con una guerrilla islámica radical con aspiraciones independentistas, los Houthi, fuertemente armados y bien adiestrados que ejercen el control absoluto en una región inhóspita pero, al mismo tiempo, de vital importancia. Este grupo armado cuenta con el patrocinio de una potencia extranjera, Irán, a la que le unen fuertes vínculos no sólo religiosos, sino también políticos, y con la infraestructura y los recursos de la red terrorista Al Qaeda.
El régimen de Teherán mantiene desde hace décadas un tenso tira y afloja con Arabia Saudí, el mayor exportador de petróleo del mundo y principal aliado del régimen de Saleh, por el protagonismo político y militar en la zona. Además de las diferencias religiosas entre ambos regímenes, Irán es de mayoría chií mientras que Riad se decanta por el wahabismo, el hecho de que Arabia Saudí sea un tradicional aliado estadounidense ha ayudado a elevar las tensiones entre ambos países. El Gobierno yemení ha acusado en repetidas ocasiones a Irán de financiar y suministrar armas y recursos a la insurgencia Houthi con el fin de desestabilizar el país. En este sentido, una de las evidencias que ofrece Saná es la interceptación el pasado mes de octubre de un barco lleno de material militar. Tras interrogar a los tripulantes, que resultaron ser iraníes, se sospecha que el cargamento estaba destinado a las milicias houthíes y provenía de Irán.
Por otro lado, las evidencias de que Yemen ha sido utilizado por la CIA, a pesar de que Washington siempre lo ha negado, como campo de batalla para hostigar a Teherán mediante las incursiones del ejército saudí en territorio houthí son numerosas. En los últimos años, y en especial tras los atentados del 11-S y del ataque contra el USS Cole en el año 2000, EEUU ha firmado varios acuerdos con el Gobierno de Saleh para estrechar la colaboración militar y combatir a los milicianos houthíes y a las posibles células de al-Qaeda que se encuentren en su territorio.
De este modo, Arabia Saudí se ha convertido en pieza clave en el conflicto. Con el pretexto de que la insurgencia Houthi ha cruzado la frontera entre ambos países atacando poblaciones saudíes, Riad, bajo el auspicio de Washington, ha organizado en el último mes numerosas campañas para hostigar las posiciones de los insurgentes, ya sea dentro de su propio territorio o del yemení.
Son varias las ONG las que han denunciado que, durante los ataques saudíes, se han utilizado bombas de fósforo blanco, un arma prohibida por la Convención de Ginebra por los daños que causa a la población civil que, por otra parte, está siendo la más damnificada por estos combates a tres bandas. El hecho de que el acceso de la prensa y los observadores internacionales a la zona esté prohibido dificulta la distribución de la ayuda humanitaria así como los informes acerca de la situación actual en la región
Por otro lado, la región de Sa´dah, con una extensión similar a la de media España peninsular, está plagada de líderes tribales que actúan para uno u otro bando dependiendo de quién sea el mejor postor. Esto provoca que los frentes de combate, muy difusos ya de por sí en el desierto, no estén muy claros y cambien continuamente atrapando a la población civil en medio.
Además, los conflictos armados han ahogado el turismo en la zona, una de las principales industrias yemeníes. Los ataques a extranjeros, como el que causó la muerte a siete españoles en 2007, han ahogado sin remisión una de las pocas inversiones exteriores en la región.
A pesar de que los medios oficiales yemeníes sostienen que los houthíes están al límite de sus fuerzas, exhaustos de luchar en dos frentes al mismo tiempo, lo cierto es que la violencia islamista en el noroeste del país no cesa y, día a día, se extiende a las provincias vecinas sumando adeptos a su causa.
La importancia de ocupar el desierto
Al observar el mapa de Yemen vemos como la región nordeste del país es, estratégicamente, la mejor para controlar el paso al mar Rojo, punto neurálgico para las rutas marítimas entre el Mediterráneo y el Índico. Los milicianos Houthi saben que si logran hacerse con los puertos occidentales yemeníes tendrán ganada una región clave donde podrán sacar provecho no sólo de la piratería, algo que ya hacen sus vecinos somalíes, sino también para abastecerse de armas y suministros.
Por el contrario, el régimen de Saná, así como sus aliados saudíes y norteamericanos, saben que la entrada al mar Rojo es un punto geoestratégico clave para mantener la frágil estabilidad en la zona. La costa somalí ya supone suficientes quebraderos de cabeza debido a los asaltos piratas como para que el conflicto se extienda a la ribera yemení.
Asimismo, recientes estudios han certificado que en Yemen existen varios yacimientos de petróleo y gas. En el caso de que estos recursos cayeran en manos de Al Qaeda, la financiación de la que se beneficiaría la red terrorista alcanzaría niveles muy peligrosos.
Un conflicto fantasma
A día de hoy, la República de Yemen es conocida, sobretodo, por ser el país de adopción de Osama bin Laden tras su expulsión de Arabia Saudí. La realidad es que el país arábigo está prácticamente olvidado por la opinión pública y las organizaciones internacionales debido al desconocimiento generalizado y a la falta de cobertura en los medios de comunicación.
Si bien es cierto que hay frentes más activos en la lucha contra el terrorismo islamista, como Paquistán, Iraq o Irán, el conflicto yemení se ha cobrado ya la vida 5.000 personas y ha provocado más de 175.000 refugiados. El desastre humanitario que se está viviendo en la zona es cada día más grave. La reiterada negativa de Ali Abdullah Saleh a permitir la presencia de observadores internacionales en la zona impide saber la verdadera situación en la región. Este drama se ve agravado por la sequía y la hambruna que azotan el país desde hace años y por la constante violación de los derechos humanos denunciada por ONGs como Human Rights Watch o Amnistía Internacional.
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