Ricardo Ruiz de la Serna | Viernes 18 de diciembre de 2009
La organización rusa Memorial ha recibido el premio Sájarov del Parlamento Europeo a la libertad de conciencia. Uno de los miembros de su directiva declaraba a un periódico esta semana a propósito de Rusia: Es muy importante que [… ]el Estado pida perdón a la sociedad. Es verdad. En nombre del Estado, se cometieron crímenes atroces, injustificables, abominables.
Sin embargo, este sería el primero de muchos perdones que se deben pedir al pueblo ruso: perdón por décadas de olvido y de desprecio; perdón por muchos años de ignorancia; perdón por los vacíos en nuestros libros de Historia, en nuestros libros de Arte, en nuestras filmotecas. En realidad, casi se diría que de Rusia sólo es noticia el frío, la criminalidad (sean rusos o no los criminales) y las tragedias. Lo que pasa es que esto viene de antiguo.
¿Acaso no era Rusia la sospechosa habitual? La Rusia de los Zares se estudiaba sólo al final de secundaria y casi por necesidad. Sin ella, no se entendía nada de las guerras napoleónicas y, claro, eso no podía ser. En pocos párrafos, sólo se aprendía de la miseria de Rusia, de la pobreza de Rusia, del infierno en que vivía todo el mundo. ¿Acaso no hicieron nada los Zares? ¿Acaso no hubo oposición, disenso, revueltas, acciones y reacciones? Todo parecía abocado al fracaso, al desastre, al caos.
Después llegaba la Cuestión de Oriente. ¡Ah! Los rusos imperialistas conquistando países y disputando a los británicos el dominio de la India. Pobre Rusia que no tuvo un Kipling que cantara sus grandezas imperiales por todo el mundo De todos modos, esto pasaba en pocas líneas porque el Imperio agonizaba. Llegaba el buque insignia de los contenidos sobre Rusia: la Revolución, las Guerras, el Comunismo y la Caída del Muro. Como uno ya iba apretado de tiempo, había que ir sobre ascuas, deprisa, deprisa, justo como esos rusos de las pelis: dabai, dabai y James Bond que los engañaba a todos. Al final, como en el cine, Rusia perdía porque era el Fin de la Historia y colorín colorado. Evoquemos las imágenes: señoras con pañuelos en la cabeza mendigando, pobres pasando frío (en Rusia jamás es verano), borrachos, desempleados, jóvenes fumando mientras la vida se les va pasando…
Sí, estoy generalizando porque una columna no da para mucho, pero quien tenga memoria recordará. Todos hemos aprendido las atrocidades de la Unión Soviética como si eso fuera la Historia de Rusia y no uno de sus episodios. Digámoslo claro: el Gulag plantea preguntas atroces sobre los seres humanos y su condición, no sólo sobre los rusos. Lo relevante fue que lo hicieron hombres y, a sus ojos, una ideología lo justificaba. Hablamos pues de nosotros, de todos los seres humanos al fin, no sólo de ellos, de los rusos. Es más: ¿acaso no el es Gulag parte de la Historia de Europa? ¿Acaso no hubo intelectuales europeos occidentales que lo ocultaron o aun lo justificaron?
Sí, en esta Historia hay numerosos vacíos. Nadie escuchó nada de la poesía épica rusa, pero sí de la francesa o de la inglesa (of course). A muchos les privaron del nombre del Príncipe Igor, que cabalgó al combate junto a sus guerreros. Se omitió casi por completo la belleza de los iconos y de la liturgia ortodoxa. Hay algo en esa música que conmueve a la tierra y parece abrir las puertas del cielo para el Juicio que a todos nos llegará. Había tantos silencios en nuestros libros que no supimos de Shostakovich, que compuso los tres primeros movimientos de su Séptima Sinfonía durante la batalla de Leningrado. Ahí estaba el hombre componiendo mientras la ciudad era bombardeada pero, ¿qué interés tiene un ruso heroico?
Rusos y héroes fueron millones de opositores al comunismo. Tan rusos como sus opresores y tan humanos como todos nosotros, tal vez incluso más. Ahí están los poetas, los intelectuales, los disidentes. No sólo eran rusos los criminales sino también los héroes. Nadie mencionó Archipiélago Gulag en la secundaria. Nadie contó la historia de los viejos exiliados que volvieron a Rusia para librar la última batalla en defensa de la patria cuando los nazis la invadieron.
Debemos, pues, muchas disculpas. Hay que pedir perdón por los millones de rusos muertos en la lucha contra el Reich en buena parte de Europa a quienes jamás se muestra en el cine que vemos. He conocido a Divisionarios azules que volvieron a Rusia y fueron acogidos con afecto, ¿misterio o simple condición humana? En esa guerra atroz que Hitler lanzó contra toda Europa, los rusos pusieron sobre la mesa muertos y heridos sin cuento, y nadie contó su historia. Sí, las batallas sí, pero sólo los nombres y los años; no los héroes ni la gente normal que sólo sabía dos cosas: que se enfrentaba al Mal y que debían vencer en la batalla.
Hace años conocí a un judío húngaro superviviente de la Shoah. Cuando creía que había llegado el final, en el campo, escuchó disparos y voces. Era una lengua eslava. Apareció un ruso, y luego otros y decenas, y miles. Muchísimos rusos. Y para él ellos significaron la liberación del campo y de la muerte. No todos serían ángeles, pero estoy seguro de que no todos fueron demonios.
Esta columna dedica hoy un recuerdo a todos los rusos que murieron por una Europa que los ha olvidado.
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