Opinión

En estado garrafónico

Mercedes Martín Luengo | Sábado 19 de diciembre de 2009
Salir a tomar algo se ha convertido en una aventura peligrosa. Bares nocturnos y discotecas han dejado de ser seguros regazos de evasión y esparcimiento para despertar en mí la inquietud y la sospecha: ¿Será garrafón?. Lo que hasta ayer mismo era una mala anécdota, tiene hoy visos de práctica generalizada. Aparentemente todo es correcto. Camarer@s amables, botellas impecables, música, risas…

Pero por la mañana, las sienes te estallan y te acuerdas hasta de sus muertos. Es de ley apechugar con la resaca correspondiente si uno se ha empapado a conciencia la noche anterior, pero no es de recibo beberse una copa y sentirse a morir al día siguiente. Y eso es lo que mantiene impune tan garrafal atropello, que los síntomas de una ingesta moderada de alcohol adulterado son similares a los propios de una dosis excesiva de alcohol fetén. Sus efectos quedan así enmascarados para los que no tienen fondo, que ajenos al fraude se comen unas adulteradas resacas sin nombre con las que expían su culpa.

Yo no voy a los bares a degüello, que es otra opción, sino por socializar y echar un rato con los amigos. Practico ese consumo responsable que tanto predican para comprobar una vez más en mis carnes que el garrafón no es una leyenda urbana sino una tóxica realidad. Y aquí todos tiran la piedra, esconden la mano y sacan tajada. Vale que me responsabilice yo de mi alcoholemia, pero no de mi intoxicación. Se supone que una droga consentida y legalizada frustra cualquier tipo de adulterio, pero hoy hasta el whisky te pone los cuernos. El asunto deviene en una cuestión de salud pública en un país donde la cultura del alcohol manda desde la más tierna juventud.

Reconozco que la posibilidad de ser envenenado puede ser un atractivo añadido para los que buscan riesgo y emoción en la noche. Lo mismo te quedas ciego y puedes labrarte un porvenir en la ONCE. O mejor, te mueres de una vez que esto son dos días. Tal vez el garrafón fluya como una retorcida estrategia de disuasión alcohólica. En mi caso, si lo que se destila es garrafón, al menos quiero saberlo y decidir si consiento o no en envenenarme. Sería más honesto, pero entonces tendríamos que hablar de precios. Porque encima estos oportunistas de alta graduación, que no merecen llamarse hosteleros ni tampoco bares sus abrevaderos, te sacan los ojos.

¿Y quién se atreve a beber a la salud de alguien ahora? Cómo estará el patio que quería proponerle a un inventor patentar una versión etílica del Predictor y se me han adelantado con Garrafonix. Es un detector digital de alcohol adulterado de bolsillo que ha visto la luz este verano. Nace de la indignación del ingeniero y diseñador Emilio Alarcón tras haber sido víctima del garrafón. Lástima que de momento sólo sea un prototipo conceptual. Mientras esto siga en estado garrafónico, yo por mi seguridad ya no salgo sin petaca y me veo engrosando las filas del botellón en la calle o a cubierto. Va por ustedes!.

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