Artemio Benavides | Domingo 20 de diciembre de 2009
Si el futuro de México es incierto, también su pasado es incierto. Si algunos pronostican que el próximo calendario puede coincidir con otra revolución como hace una centena de años (1910) o con la guerra por la independencia (1810-1821), también tienen todo el derecho a decirnos que 2014 puede acarrear una guerra atroz como en 1914, o bien, en 2039 en el centenario del inicio de la –esta sí- guerra mundial.
En nuestro caso, son pronunciamientos productos de un deseo vergonzante, a saber: que los brujos del autoritarismo azteca retornen a intentar un arreglo de los desfiguros que inventaron en aquello que el peruano Vargas Llosa caracterizó como ‘dictadura perfecta’, olvidando lo que Billy Wilder nos recordó en el final de uno de sus films: “nobody is perfect”.
Esto lo dijo el novelista hace casi dos décadas y ahora, desde Guadalajara, agrega que nuestra ‘democracia imperfecta’ está en vilo, porque hay indicios de que el otrora invicto partido oficial se perfila triunfador para el relevo de 2012… a menos, claro, que los agoreros salgan adelante con sus calenturientas fantasías.
Ahora bien, no hay ‘democracia perfecta’ –como tampoco ‘dictadura perfecta’- como tampoco ‘transición perfecta’ hacia el pluralismo y el Estado de Derecho. Requerimos un equilibrio de poderes: un ejecutivo acotado, vigilados los excesos de legisladores, por un poder judicial independiente, por la simple razón de que “no somos ángeles”.
A pesar de los excesos de la ‘guerra viva’ contra el poder del narcotráfico, de la hipocresía de los partidos en lucha que, antes, eran fieles del poder presidencial en turno, de la maraña judicial, de la lucha contra el sindicalismo corrupto que se niega a desaparecer, de la soberbia de los poderes fácticos de gelatinosa ideología, hay avances en nuestro país que no se pueden negar.
Y es que no se puede engañar a toda una ciudadanía, por tanto tiempo, por una casta política que no se ha puesto a actualizar sus plataformas y que contemplan el futuro inmediato por el espejo retrovisor de sus añejas anteojeras políticas. Y ello vale para los que ahora llevan a cabo una transición accidentada como a los expulsos de hace una década.
Mas justo es reconocer que el recorrido político no ha sido en vano: el progreso de la exigencia de la transparencia, de los avances de la lucha atroz contra el crimen organizado y, en fin, el descrédito político de aquella izquierda que decía ostentar a un ‘presidente legítimo’; ahora exhibe un populismo desangelado y ridículo. Y le faltan mil días de ejercicio del poder al presidente Calderón Hinojosa.
Vargas Llosa, de nuevo, afirmó que en caso del triunfo de la oposición del PRI en 2012 –y si es el mismo partido de antaño, esto es, autoritario- sería un “masoquismo colectivo”… sí, y solo si, es el mismo partido que ha sido derrotado por partida doble.
Todo indica lo obvio: no será la misma organización política, pues no será hegemónico y, además por lo que se ve y se adivina no ostenta lo principal, que es un líder omnímodo. Y el contexto político y social mexicano no es el mismo que rechazó sus estilos de gobernar.
Sin embargo, parece que los hábitos de corazón autoritario no se acaban de difuminar en este país que de ninguna manera se merece la casta política que domina, a diestra y siniestra, con ese tufo de rapacidad que parece envolverlo. Estamos convencidos que es preferible la transacción más imperfecta hacia la democracia, que el retorno maléfico del autoritarismo.
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