Opinión

La UE y su política exterior (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio | Martes 22 de diciembre de 2009
La actualidad palpitante de la Unión Europea -¿patria real y nutricia de las generaciones que van ahora a la escuela?- es muy ocasionada también a la consideración volandera de su flanco exterior. En estrecha relación con la aguda crisis económica mundial y el papel que en su superación pueda representar el Viejo Continente, tal aspecto ha suscitado en los analistas y los medios a raíz de la flamante aplicación del Tratado de Lisboa un interés muy superior a la vertiente interna y estructural de éste. Aquí, como en todo, la economía se impone sobre cualquier otro tema o materia.

No es, por tanto, hora de nostalgias sino de esperanzas y proyectos. Mas aún así, el reforzamiento hegemónico y casi despótico del eje Berlín-París que el noviembre último trajo al cuerpo y espíritu de la UE hace difícil olvidar lo que pudo significar de armonía y equilibrio la etapa precedente de su dinámica, articulada, conforme se sabe, por el Tratado de Niza. No flota en ello ningún resabio patriotero o chauvinista, sino, por el contrario, la punción dejada en el ánimo por la frustración de una empresa cuyo éxito hubiera imbuido en la política bruselense un aliento “periférico” del que tan falta ha estado desde los días mismos de los padres fundadores de la Comunidad. A la distancia de medio siglo de su actuación, nada semeja haber variado en el seno de sus mecanismos profundos de poder, decisión y funcionamiento. La plasmación del “designio” de la diplomacia española de constituir una sólida plataforma periférica –Londres, Varsovia, Roma y Madrid- que, a manera de contrapeso del tradicional y, en esencia, nunca modificado eje París-Berlín, se revelase al par como indispensable pieza de equilibrio y fuente de energías hasta entonces semiobliteradas o marginadas, no logró cuajar por la desdichada guerra de Irak y otras circunstancias de índole más interno, y la sugestiva tentativa quedó finalmente en aguas de borrajas.

Si la melancolía no puede entrar ni en el análisis ni en la reconstrucción de este episodio y, todavía menos, las suposiciones, cabe desde luego revalidar su legitimidad y oportunidad en la coyuntura presente. El marco de la UE ya no es, por descontado, el mismo que el vigente a comienzos de la centuria y la espectacular expansión por los antiguos territorios satelizados por la desaparecida URSS ha fortalecido los intereses y presencia en Bruselas del centro del Continente, tutelado secularmente por Berlín y París. En tal paisaje, resulta comprensible que las “visitas” españolas o inglesas no sean del todo bien recibidas, aunque su aporte a la implementación de una política exterior de la UE con verdadera vocación de futuro –permanencia fructífera de la “relación especial” entre las dos grandes democracias anglosajonas; diálogo rentable con Iberoamérica y, quizá, con buena parte del mundo árabe- se descubra, en la tesitura de la crucial década que ahora arranca, más indispensable que en cualquier otro momento. Si bien es igualmente cierto que, por diversos motivos, los dos países creadores de las civilizaciones más difundidas e influyentes de los tiempos modernos no semejan atravesar hodierno una fase estimulante de su larga historia.

TEMAS RELACIONADOS: