Concha D’Olhaberriague | Martes 22 de diciembre de 2009
Varios fueron los ensueños marinos de Castilla. El más llamativo es el inconcluso canal de época ilustrada que surcaría la meseta norte para desembocar en el Cantábrico. Aún hoy es apreciable, como gran obra de ingeniería, en algunos trechos en la localidad palentina de Frómista o la vallisoletana de Medina de Rioseco, donde hay incluso un embarcadero junto a la antigua fábrica de harina. Desde allí se puede navegar un poco en increíble travesía por los campos de espigas de la Tierra de Campos.
A otro deseo de mar, más verbal que práctico, se debe, quizá, el nombre de Mar de Castilla con que se conocía al embalse de Buendía, uno de los numerosos del trasegado río Tajo, construido en los años cincuenta. Tuvo, hasta no hace tanto, barcos de motor y veleros de placer, y se practicaban deportes acuáticos. El agua escasa que queda ahora no da para tanto.
Estas tierras quijotescas de la Alcarria, entre Cuenca y Guadalajara, ofrecen de forma alternativa extensiones de riscos, breñas y llanos deforestados para pastoreo o bien pinares, olivos y restos del antiguo bosque autóctono de encina y roble. A lo lejos se atisban las ruinas de la ciudad celtíbera y romana de Ercávica.
El lugar ofrece vistas intensas de ocres y azafrán con los azules líquidos a ambos lados de la península que alberga el artificioso lago, y peñascos de piedra arenisca salpicados por aquí y allá.
En 1992, los escultores Jorge Maldonado y Eulogio Reguillo pasaron por el paraje, decidieron tallar unas rocas y alguien, a la vista está, les dio permiso.
Surgió, así, una pintoresca senda conocida como la Ruta de las Caras. Arranca del pequeño pueblo medieval que da nombre a la presa, y la componen: La medalla de la vida (un niño en el vientre materno); una serie de rostros gigantescos de genios, divinidades hindúes y espíritus protectores como la Dama del pantano, un pavoroso Beethoven, El Chamán, La Monja; un par de cruces de las órdenes de Calatrava y el Temple y, coronando el conjunto, sobre un otero, una gran calavera.
Con el arranque del invierno, la nieve cubre piadosa las máscaras y tal vez el viento -no sé si dueño de la Tierra como ha dicho un político sin par o visitante ocasional de estos andurriales- difumine poco a poco las incisiones y protuberancias infligidas a las peñas.
Dicen los autores que se inspiraron en el arte precolombino. No hay por qué dudarlo. Mas el conjunto resulta muy contemporáneo, arte espectáculo y parque temático.
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