Opinión

Marruecos-España: a vueltas con el guirigay bilateral

Víctor Morales Lezcano | Viernes 25 de diciembre de 2009
Aminatu Haidar, figura emblemática de la oposición saharaui al Reino de Marruecos, fue repelida el 13 del mes de noviembre pasado por la autoridad aeroportuaria de la provincia sahariana que administra Marruecos.

El ministro de Asuntos Exteriores en Rabat advirtió del hecho a su homólogo en Madrid. Haidar no había cumplido correctamente con el requisito obligatorio de declarar su nacionalidad -supuestamente saharaui según ella- (Aminatu posee, a propósito, pasaporte marroquí), desencadenando, por ello mismo, la proscripción dictada por el celoso guardián de la finca, sólo dispuesto a levantar la veda si Aminatu se excusaba por haber roto una regla de lesa majestad.

Luego de 32 días de huelga de hambre que la resistente saharaui escenificó ante los medios de comunicación en el aeropuerto de Lanzarote, se ha puesto fin a una crisis -más que bilateral- con el regreso de Aminatu a El Aiún, donde sus familiares próximos la esperaban con ansiedad después del transcurso de un drama arriesgado. Drama -hay que subrayarlo siempre- que la protagonista principal de l´affaire decidió “costear” por su propia cuenta y riesgo.

No era mi intención iniciar la crónica de estos 32 días de órdago para Haidar -siempre digna, siempre buena actriz-, y, por el contrario, bastante indigno para los otros dramatis personae, fuesen españoles, marroquíes o de extracción variopinta.

Está demasiado próxima y no se ha enfriado todavía lo necesario, esta nueva edición de lo que vengo llamando crisis cíclicas de convivencia entre España y Marruecos. Colocada en esta perspectiva, la crisis que acaba de cerrarse sería una más entre las que vienen punteando el último decenio de las relaciones hispano-marroquíes contemporáneas (1999-2009).

Se trataría, en mi visión del fenómeno, de una crisis más de las que, desde la muerte de Franco en 1975, hasta la desaparición de Hassan II en 1999, han venido salpicando el destino conjunto de ambos países. Que esas crisis cíclicas se hayan manifestado espectacularmente durante los últimos diez años, como ocurrió con el incidente del islote de Perejil en la boca del Estrecho de Gibraltar misma, o acaba de cerrarse hace pocos días con el vuelo de regreso de Haidar desde Canarias al territorio-frontera por excelencia del Archipiélago, nada añade ni nada substrae a lo que he analizado en más de un escrito suelto y en una conclusión a mi libro Historia de Marruecos. De los orígenes tribales y las poblaciones nómadas a la independencia y la monarquía actual (Ed. La Esfera de los Libros).

Los dos países y las dos orillas que unen y separan España y Marruecos son generadoras -como cualquier frontera- de confusión, a veces; de recelos siempre. Y de crisis cíclicas entre los estados y la opinión pública de España y Marruecos. O sea, de crisis bilaterales, casi siempre, que desde 1976 siguen alimentando las causas históricas de un desencuentro, como apostillaba el recordado Alfonso de la Serna en su ensayo, ya clásico, que lleva por título Al sur de Tarifa (Ed. Marcial Pons); a las que ha venido a sumarse el hecho comprobable todo el tiempo de dos sociedades vecinas “con el paso cambiado” en el terreno político, económico y religioso-cultural.

A la buena voluntad paternalista del período poscolonial inmediato (1956-1975), tan impregnado de “carrerismo” (por aludir de esta manera al almirante-delfín de Franco), le ha seguido un período de realismo deferente con el vecino meridional, luego alterado en su esencia por la altivez de Aznar para con el Trono y los gobiernos de Marruecos desde octubre de 2001 hasta producirse el incidente del islote Perejil. Pero tampoco el buenismo generoso de la primera legislatura del actual presidente de la Nación parece haber generado un monte cuajado de orégano y especias benditas. A la vista está todavía el guirigay que desencadenó la desafortunada visita de los Reyes de España a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla en 2007, coincidiendo con la celebración del 32 aniversario de la anexión de las provincias saharianas al Reino de Marruecos. Hay, realmente, coincidencias que matan. Lo peor de esta radiografía apresurada de la crisis estructural de las relaciones en juego, radica en que así como el Trono de derecho divino, en Marruecos, es actor determinante en el proceso de policy- making en todo el ámbito de su país, el Rey de España, por el contrario, está limitado por la Constitución y el Estado de Derecho. No puede inmiscuirse, por tanto, en los rifirrafes permanentes a que se exponen ibéricos y marroquíes en una suerte de rito de escenificación cíclica de desencuentro bilateral. No es políticamente correcto, pues, ni elegante, empecinarse en implicar al Rey de España -por muy tío del alma que sea del Rey de Marruecos- en las crisis cíclicas de dos vecinos incorregibles. Ha vuelto a ocurrir este intento hispano, por segunda vez en poco tiempo, de involucrar a la Corona en el guirigay de -y cum- Marruecos. País vecino que ha tenido poderosas repercusiones en la España contemporánea desde la Semana Trágica en 1909, hasta el desencadenamiento de la insurrección militar del 17-18 de julio de 1936, repercusiones que han salpicado a la Monarquía -¡y a la República!-. Hora es de que se tire de la oreja a los profesionales de la escena y del plató que se han manifestado con fervor sospechoso a favor de la mediación Real española en las querellas territoriales, económicas, u otras, que rompen cada dos por tres el matrimonio de intereses hispano-marroquí.

Las raíces del malentendido son históricas, y las reivindicaciones marroquíes sobre las ciudades españolas del norte de África, emergen de tarde en tarde para alarmar -u obtener algo a cambio- (no nos olvidemos de que la componente árabe-islámica de Marruecos le distingue en cuanto país con gentes no sólo prestas al regateo en corto, sino también a la diplomacia dilatoria). Todo ello es cierto, convenzámonos, y no va a conocer rectificación súbita. En el incidente Haidar valga apuntar a que ha nacido una estrella pública importante, mientras que los ministros de Asuntos Exteriores en Madrid y Rabat no han descollado en el transcurso del incidente por su agudeza y buen entendimiento. Parece como si ambos hubiesen jugado a lo contrario -salpicando de paso a otros miembros de los gabinetes que presiden Abbas el-Fassi y Rodríguez Zapatero-.

Los dos ministros se han comportado como dos escolares inexpertos, aunque intrépidos, no cesando de pedir aliento, complicidad y mediación, a diestra y siniestra, cual hizo también el Frente Polisario buscando ganancia en río revuelto .

Al final, la presidencia de la República francesa vino a practicar la operación de salvamento y socorro en el marasmo enojoso que en torno a Haidar fomentaron los políticos de las dos orillas. Dos orillas, dos países, que desde hace algún tiempo siguen bailando con el paso cambiado. O sea, que ambos son cojitrancos, y se pisan los talones con frecuencia, aunque creen que pasado mañana todo volverá a la normalidad del sacrosanto statu quo, tan venerado por la cómoda inercia de gabinetes gubernamentales, las cancillerías diplomáticas, y por la poco sólida opinión pública española, claro está. Porque en Marruecos, la opinión pública sufre secuestro permanente.

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