Opinión

Una tarde más antes de Navidad

Montse Fernández Crespo | Viernes 25 de diciembre de 2009
Viernes. Frío. Casi Navidad. Circulo y observo. Y esto es lo que vi tras los cristales recién desempañados, a lo largo de una tarde-noche antes de Navidad.

En un semáforo me sorprendió el beso apasionado hasta la calentura de una pareja adolescente. Sólo eran las cinco de la tarde e imaginaba cuanto debían desearse para besarse a esas horas, obviando al resto, aprovechando el descanso obligado del paso de peatones. Intenté recordar cuándo fue la última vez que probé algo así y si lo echaba de menos. Sin respuesta cierta. Conocía que luego tendría que purgar por ello.

Continuo. Una señora charla con su encorvada boca. Su gesto retorcido me recuerda a los operados de cáncer de mandíbula. No alcancé a escucharla pero suponía una voz siseante, o hueca y hombruna como la que emiten algunos sordomudos intentando comunicarse trabajosamente. Y pensé: ¿cómo podría levantarme cada mañana, mirarme en el espejo y mantener las ganas de seguir viviendo? Y me vino al pensamiento que podría manejarlo ocultándome en el interior de una especie de burka, con enigma, con estilo. Un refugio.

Recorro unos metros. Un indigente, por su actitud, enajenado. Hablando solo dirigiéndose a todos, todos sordos. Y pienso en si será consciente de su estado porque esa posibilidad convertiría cualquier locura en un infierno. Y también pienso que plantado allí, en aquel cruce bullicioso, ese hombre habría vivido un pasado, el suyo, y había terminado alejado del mundo, aislado, temido, repudiado.

Me queda recorrido. A él lo han sacado a pasear. Abrigadito. Mueve sus cuatro patitas a un ritmo que siempre me resultó un caminar cómico, un tanto vertiginoso, casi ridículo. Su dueño debe de sentir en él el frío porque le ha vestido con un chubasquero rojo que porta hasta gorrito. Todo es mínimo, de cuento para niños. Y pienso que él es querido, un protegido con pelo por todo su cuerpo.

El resto en las aceras son sólo bolsas y botas. Bolsas de consumo, presentes para la Navidad que se acerca. Botas altas, de mosquetero, una moda en las que jóvenes y maduras han caído. Favorecen. ¿Cómo es que no se las calzaron antes?

Y en las calles, luces y coches. Saturación de destellos.

Voy llegando a mi destino. Todavía mantengo la cabeza semi-cuerda, llevo botas altas camufladas bajo unos vaqueros estrechos, un abrigo de piel de conejo en vez de un chubasquero rojo y en mi boca pude pintarme unos labios rosados y tiernos. Marchaba confiada, con esperanzas puestas en el calor de la madrugaba que sigilosamente planeara. Y se cayeron. Al día siguiente, desperté fatigada, laxa y gastada, como si la gravedad de toda la tierra se posara sobre mí.

Tan sólo fue una tarde más antes de Navidad.

PD. “Pero para mí no hay lunes ni domingo; hay días que se empujan en desorden, y de pronto, un relámpago como éste” (Sartre, La náusea)

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