Viernes 25 de diciembre de 2009
La tradicional alocución navideña del Rey de España no suele dejar indiferente a nadie. Bien es verdad que hay años que su intervención está más afortunada que otros, pero qué duda cabe de que Don Juan Carlos mantiene un contacto con la realidad que ya quisieran para sí muchos de los políticos españoles, no importa de que partido. Las palabras de Su Majestad suelen ir en consonancia con los principales problemas y retos a que han de hacer frente los españoles en su devenir cotidiano por lo que, como era de esperar, las palabras del monarca en esta ocasión no fueron precisamente idílicas. Tampoco la situación estaba para ello. De hecho, todo su discurso pivotó sobre tres pilares básicos -superar tensiones y divisiones, alcanzar acuerdos en las grades cuestiones de Estado y redoblar esfuerzos para que empiece a crearse empleo de una vez- a diferencia de ediciones anteriores, en las que el Rey iba desgranando los asuntos que a su juicio más merecían ser tomados en consideración.
Así las cosas, es comprensible que haya políticos a quienes no guste que el Rey tome la palabra. Anasagasti, Llamazares y otros tantos suelen abominar del discurso del monarca antes incluso de que éste hable, porque saben que lo que diga no estará acorde con sus intereses. A ese grupo de críticos bien podrá añadirse este año más de un miembro del Gobierno, habida cuenta de las verdades del barquero cantadas por Don Juan Carlos. Hay crisis, cabría decir que descontrolada, y la situación económica es calamitosa. Ante ello, el Gobierno se ha enrocado en su política de aislamiento del PP, dinamitando cualquier puente posible en beneficio de unos nacionalistas voraces que le dan su apoyo a un precio leonino. La cosa tendría una importancia relativa y hasta podría ser funcional para el sistema democrático -que es el interés de la mayoría de los ciudadanos y también el de este periódico- si hubiera servido para integrar a los nacionalistas en el sistema. Pero no ha sido así. Desgraciadamente, ha sucedido lo contrario. Y el hecho es que los nacionalistas se han convertido en secesionistas y el propio Partido Socialista -o, al menos, una parte esencial del mismo, el PSC- se ha hecho soberanista: un hecho insólito y contradictorio desde los fundamentos filosóficos del socialismo. Ese es el saldo de la política nacionalista del señor Zapatero. Sin embargo, no parece que el Presidente esté especialmente a disgusto con semejantes compañeros de viaje; antes el contrario, se siente cómodo junto a ellos.
Tampoco van mejor las cosas en el concierto internacional, donde la imagen exterior de España se debilita día a día, en virtud de una gestión casi tan nefasta como la perpetrada por el equipo económico del Gobierno. Asuntos todos ellos ante los que Su Majestad ha llamado la atención de manera clara y elegante, aunque no por ello menos contundente. Sin dejar de lado las tradicionales referencias de apoyo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y a las víctimas del terrorismo, el mensaje del Rey de este año ha querido ser un aviso de que la situación actual que vive España dista mucho de ser el idílico paisaje que quiere hacer creer José Luis Rodríguez Zapatero. Un discurso real, no sólo por venir de quien viene, sino por bajar a una realidad que el Gobierno parece empeñado en ignorar.