Martes 29 de diciembre de 2009
Teherán se convertía ayer lunes en una batalla campal, al reprimir las autoridades una manifestación de los partidarios del líder de la oposición, Mir Hussein Musavi. Desde el fin de semana se calcula que han perdido la vida una veintena de opositores, a manos de la brutalidad de la policía y los paramilitares “Basij”, quienes gozan de total impunidad a la hora de cometer todo tipo de actos violentos. Se da la circunstancia de que entre las víctimas podría hallarse un sobrino del propio Musavi, cuya seguridad personal peligra más cada día. Pero nada de esto parece amedrentar a una ciudadanía que lleva demasiado tiempo asfixiada bajo la teocracia de los ayatolás y que masivamente se pronunció en las urnas a favor de un cambio que no pudo operarse por culpa de los manejos fraudulentos de Ahmadineyad. Dicho cambio es prácticamente imposible, toda vez que los designios del país son fiscalizados por un órgano, el Consejo de Guardianes de la Revolución, que veta a toda persona que pueda suponer la menor alteración de la rígida estructura islámica del país.
Aún así, la oposición sigue saliendo a la calle. Se exponen a que los maten o les detengan y les torturen; y además saben que nadie en Irán moverá un dedo por ellos si son juzgados. Se enfrentan también a la calumnia oficial permanente, que los tilda de “agentes sionistas y norteamericanos”, cuando lo que realmente pretenden es un Irán menos opresivo. Su ansia de libertad puede más que los desvaríos de un tirano que a día de hoy es uno de los mayores obstáculos para la convivencia mundial. La oposición iraní está dando un auténtico ejemplo de coraje cívico. El sacrificio de estas personas debería tener un mayor protagonismo en las agendas de los cancilleres occidentales, que no parecen percatarse del enorme precio que están pagando en Irán por conseguir su libertad.
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