Antonio Hualde | Miércoles 30 de diciembre de 2009
Toda ciudad que se precie tiene un lugar emblemático donde celebrar la entrada y salida de año. En el caso de Nueva York, dicho lugar es Times Square, cruce de Broadway y la Séptima Avenida, y uno de los puntos neurálgicos de la Gran Manzana. El sitio en cuestión debe su nombre a la antigua sede del “New York Times” allí ubicada, aunque en la actualidad es el corazón de teatros y espectáculos. La despedida de 2009 y la bienvenida a 2010 se celebrarán por todo lo alto, a diferencia de lo que sucedió ocho años atrás. Fue en 2001, cuando la ciudad no estaba precisamente para celebraciones. Acababa de sufrir el mayor atentado de su historia, aquel fatídico ataque contra las Torres Gemelas en el que casi dos mil personas perdieron la vida.
Aquello supuso un antes y un después en Nueva York. Hasta entonces, sus habitantes tenían fama de ir muy a lo suyo, sin preocuparse apenas de lo que sucedía a su alrededor. Hoy no. El neoyorquino actual es una persona afable y educada, que no duda en tratar al turista que visita la ciudad por primera vez con una cordialidad no vista en otros lugares. Manhattan recuerda en cada rincón a todos los héroes de aquel día, algunos con nombres y apellidos como los de los bomberos y policías que perdieron la vida intentando ayudar a los que habían quedado atrapados en los edificios. Muchos de ellos salieron de las Torres y volvieron a entrar de nuevo, aún a sabiendas de que con ello se arriesgaban a una muerte casi segura. Pero no vacilaron. Su valor y entrega salvó muchas vidas, y la sola visión de sus fotos en los parques de bomberos -como el de la calle 42- sobrecoge. Ese día se ganaron con creces el apelativo de “New York Brave’s” -“los más valientes de Nueva York”-.
En Battery Park, donde se coge el ferry que lleva a la isla de Ellis y la Estatua de la Libertad, se puede ver la esfera que durante más de 30 años estuvo en el World Trade Center, sumamente dañada tras los atentados de aquel funesto 11 de septiembre. Su aspecto deteriorado es un testimonio vivo, al igual que la enorme cantidad de recuerdos que se guardan en el museo del 11-S, aún provisional. Botas y cascos de bomberos, chaquetas de policía, polvo de las Torres o efectos personales de las víctimas son sólo algunos de los escalofriantes objetos que se pueden contemplar allí.
Con todo, Nueva York es mucho más. El Metropolitan, el MOMA, los teatros, restaurantes y tiendas o Central Park son sólo algunos de tantos y tantos lugares imprescindibles que hay en la Gran Manzana. Pero sobre todo, pasear por las calles de una ciudad “que nunca duerme”, y que fue capaz de reponerse de un mal sueño gracias a la calidad humana de sus gentes. Ese patriotismo norteamericano que tan difícil le resulta entender a ciertos sectores progresistas de la Vieja Europa se entiende a la perfección estando allí. Los neoyorquinos salieron adelante gracias en parte a la conciencia de pertenecer a un país que les reclamaba lo mejor de sí mismos para volver a dar a la capital oficiosa del mundo todo su esplendor. Y lo consiguieron.
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