Opinión

Turquía en un corredor de entrada y salida incómoda

Víctor Morales Lezcano | Viernes 01 de enero de 2010
Mi buen amigo Ilber Ortayli, director del Palacio Topkapi, o Sublime Puerta del Imperio turco-otomano, ha comentado recientemente que “aquéllos que están intentando especular con el período otomano son poco más que parvenus y poseurs”.

Veamos. Parece que viene soplando sobre las orillas del Bósforo una brisa insistente que aporta efluvios, imágenes y recuerdos de un imperio vasto y poderoso que alcanzó su cenit durante el siglo XVI y primera mitad del XVII.

A la “edad del tulipán”, o setecientos turco, prosiguió la decadencia; luego vinieron las aspiraciones reformistas -fallidas- y, con la guerra y la paz de 1914-1919, se desmoronó para siempre aquella construcción multiétnica y plurirreligiosa de la dinastía Osman.

Como quiera que las tensiones internas en Turquía, hoy -al menos desde la victoria electoral del partido AKP, Para el Desarrollo y la Justicia, en septiembre de 2002-, van en aumento y se redoblan en intensidad, no falta quien denuncia la corriente de la Otomanía como si no fuera una de esas corrientes periódicas de vuelta nostálgica al pasado histórico, sino cual si se tratara de una moda de coleccionismo burguesa, aunque, en el fondo, nada inocente. O sea, que la Otomanía pretende, según algunos sectores fielmente kemalistas, dar por buena, armoniosa y loable, la herencia de una época imperial que Mustapha Kemal decapitó con las armas en la mano y la pluma volcada al Boletín de la República laica, al abolir el Califato e Imanato que ostentaba entonces el sultán Vahdettin I.

La diatriba está servida en algunas revistas, publicaciones y salones de Istambul, la Ciudad por excelencia (Polis, eistempolis, etimología que defendió Emilio García Gómez en algún prólogo eximio). Apúntese de inmediato que el desengaño con Bruselas se extiende actualmente a capas cada vez más amplias de la población turca a causa de las reticencias franco-germanas hacia el ingreso de aquella República en la Unión de los 27 países; y se dice que Europa sólo quiere tener a los turcos esperando a sus puertas, pero que no dentro de Casa. Frente a esta desconfianza de base, sobre cuyos fundamentos no vamos a entrar ahora, se alza el principio de esperanza de los fieles al legado kemalista, a la República laica que intentó en 1923 hacer tabla rasa del imperio y del Islam.

Por su parte, el asunto Ergenekon, al que se dedicará una columna en fecha no muy lejana, ha venido a tensar la cuerda entre los antagonistas en liza en la Turquía actual.

Para salvar el hiato existente dentro de Turquía y entre el Islam y Occidente, el civilizado primer ministro de aquella República, acaba de cursar visita a Barack Obama en Washington. Taieb Erdogan no habrá titubeado, en ningún momento, en tranquilizar al presidente de los Estados Unidos blandiendo la consigna de la Alianza de Civilizaciones. No sea que, al final, América también enfríe sus relaciones con Ankara, y no le quede a la meseta de Anatolia otra elección que mirar hacia el Cáucaso y al paisaje inquietante que se avizora detrás de su cadena de montañas. O sea, allí donde un país del Islam no puede -no debe- enviar refuerzos militares para combatir a sus correligionarios, los Talibán.

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