Sábado 02 de enero de 2010
El saldo de la oleada de masacres que han despedido el año en Pakistán ha sido terrible. Mientras que al noroeste del país, en Lakki Marwat, perdían la vida setenta personas que asistían a un partido de voleibol, en la región tribal de Bajaur, también en el noroeste, morían seis civiles, incluido un niño, por la explosión de una bomba colocada por milicianos talibán. Todo ello parece coincidir en el tiempo con el anuncio de Obama el pasado otoño de enviar más tropas a Afganistán en 2010, así como reforzar la colaboración con Pakistán. Ambos hechos están íntimamente relacionados, toda vez que las sospechas de los atentados recaen sobre líderes tribales locales, descontentos con en tenue apoyo que Islamabad brinda a Washington. En el último video de Al Qaeda, Bin Laden -si es que aún vive- acusaba sin dar nombres a países musulmanes “colaboradores con los infieles”, en clara alusión a Pakistán, Egipto y Jordania entre otros. Los talibanes en Afganistán han ido paulatinamente recuperando su poder, y han extendido su ámbito de influencia al vecino Pakistán, por lo demás siempre receptivo a este tipo de componendas.
El reto para Obama es doble, y entraña una gran dificultad. Por un lado, estabilizar Afganistán y reducir en la medida de lo posible el peligro talibán. Por otro, seguir manteniendo unas imprescindibles -y sumamente complicadas- relaciones con Pakistán y su nuevo gobierno. El presidente Zardari no tiene el poder ni la autoridad moral de su antecesor, Musharraf, y no se atreve a poner orden en los todopoderosos servicios secretos pakistaníes -ISI-, infestados de islamistas. Diplomacia y firmeza han de ir de la mano si no quieren que el asunto se les vaya de las manos. Y Estados Unidos no puede hacerlo solo. De ahí que, cada vez que se le brinda la ocasión, Obama aproveche para insistir en lo mucho que necesita de la cooperación internacional. Más que nada, porque la batalla que se libra en aquella zona tiene un alcance global, y cualquier país que se precie de defender la libertad está inmerso en ella. Aunque algunos retiren a sus tropas sin previo aviso e ignorando las posibles consecuencias que ello pueda tener.