Opinión

La nueva era Putin

Sabrina Gelman | Domingo 02 de marzo de 2008
Por tercera vez en su reciente historia democrática Rusia se somete a unas elecciones presidenciales, la cuales en vez de augurar alternancia y cambios, suponen la continuidad de un sistema político que, si bien ostenta el calificativo de democracia, ha demostrado que aún desconoce la praxis del Estado de Derecho y de la libertad de expresión.


En los nueve años que lleva Vladimir Putin a la cabeza del gigante euroasiático, la comunidad internacional ha observado con preocupación más un proceso de restauración de un régimen autoritario, cuyos niveles de corrupción van descaradamente in crescendo, que la instauración de una verdadera metamorfosis social y gubernamental. Un panorama que poco ha cambiado.


Dmitry Medvedev, candidato por el partido Rusia Unida, cúpula política de Putin, ha sido el gran favorito de un sufragio anunciado, debido a que goza del beneplácito del presidente ruso, quien desde un principio, no ha dudado en manifestar su apoyo al viceprimer ministro y antiguo presidente del directorio de Gazprom. ¿El motivo? Con la victoria de Medvedev, el antiguo agente de la KGB se asegura cómodamente el cargo de Primer Ministro.


Esta estrategia, más que una cesión del cargo, es la continuidad y el fortalecimiento de la era Putin. Al hacerse Dmitry Medvedev con la presidencia, no cabe duda que Vladimir Putin va a ser no sólo su sombra, sino la de 109 millones de ciudadanos rusos que la mañana del domingo se han levantado temprano a votar. Una sombra que huele a un pasado caducado hace diez años y que pesa sobre los hombros de sus contrincantes electorales, Guennadi Ziuganov, el ultranacionalista Vladimir Jirinovski y el proeuropeo Andrei Bogdanov; al igual que los de una oposición cada vez más despierta y valiente, que sale a la calle con la convicción de que la transformación política es posible, tal como lo ha demostrado las iniciativas del sonado partido Otra Rusia, encabezado por el ex ajedrecista Garry Gasparov.


No cabe duda que Rusia se resiste al cambio. El país pareciera que prefiere quedarse en manos de las reliquias rancias del politburó, las mismas que monopolizan la industria energética en Europa Oriental, adoctrinan las mentes de los millones de jóvenes que militan en el partido Nashi, movimiento juvenil pro Putin, censuran a los medios de comunicación, y callan voces como la de Anna Politóskaya y Alexander Livitenko.

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