Regina Martínez Idarreta | Domingo 03 de enero de 2010
Qué diferente te ve el mundo desde el paraíso. Qué difícil resulta implicarse en los problemas de la humanidad, resoplar indignada ante los excesos y estupideces de nuestros políticos, sorprenderse ante las vicisitudes de la vida de Belén Esteban, rodeada de palmeras y oliendo a mar.
Mirando el azul turquesa de las aguas que bañan esta verde playa en la que cierro el año me preguntó qué es lo que me ata a esa vida gris que desde aquí parece tan absurda. Hay que pensar mucho, obligarse a recordar objetivos y porqués, buscarlos en el baúl de ropa de invierno que dejé esquinado en un rincón de mi cabeza al montarme en el avión, para no dejarse llevar por la tentación de abrazar un cocotero, encadenarse a su textura rugosa y negarse a volver al frío de la monotonía, al estrés del día a día…
Al caminar por países del llamado tercer mundo la primera sorpresa que nos encontramos los orgullosos occidentales, es la cantidad de sonrisas que se regalan por la calle. Algo tan sencillo, pero tan olvidado y difícil de encontrar en esas aceras primer mundistas en las que al que sonríe se le considera un loco y, en el peor de los casos, un acosador del que conviene alejarse. La pobreza, la falta de todas esas posesiones materiales en las que se sustenta el sistema no parecen mermar las ganas de reírse y disfrutar de la vida. Al contrario, si el PIB de un país se midiera en sonrisas y carcajadas, las listas se invertirían de forma considerable.
Y sin olvidar los muchísimos problemas que afectan a estos países, no puedo evitar preguntarme por qué teniéndolo todo, la angustia y la melancolía son compañeros vitales casi permanentes de cada uno de los habitantes del mundo ’afortunado’. Por qué la indiferencia, el cinismo y la falta de ilusión se valoran al alza, mientras se margina, machaca y desprecia a quien demuestra sin tapujos sus ganas de vivir de la manera más sencilla y real posible. Por qué hemos sustituido las conversaciones sinceras por divanes en los que un desconocido nos cobra 300 euros mensuales por fingir que escucha nuestras miserias. Por qué hemos de recurrir a páginas de contactos para encontrar una pareja afín a nuestros gustos, horarios y necesidades, que desecharemos a la mínima de cambio, como si fuera nuestra última adquisición de Zara, si deja de convenirnos. Por qué vivimos con más pasión los sucedidos de las vidas ajenas que de las nuestras, por qué tiramos por el desagüe nuestro día a día, mirando embobados la televisión, imitando al cine o las series, sin plantearnos si realmente lo que hacemos, lo que nos gusta o lo que deseamos ha nacido de dentro o nos ha sido inoculado desde el exterior. Por qué el sucedáneo plastificado de algo parecido a la vida nos parece más apetecible que esa existencia brutal pero real que buscamos con desesperación pero de la que huimos con pavor en cuanto la intuimos.
Y todo esto me lo planteo mientras miro el cocotero seductor al que cada vez me apetece más encadenarme. Mañana empieza el 2010 y supongo que hoy es un buen día para hacerse promesas, para proponerse ser un poco mejor, un poco más feliz, para quitarse de encima las telarañas y malos rollos del 2009 y para soñar con que el próximo años nos traerá eso que con diferentes nombres y formas, de manera equivocada o correcta, todos buscamos: un poquito más de vida en nuestras vidas. Feliz año nuevo.
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