Lunes 04 de enero de 2010
La detención de un islamista armado con un hacha y un cuchillo cuando intentaba entrar en la casa de Kurt Westergaard en Aarhus –Dinamarca-, uno de los dibujantes del rotativo “Jyllands Posten” que hizo una caricatura del profeta Mahoma, no es el único hecho de este tipo al que han tenido que enfrentarse las autoridades danesas. De hecho, el propio Kurt Westergaard tiene que mudarse de casa con frecuencia, ya que su vida –y, por extensión, la de su familia- sigue amenazada desde que hizo uso de su libertad de expresión y se atrevió a publicar una caricatura en la que denunciaba la violencia del islamismo radical. No es la primera vez que se producen incidentes de este tipo en el Viejo Continente. Baste recordar el revuelo organizado en Grecia a mediados del pasado año, donde jóvenes musulmanes provocaban violentos altercados por una presunta profanación del Corán a manos de un agente de policía, o el asesinato en 2004 del cineasta holandés Theo Van Gogh a manos de un islamista, descontento con la temática de sus películas.
No es cuestión de xenofobia o racismo; es, simplemente, tolerancia. En Europa conviven personas de distintos credos sin que por ello se produzcan necesariamente conflictos religiosos. Por fortuna, esa fase ha quedado ampliamente superada desde hace tiempo, en virtud del respeto a los derechos humanos del que el continente europeo es adalid. Católicos, luteranos, judíos y budistas conviven sin mayor problema. Las dificultades surgen siempre por el mismo lado, el musulmán. Los países de mayoría islámica no se distinguen precisamente por el respeto a las otras confesiones, el régimen de libertades que disfrutan sus ciudadanos es manifiestamente mejorable -cuando existe- y, en el caso concreto de la mujer, su situación es en muchas ocasiones vergonzante, por no decir trágica.
En Europa caben todos. Pero la premisa fundamental es que han de respetarse libertades tales como las de culto o expresión. ¿El límite?: el Código Penal. Y, sobre todo, han de dejarse a un lado conductas hipersensibles, que tienden a tildar de ofensivo todo aquello que no se ajuste a los cánones de una ortodoxia en ocasiones peligrosa, agresiva e intolerante. Debemos ser capaces de afrontar estos retos sin complejos. Si de verdad creemos en nuestros propios valores, tenemos que argumentar nuestra idiosincrasia cultural con decisión y defenderla con firmeza. España, durante su presidencia rotatoria de la Unión Europea durante el primer semestre de 2010, tiene una ocasión de oro de transmitir este mensaje a países que, como Turquía, aspiran a entrar en la UE pero evitan cualquier condena explícita de actos violentos como el intento de agresión de Kurt Westergaard. Para algo tendrá que servir la Alianza de Civilizaciones, aparte de para evitar llamar a las cosas por su nombre.