Hidehito Higashitani | Lunes 04 de enero de 2010
Durante siglos la creación de una rosa azul ha sido un sueño prácticamente inalcanzable para los científicos y amantes de la floricultura a pesar de los intentos realizados por los especialistas para crearla mediante la técnica de cruce de distintos tipos de rosas. Y pese a la sabia advertencia juanramoniana en el orden estético-poético de que ‘no se debe tocar más la rosa’, parece que los científicos, pasándola por alto, siguen con su empeño y que gracias al avance de la ingeniería genética el sueño popular se está convirtiendo en una realidad.
La empresa japonesa Suntory, en colaboración con su filial australiana Florigene, logró, hace unos años, otorgar el color azul a los pétalos de la flor de rosa mediante las técnicas de ingeniería genética. Ahora se acaba de empezar la comercialización de esta rosa transgénica y a partir del pasado mes de noviembre se han puesto a la venta al público unas seis mil rosas de color azul en los núcleos metropolitanos de Tokio y de Osaka. Se vende al precio de alrededor de dos o tres mil yenes -de 15 a 25 euros aproximadamente- por unidad. La noticia ha despertado un gran interés entre los curiosos y los aficionados de la floricultura y como consecuencia se han agotado en seguida todas las existencias. Además ya están reservadas todas las rosas azules previstas para la fabricación en este mes de enero de 2010.
En vista del éxito comercial del producto, la empresa Suntory pretende aumentar más la producción y ampliar el mercado para todo el territorio nacional antes del año 2011. Y además tiene la intención de crear y comercializar al mismo tiempo la azucena azul y el crisantemo del mismo color.
Es sabido que el color de las flores, por ejemplo rojo, amarillo o azul, se produce biológicamente por un grupo de pigmentos que se denomina globalmente ‘antocianinas’. Y dentro de este grupo se encuentran los pigmentos como la ‘cianidina’ que produce el color rojo, la ‘pelargonidina’ para el color naranja y la ‘delfinidina’ que es responsable del color azul. Una rosa natural suele poseer los dos primeros pigmentos, pero carece del gene necesario para crear la ‘delfinidina’.
Según la explicación de Yoshikazu Tanaka, director del centro de estudios científicos vegetales de la casa Suntory, ellos han conseguido fabricar una rosa que tiene en sus pétalos moléculas de ‘delfinidina’, el pigmento azul, por insertar y transplantar el geno azul extraído de la flor de pensamientos.
Suntory ya había puesto en venta en 1997 los claveles de color azul con el gene azul de la flor de petunia. Basándose en esa experiencia y después de probar varias flores en busca del gene que pudiese congeniar bien con la rosa, por fin ellos han podido dar con la flor de pensamientos para fabricar los pétalos de color azul.
Pero, mucho ojo, señores. Lo que hay que tener en cuenta en estos casos de las plantas genéticamente modificadas por medio de la biotecnología son los posibles riesgos que puedan descontrolar el mundo natural por dejar esparcir su polen por acción de los vientos y las aves, contaminando las plantas naturales. En el caso concreto de la rosa azul, dicen que está comprobado que el pigmento azul existe únicamente en los pétalos y no en su polen, por lo que la administración pública competente ha autorizado la venta al público considerando que la rosa azul no va en contra del Protocolo de Cartagena que fomenta el uso seguro de transgénicos, ni va a afectar la diversidad biológica del mundo natural.
Muy bien, de acuerdo. Y entiendo que para los amantes de la floricultura la aparición de esta nueva rosa puede ser un gran acontecimiento para satisfacer su curiosidad y un motivo de alabanza para la nueva tecnología avanzada. Pero, a pesar de todo, me pregunto si de verdad vale la pena este esfuerzo por parte de los sabios científicos sólo para satisfacer un ‘caprichito’ de los aficionados como éste de tener una rosa de distinto color sin más, y además con sus ‘posibles’ –por mucho que afirmen que son ‘nulos’- riesgos ambientales.
Sinceramente hablando, desde el punto de vista tanto estético como científico sigo siendo partidario de las palabras de mi amado poeta Juan Ramón Jiménez cuando exclama en sus versos: “¡No le toques ya más,/ que así es la rosa!” (Piedra y cielo, 1918).
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