Opinión

Epifanía, regalos y capitalismo

José María Zavala | Martes 05 de enero de 2010
Dice la leyenda que al nacer el Salvador vinieron tres magos de Oriente para adorarlo, trayendo consigo unos presentes. Dice la leyenda que en siglo III, San Nicolás, que se llevaba muy bien con los niños, repartía regalos entre los pobres. Dice la leyenda, que el consumo genera empleo, y éste a su vez riqueza, y por lo tanto bienestar.

Es una costumbre intercambiar regalos en Navidad, ya sea el día 25 de diciembre o el 6 de enero. Por mucho que la publicidad nos indique que todo ello es una fuente de ilusión y sorpresas, no es difícil demostrar lo contrario. Empecemos por las preocupaciones que causa tener que pensar en qué regalar a quién. No sólo hay gente a la que es difícil agradar, sino que algunos tienen que hacer malabares presupuestarios. La falta de ideas puede incrementar esos insoportables paseos de compras navideñas tratando de encontrar algo que no parezca demasiado estúpido. A veces, las ganas de ser original (o el riesgo que conlleva ser prácticos, por desconocer las necesidades de los demás) nos llevan de cabeza a esas tiendas de regalos llenas de cosas que no sirven para nada, y cuyo gusto se basa en la Teoría del Caos. Miles de veces regalamos objetos cuyo destino más sensato y más probable es el cubo de la basura.

“Lo que importa es el detalle” reza el dicho. Si eso es lo que realmente importa, ¿por qué no reciclar objetos que ya no se usan o entregar presentes hechos por uno mismo? He ahí la mentira: lo que importa es comprar: demostrar que la otra persona se ha sacrificado con su tiempo y dinero por ti. Y esos miles de toneladas de plástico que circulan durante estos días, arrastrando procesos irresponsables de extracción, producción, distribución y desecho, alimentan la cadena del sistema capitalista que se nutre de dichos gestos vacíos. Claro que regalar es bonito, pero estar obligado a hacerlo no sólo no tiene sentido, sino que supone graves perjuicios a diferentes niveles.

Según el documental “La historia de las cosas” (Story of stuff), el cual recomiendo encarecidamente, en Estados Unidos, sólo el 1% de los materiales que fluyen a través de las ventas sigue siendo utilizado tras seis meses. El resto es basura. Así que nuestro pecado ni siquiera consiste en ser consumistas adictos a la adquisición y disfrute de bienes, sino en el mero hecho de comprar, renovar, sustituir.

Cada uno de nosotros sólo ve sus actos individuales, de tal forma que parece que no pasa nada por gastarse cuatro duros en tener un detalle y que el objeto de turno vaya a parar al contenedor. Tampoco pasa nada por dejarse “algo más que cuatro duros” y regalar algo que no sea necesario, sustituyendo en ocasiones a otro objeto que irá a parar al trastero. Pero si sumamos cada una de esas acciones, visualizaremos el mapa de irracionalismo ecológico y social en el que nos mete la leyenda del empleo y la riqueza.

Porque sabemos que el bienestar no se logra sólo a través de la riqueza (privada, individual), la cual parece que sólo se puede conseguir gracias al trabajo o la lotería. Precisamente una de las cosas que más bienestar nos produce es no trabajar, pero la fiebre del PIB sólo sabe medirlo todo en moneda de curso legal. También existen formas gratuitas de sentirse bien, como estar con la gente que te agrada o disfrutar de la naturaleza que nos rodea. Pero el sistema socioeconómico que sustentamos parece contrario a tales prácticas. Es precisamente la locura del consumo la que nos impide ser felices.

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