Alicia Huerta | Miércoles 06 de enero de 2010
“Con Madrid no se especula. El Patio no se cierra”.
Éste ha sido el lema que, durante los dos años y medio de ocupación ilegal del inmueble situado en el número 8 de la calle del Acuerdo, han utilizado los promotores del denominado “espacio polivalente autogestionado”, quienes siempre se negaron a ser llamados okupas porque afirmaban que no utilizaban el edifico para pernoctar o vivir en él, sino para organizar encuentros de carácter cultural. Pero desde el pasado martes, el Patio Maravillas ya está cerrado. La policía desalojó, sin los esperados incidentes que en otras ocasiones sí se habían producido, el antiguo colegio de monjas propiedad del arquitecto Leopoldo Arnaiz, que en el año 2000 lo adquirió al Arzobispado de Madrid, y cuyo nombre aparece oscuramente ligado a tramas inmobiliarias tan famosas como la del Tamayazo o la más reciente de Boadilla del Monte.
En todo caso, durante el tiempo en el que los “okupas culturales” han permanecido en el edificio desarrollando numerosas actividades, los vecinos de la calle han estado irreconciliablemente divididos. De una parte, aquellos que han considerado, desde el primer día, que un centro en el que poder reunirse y organizar actos de todo tipo era necesario en Malasaña y han mostrado su apoyo con entusiastas pancartas colgadas de sus comercios o balcones. De otra, quienes, por el contrario, han venido acusando al Maravillas de organizar sólo fiestas y ser causa directa de alborotos, aglomeraciones indeseadas, drogas, alcohol y suciedad. Ahora, con el desalojo, el desacuerdo en la calle del Acuerdo seguro que se verá intensificado, al menos durante esos pocos días en los que una noticia consigue mantenerse en los medios.
Claro que en la susodicha calle ya saben muy bien, aunque sus actuales vecinos no tengan forma de acordarse, lo que significa que unos tiren para su particular esquina, y los otros, para la suya. De hecho, parece que precisamente de un desacuerdo, convertido después en necesario acuerdo, viene este curioso nombre, cuando la zona dejó definitivamente, igual que muchas otras en la capital, de ser una gran arboleda poblada de osos y jabalíes. En tiempos de Felipe IV, a punto de fundarse el vecino convento de las Comendadoras, cuenta Pedro de Répide que empezó a observarse un extraño prodigio consistente en la aparición de cinco estrellas sobre el monasterio que después desaparecían, retirándose hacia la dirección de Toledo, al aparecer otras cinco que venían de la parte de Castilla. Y esto, que era, después de todo, el natural proceso de la visión astronómica según el movimiento de la rotación de la Tierra, inquietó, y mucho, a quienes habían de designar la comunidad moradora del nuevo convento. Mientras que los presidentes de Castilla y de Ordenes abogaban por que vinieran las monjas de Santa Fe de Toledo, el rey y el prior de Uclés deseaban que fueran las de Santa Cruz de Valladolid. Después de la intervención en la interpretación astrológica de la beata María Ana de Jesús en beneficio de las vallisoletanas, el acuerdo quedó decidido y firmado en la afamada imprenta de la Quiñones, sita precisamente en la calle a la que se dio nombre.
Pero, como siempre, no falta otra teoría mucho más romántica o, por lo menos, mágica. Cuentan que una piadosa doncella que habitaba en las montañas cántabras y que custodiaba la imagen de un niño Jesús era conocida por los peregrinos del camino de Santiago a causa de su esplendida hospitalidad. Un día llegó a la aldea un peregrino a quien confesó su deseo de convertirse en religiosa y aquel desconocido convenció a la joven para que viajara enseguida a Madrid, donde se acababa de inaugurar un nuevo convento. La muchacha llegó a la capital una noche y, desorientada en la oscuridad, fue a parar a la imprenta de la Quiñones, quien le dio cobijo hasta que a la mañana siguiente la acompañó al cercano convento, en cuya portería estaba la efigie de Santiago en traje de romero. Entonces, la chica se quedó asombrada mirándolo y dijo: “Ya me acuerdo, este es el peregrino que me mandó hasta aquí”.
El Patio Maravillas ya ha anunciado que cuenta con una nueva sede. Menos de 24 horas después del desalojo, encontraba “kasa” en otro edificio abandonado, ésta vez en la también céntrica calle Pez. Puede que ahora el Patio tenga más suerte para convencer a todos de que lo que hacen es verdaderamente promoción de la cultura y lleguen, aquí sí, a un acuerdo con el consistorio que les permita abrir legalmente ese espacio que para muchos necesita el emblemático barrio.
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