Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 11 de enero de 2010
He visto este último fin de semana un interesante documental sobre la figura del Presidente de los Estados Unidos en el cine y la ficción televisiva. Desde los años treinta del siglo XX, los americanos se han ocupado en los medios audiovisuales de algunos de sus más notables presidentes del pasado y también, muy a menudo, han imaginado presidentes o presidentas de ficción, en los que han reflejado su imagen ideal del más importante cargo de su país que, tan tópica como discutiblemente, ha sido denominado “el hombre más poderoso de la Tierra”. La serie “El ala oeste de la Casa Blanca” ha sido considerada por algún crítico, con el que he tenido la oportunidad de hablar, como una especie de culminación de este peculiar género y para algunos como la más importante serie en toda la historia de la televisión americana. Los especialistas, guionistas y productores entrevistados en el documental afirmaban que muchas de las cosas que los presidentes de ficción dicen y hacen en esos productos audiovisuales serían imposibles en la realidad: los presidentes reales están condicionados por las convocatorias electorales a plazo fijo, que tanto pesan en su discurso y en su acción; por los compromisos políticos de todo tipo, con su propio partido y con todas las fuerzas sociales y económicas; por la situación internacional, con todas sus complejidades y, en suma, por todo cuanto implica ese enorme pie forzado que llamamos “lo políticamente correcto” que, de facto, obliga a tantos silencios, a tantas medias verdades, cuando no a fenomenales mentiras y, con abrumadora frecuencia, a una visión falseada y maniquea de la realidad política y de las posibilidades de futuro. Visión falseada que se proyecta y difunde porque se supone que es la que más gusta a los seguidores, efectivos o potenciales, o, en general, porque se estima que es la que puede proporcionar mayores réditos políticos.
Me llamó especialmente la atención que uno de los intervinientes en el documental, a propósito de una vieja película sobre Lincoln –nada menos que de 1939- afirmó que, con mucha probabilidad, aquel presidente que ha pasado a la historia como, indiscutiblemente, uno de los más grandes, no habría sido elegido por sus conciudadanos en este nuestro tiempo. Lincoln era, decía, un hombre desgarbado, feo y poco atractivo. “No tenía carisma”, resumía el citado experto. Apuntaba así a lo que parece ser en la actualidad una de la características más significativas de la política contemporánea, hasta un punto de que se la considera como un requisito indispensable para quien se presenta ante los electores para ocupar un cargo relevante. Casi nadie define nunca qué se supone que es eso del carisma: Se da por supuesto que todo el mundo lo sabe o lo intuye pero el caso es que con el “no tiene carisma”, pronunciado como una sentencia sin apelación, se descalifica sumariamente al candidato señalado sin entrar a dilucidar ninguna de sus cualidades para el puesto. De nada sirven la experiencia, el mérito o la capacidad de aquel a quien se le haya colocado el temible sambenito: “No tiene carisma”. No hay más remedio que preguntarse cuántos Lincoln potenciales podemos perdernos por esta frívola visión “carismática” de la política que, cuando se intenta profundizar en ella, aparece a menudo definida como una especie de donjuanismo político que alcanza el deseado premio de la elección a partir del despliegue de una manipuladora habilidad para la seducción y el engaño.
La democracia mediática –que es la de nuestra época y que utiliza a los medios de comunicación no sólo como la cancha en la que se dilucidan las batallas políticas, sino como el arma que se utiliza contra el adversario- fue saludada en su momento como el gran instrumento para acercar a electores y elegidos, a gobernantes y gobernados. Pero, a la vista de sus resultados, podría considerarse como un gran fracaso: Nunca se habían sentido tan alejados los ciudadanos de sus teóricos representantes. Se dice a veces que esto es así porque los conocen mejor que antes, ya que “entran” en sus salas de estar por medio de la pantalla de televisión. Pero, ¿qué conocen? De hecho, los medios se ocupan más de los peores aspectos de ALGUNOS políticos y, por medio de algún mecanismo que no conocemos muy bien, la opinión pública, a partir de esas informaciones, dictamina que TODOS los políticos son iguales y que merecen la condenación general y sumaria. Todo esto exige un estudio que nunca acaba de hacerse, pero lo cierto es que las exigencias mediáticas y carismáticas de la política actual han producido, globalmente hablando y con muy honrosa excepciones, los políticos de menos nivel en al menos medio siglo. No parece muy arriesgado afirmar que la causa es esa ciega búsqueda del carisma, que al final no suele ser sino un vacuo efectismo mediático que no garantiza nunca el acierto. El tema no es nuevo pues no otra cosa –aún sin los modernos medios de comunicación- querían decir los griegos cuando acuñaron el concepto de demagogia, que nuestro DRAE define acertadamente como “práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular”. Y a lo mismo apuntaba Baltasar Gracián cuando escribía en El Discreto: “Las cosas comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Son muchos más los necios que los entendidos, páganse aquéllos de la apariencia y, aunque atienden éstos a la sustancia, prevalece el engaño y estímanse las cosas por de fuera”. Y es que, tanto exigir carisma, hemos degenerado la democracia en una pestilente demagogia, que está socavando los fundamentos del sistema de libertades.
TEMAS RELACIONADOS: