José Manuel Cuenca Toribio | Martes 12 de enero de 2010
No tema, no, el benévolo –y apresurado…- lector que el cronista lo introduzca en el enrevesado mundo de la metodología histórica, con sus reglas y disciplina en orden a cribar los testimonios de un acontecimiento y ofrecerlo en su más nuda realidad al estudioso. En el episodio que nos va ocupar, Clío calza pantuflas en lugar de los clásicos coturnos.
Es el caso que un lance que en nuestros días ha hecho reverdecer con fuerza la muy prolongada polémica en torno al asesinato de García Lorca y su fosa. En punto al último extremo, un afamado publicista británico o, más exactamente, hispano-británico, fue pícaramente engañado respecto a la ubicación de la tumba del gran poeta granadino por su sedicente sepulturero, Manuel Castilla, “Manolo el Comunista”, conocido entre sus convecinos por su carácter festivo y talante decidor. Las mil y una pesquisas realizadas por el mediático hispanista anglosajón en torno a los últimos días del autor de Romancero Gitano y, de manera especial, acerca del lugar de su enterramiento, se vieron así frustradas en su objetivo esencial al haber seguido y hecho suyas las indicaciones de su guía.
Tiempo muy atrás, allá por los orígenes del consolidamiento del sistema liberal, en los días de la resurrección de la “Pepa” por los protagonistas de la “Sargentada” y del fastigio de la popularidad de Mendizábal y la vanguardia progresista, “Don Jorgito, el inglés”, es decir, Georges Borrow, el autor de uno de los libros de viajes por la Península más pintoresco y divertido –impecablemente traducido, además, por D. Manuel Azaña-, sería engañado consciente, paciente y, un tanto también, escarnecidamente a propósito del sistema carcelario de la Inquisición, particularmente, en la sede primada. Sus alumnos bíblicos de raza gitana –singularmente, unos dedicados al viejo y noble oficio –en la antigua España- de la arriería, sabedores de su buena fe e ingenuo espíritu así como también de su visceral fobia hacia el Papado y “sus idólatras”, le contaron mil sobrecogedoras fantasías sobre los horrores padecidos por las víctimas del Tribual de la Fe, definitivamente extinguido muy poco antes de las andanzas del propagador y misionero evangelista por un país envuelto en la primera de sus guerras civiles contemporáneas.
Como es bien conocido, en época mucho más reciente, apenas acabada la segunda conflagración mundial, Gerard Brenan –“D. Gerardo” para los habitantes del lugar de las Alpujarras granadinas donde durante largos años sentara sus reales- acometió una dilatada excursión por el sur peninsular –incluyendo Extremadura y La Mancha-, en la que recogiese, sin mayor espíritu crítico ni aún, a las veces, elemental información cronológica, datos y noticias hipertrofiados o caricaturescos sobre la España del momento, trasmutados por su mágica pluma de insuperable narrador en descripciones de gran valor literario, pero no siempre historiográfico.
Debido a que el escritor de Al sur de Granada era un decidido defensor de la teoría de los caracteres nacionales, hoy tan en desuso, sería quizás ocasionado recordar que, a causa de su índole latina, la herencia cartesiana o por otra suerte de razones, los viajeros e hispanistas franceses del XIX y XX, proclives igualmente a las notas románticas en su aproximación al paisaje y gentes peninsulares, se mostraron por lo común más precavidos ante las fuentes de sus cuadros sociales y políticos, dando así mayor peso documental a sus estudios y narraciones.
Mas al margen de ello, sea cual sea el valor historiográfico de sus obras, unos y otros, ingleses y franceses, son acreedores a nuestra mayor gratitud. Aunque a veces, como en el ejemplo reseñado en un principio, el mejor escribano eche un borrón…
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