Rafael Núñez Florencio | Miércoles 13 de enero de 2010
“En Hungría, las celebraciones onomásticas siempre han dado lugar a fiestas solemnes, multitudinarias y tribales”. Con estas ambiguas palabras se abre el segundo tomo de las memorias de Sándor Márai -¡Tierra, tierra!-, aunque el lector intuye pronto que la evocación de una lejana onomástica -exactamente del 18 de marzo de 1944- va a servir de punto de referencia para una reflexión desasosegante sobre el devenir de una colectividad -la húngara en este caso- y sobre el destino del ser humano en general. Dice el escritor que aquella noche su mujer había dispuesto todo igual que en otras invitaciones de parientes y familiares. Luz acogedora, rostros amigables, círculo burgués, muebles antiguos, animada tertulia, copas de vino..., todo lo que hay de apacible y tranquilizador en determinados ambientes humanos no era ya entonces más que el último clavo ardiente al que agarrarse cuando empezaba a desatarse un viento que barrería todas las seguridades. “Éramos once alrededor de la mesa ovalada. Aquellas once personas nunca más volvimos a reunirnos alrededor de mesa alguna”. Una noche singular, continúa Márai, porque “fue uno de esos momentos en los que se puede atisbar el propio destino”.
Vida y destino es precisamente el título de la obra maestra de Vasili Grossman, que tan merecido éxito ha tenido en el ámbito español. No puedo entrar en los múltiples pormenores que encierran sus más de mil páginas, pero sí destacar un pequeño aspecto que me llamó desde el principio la atención: tantas vidas, tantas muertes, tantas miserias y penalidades terminan alegóricamente por condensarse no tanto, como parecía previsible, en el estruendo y la barbarie -la batalla de Stalingrado por ejemplo- como entre la niebla y el silencio. La niebla constituye simbólicamente la alborada -“la niebla cubría la tierra”, “de la niebla emergió el recinto del campo”- y el silencio cierra el ciclo, extraño, sorprendente, insondable... “En el silencio del bosque la tristeza era más honda que el silencio del otoño. Se oía en su mutismo el lamento por los muertos y la furiosa felicidad de vivir”. He ahí, por decirlo con el espíritu del escritor, la esencia humana, el estupor ante la vida, el gozo y la congoja, la determinación de seguir adelante... aunque no se sepa muy bien hacia dónde.
Los pasos trascendentales que damos en la vida a duras penas pueden liberarse de esa incómoda sensación de moverse entre sombras y ecos. Dicho en términos menos graves o metafóricos, me estoy refiriendo a eso que denominamos incertidumbre. Me he acordado de las dos obras citadas, las memorias de Márai y la novela de Grossman, con ocasión de los inevitables resúmenes del año que terminaba y las no menos habituales predicciones para el año y la década en puertas. Como siempre, hay en todo ese batiburrillo -lo mejor y lo peor de estos doce meses, el mundo que nos espera, los retos, las citas ineludibles, etc.- mucho convencionalismo, no pocos lugares comunes y hasta frases hechas que, a poco que uno se fije, se dará cuenta de que se repiten con ligeras variantes de diciembre a diciembre. Pero también es verdad que hasta en la misma espuma de los acontecimientos, hasta en las tópicas peroratas de los contertulios y en los artículos de relleno, hay cuatro o cinco conceptos que se reiteran machaconamente, siempre en la misma órbita de estimación negativa del inmediato porvenir: crisis, pesimismo, estancamiento, desmoralización, incertidumbre... Es verdad que empezaron aplicándose casi en exclusiva al espacio económico y, más concretamente, sobre todo en el caso español, al reducto laboral pero, si se fijan, ya hace algún tiempo que han desbordado esos límites y han saltado a las coordenadas políticas -desconfianza en los partidos, crisis del sistema representativo- y apuntan a otros sectores de la vida española, como la justicia y la educación, sumidas ambas -según apuntan no ya sólo los especialistas sino las encuestas de opinión pública- en un pozo de de descrédito generalizado del que no será fácil salir.
No es mi intención apuntarme a la predicción pesimista en lo tocante a todos esos ámbitos y en lo relativo a lo que nos puede deparar este año que comienza, actitud que a estas alturas no pasaría de ser una gota más en la riada de consideraciones del mismo tenor que han hecho intérpretes mucho más doctos y autorizados. Tampoco pretendo caer en una metafísica acerca del destino humano, por si alguien ha podido malinterpretar las citas anteriores: las he traído a colación no por esa dimensión intelectual -la reflexión en órbita pascaliana acerca de la naturaleza humana- sino por un aspecto mucho más pedestre o, si se quiere, más concreto, inmediato y cercano a nuestros intereses materiales. Me refiero a la incertidumbre que rodea no ya sólo, inevitablemente, a nuestra existencia personal sino también a nuestra vida colectiva, es decir, al nivel de vida que hemos alcanzado, a nuestros logros históricos como sociedad, a nuestro prestigio como nación. Nos comportamos a menudo con una frivolidad ridícula en relación a todo ello, como si una vez conseguidas la estabilidad democrática, una razonable paz social y una innegable prosperidad fueran éstos unos bienes perpetuos. Actuamos como el niño que no contempla que puede extraviar o se le pueden romper sus juguetes. Como niños o como nuevos ricos, ésa parece ser la tendencia predominante en una sociedad, la nuestra, que ignora o desprecia, o ambas cosas a la vez, el largo y arduo camino recorrido en la consecución de esos bienes materiales y esas pautas pacíficas de convivencia.
La mirada a otros momentos, a otras sociedades, a otros analistas -recuérdese, además de las citas con las que abría este comentario, El mundo de ayer de Stefan Zweig- nos muestra que el presente se construye trabajosamente sobre las raíces del pasado pero que nunca garantiza un futuro del mismo tenor si no se pone toda la carne en el asador para conseguirlo. Y, aun a veces, ni con ese esfuerzo es suficiente, dado que el hombre no puede controlar todos los acontecimientos. En nuestro caso tenemos lo que tenemos gracias a que varias generaciones, en condiciones mucho más duras que las actuales, han conseguido el fruto histórico de sacar a España del oscurantismo y la pobreza, del aislamiento y la falta de libertades, de la marginación secular en el concierto europeo, del perpetuo autoflagelamiento en el pesimismo, el atraso, la decadencia y la desgracia de ser español.
Hoy el español es europeo de hecho, de derecho y de convicción pero, aunque siempre hemos estado en Europa, el estatus del que hoy disfrutamos es una conquista, una trabajosa conquista. La incertidumbre de hoy es una realidad en múltiples sentidos, pero el primer paso para hacerle frente es simplemente asumirla: asumir que hay luces rojas, peligrosos indicadores -en el desempleo, la educación o el funcionamiento del sistema democrático- que muestran que no vamos por el buen camino. Y con ello nos avisan igualmente de que nada está garantizado de por vida, ni en lo individual ni en lo colectivo, si no se hace un esfuerzo para ganarlo y mantenerlo. El pavo empirista de la fábula de Bertrand Russell estaba convencido de que lo seguirían mimando y alimentando indefinidamente... hasta que llegó el día de Navidad.
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