Opinión

Los misiles de ETA

Viernes 15 de enero de 2010
Que la banda terrorista ETA intentó acabar con José María Aznar es algo público y notorio. De hecho, en 1995 el blindaje de su vehículo oficial le salvó la vida cuando un comando etarra hizo estallar un artefacto explosivo a su paso. Pero recientemente se ha sabido que, además, ETA lo volvió a intentar hasta en tres ocasiones con un misil tierra-aire. Este dato se ha conocido a través de los papeles incautados a una dirigente de la izquierda abertzale -SEGI en este caso-, lo que refleja bien a las claras que quienes ponen las bombas están en el mismo barco que los que las justifican y posibilitan. Siempre pasa igual. Cada vez que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado llevan a cabo alguna intervención, salen a la luz nombres de militantes o simpatizantes de Batasuna, LAB, SEGI o cualquiera que sea la marca política que ETA esté usando en ese momento. Como el caso de Pedro María Olano, quien ya cumplía pena de cárcel por amenazar de muerte a la alcaldesa de Lizarza, Regina Otaola.

Por si esto fuera poco, se da la circunstancia de que el sujeto en cuestión guardaba el misil -junto con más materia de la banda- en dependencias municipales de Lizarza, durante la etapa en que el consistorio estaba en manos abertzales. La información en sí misma es tan grave que hasta el nacionalista más recalcitrante debería cuando menos felicitarse porque alguien así esté ahora entre rejas. Pero no. Destacados miembros del PNV han tardado poco en expresar sus dudas sobre el modo en que la Guardia Civil obtuvo las confesiones de los terroristas encausados. Entre ellos, Joseba Eguíbar quien, dicho sea de paso, fue alcalde de Lizarza. Eguíbar se ha distinguido siempre por un odio manifiesto contra las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, erigiéndose en portavoz del sector más radical -y más numeroso- del PNV.

Olvida el señor Eguíbar que no son sólo pruebas testificales las que implican a los militantes abertzales detenidos. Huellas dactilares, archivos informáticos, comunicaciones internas de la banda o grabaciones judiciales son sólo algunos de los elementos que han servido para que Olano y compañía comparezcan ante la justicia por multitud de delitos. Pero no parece que semejantes evidencias convenzan a un nacionalismo aún demasiado complaciente con los terroristas. Hay quien dice que en el PNV hay dos sensibilidades. Quizá sea hora ya de que, de una vez por todas, deje de oírse la más despiadada, para dar paso a los que, si existen, abominan claramente de la violencia y quienes la secundan.

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