Opinión

El sendero se estrecha. ¿Es el choque inevitable?

Víctor Morales Lezcano | Viernes 15 de enero de 2010
Hace poco más de dos meses, saqué una “Opinión de portada” en El Imparcial que llevaba por título “Una vuelta de manivela al Oriente musulmán”. Esta columna, ahora, habría de llevar por título “Como se han complicado los acontecimientos en el Oriente musulmán durante el final de 2009”. O, también, podría intitularse algo así como “De los avatares internacionales de Barack Obama al cumplirse el primer aniversario de su acceso a la Presidencia”. La reversibilidad del título viene dada por la dialéctica interna que gobierna la relación entre el orden internacional (de cada época) y los desafíos que obstaculizan su implantación Mr. Kissinger permitting.

En principio, el escenario de Afganistán y su pérfida frontera histórica con el noroeste paquistaní, no parece ser más tranquilizador ahora, en este arranque de 2010, que lo fuera años, vaya, meses atrás. No obstante el hecho de que los refuerzos americanos y “aliancistas” sumarán un ejército expedicionario de cerca de 40.000 nuevos militares -movilizados, ya sea para contrarrestar a los insurgentes de obediencia talibán, ya sea para instruir a la mocedad afgana en las artes marciales y la labor de policía urbana y rural a la usanza de los países occidentales-.

Tanto los “incidentes” mortales que han costado de nuevo la vida a ciudadanos civiles en Afganistán (con fecha de 29/XII/09), sacrificados en fuego abierto por fuerzas de la OTAN, como la contrarréplica contra la CIA por parte de un contundente doble agente de Jordania (31/XII/09) al servicio de Al-Qaeda, hacen prever que la espiral de la destrucción recíproca haya encontrado en Afganistán otro escenario con todas las de la ley. Jarret Brachman, en su obra Global Jihadism´s. Theory and Practice, parece no advertir que frente a los augurios eufóricos que preconizan un desfallecimiento gradual del salafismo violento, la evidencia -comprobable- revela, por su parte, el mantenimiento de los frentes yihadíes abiertos, e inclusive el resurgir de aquéllos que, luego de haber “dormitado” algún tiempo, acaban de fortalecerse recientemente en el Yemen y en el Sahel sudanés.

El conjunto de países aliados de Estados Unidos en esta war of necessity, ha decidido crear un comité de coordinación antiterrorista con el fin de fortalecer la política de seguridad de la Unión Europea. Al Presidente Rodríguez Zapatero le tocará armonizar esta alianza de intereses defensiva versus el desafío multipolar islamista.

La Realpolitik es demasiado terca como para dejarse ganar la partida en juego, entregándose de manera ovejuna en los brazos de idilios retóricos. Y el 28 de este primer mes de 2010, Gordon Brown ha convocado en Londres una reunión por todo lo alto (¿será una réplica de la Santa Alianza?) para coordinar las acciones contraterroristas concebidas para atajar un Islam no menos terco, que desde múltiples tribunas (oración de los viernes en las mezquitas) y, cuando no, a través de Internet mismo, no ceja en contrarrestar discursivamente la presentación mediática occidental de la guerra en Afganistán y las maniobras paralelas de contención en frentes menores, aunque más subrepticios como son el yemení y el sudanés. Tal es el caso notorio del cheik Tarek Saleh, residente en Nueva York y actualmente en vías de procesamiento por mostrarse esquivo a la hora de declarar ante el FBI.

Otras voces de lo que se ha dado en llamar el yihadismo de púlpito a escala global, como son las de Abu Yahia al-Libi, Anwar al-Awiaki y Abu Mohammed al-Magdisi, no sólo no presentan menos resistencia dialéctica al argumentario antiterrorista de Occidente, sino que todos ellos no cejan en la práctica del evangelismo musulmán, a favor, naturalmente, de Al-Qaeda. Afganistán, en cuanto epicentro mayor, ha desatado, pues, un doble frente a las campañas de Occidente; bajo el techo protector del Himalaya y de sus estribaciones angostas; y, además, en los circuitos internáuticos que recorren los espacios aéreos del planeta Tierra. Las otras localizaciones del salafismo yihadí parecen obedecer a la táctica de la diversión ofensiva más clásica. No es, pues, un panorama muy alentador que digamos; pero es el que se contempla desde cualquier observatorio sin hacer demasiado esfuerzo.

No escasean las voces de alerta sobre los peligros que de estas campañas pueden derivarse para la paz y el orden internacional. De una parte, polemólogos varios (ex-soviéticos, por ejemplo) no dejan de advertir que el avispero afgano no ha sido nunca reducido por tropas extranjeras; de otra, los estados mayores militares y políticos del tándem euro-americano proclaman su voluntad de erradicar la “semilla del mal” y, de paso, regenerar la médula ósea de tantos Estados fallidos y sociedades que permanecen inanes ante la subversión violenta que proclaman y ejecutan los insurgentes (¿o por qué no llamarlos disidentes?).

Yo me pregunto, inocente de mí, si este panorama a la vista, invita a sospechar que podríamos encontrarnos en Afganistán ante un ensayo general de la nueva guerra del siglo XXI, dicha global y, además, multicéntrica. Otra cosa es que deseemos, todos, que una Entente no menos global aparezca en el horizonte de nuestras expectativas de probos pacifistas para conseguir una tregua en esta nueva -y enésima- edición de la cuestión de Oriente. Aquel enojoso y aburrido capítulo de manual que en tiempos no tan alejados pasábamos por alto con desenfado irresponsable.

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