Opinión

La fantasía de la paisajista

José Ramón Duralde | Martes 19 de enero de 2010
En relación con las intervenciones en los edificios históricos, no es habitual encontrar en la prensa un comentario riguroso, bien fundamentado desde un conocimiento profundo y que aporte un verdadero análisis.

Desgraciadamente es más abundante la crítica carente de rigor, que pontifica sobre un tema sin conocerlo a fondo y que oculta a la consideración del lector aspectos fundamentales de los problemas para llegar a conclusiones contundentes aunque falsas.

A este género pertenece desgraciadamente el texto que publicaba hace unos días el diario digital El Imparcial, en que la paisajista Lucía Serredi ponía de relieve unas supuestas restauraciones “de fantasía” en Boadilla del Monte, tratando el tema superficial y agresivamente.

Como autor del proyecto de algunas de las obras a las que se refiere el artículo, me veo obligado a poner las cosas en su sitio, no con afán de polémica, el tono irrespetuoso escogido por la autora me disuade de ello, sino en consideración a los posibles lectores, que tienen derecho a una información rigurosa en relación con algo que les atañe.

En primer término, se habla de la exedra recientemente recuperada frente a la fachada exterior del palacio. Dicha exedra o plaza semicircular aparece representada en el plano del catastro de 1868 sin que tengamos constancia de que existiera con anterioridad, más allá del comentario de Ponz que a finales del XVIII se refiere a una plaza en ese lugar. En todo caso, es la solución más coherente para este espacio y la que da sentido a la fuente- aljibe exterior del palacio.

En la anterior intervención realizada hace unos años por la Comunidad de Madrid, ese elemento ya fue puesto de manifiesto aunque de manera irreconocible al mantenerse la carretera asfaltada que, dibujando una leve ondulación, lo atravesaba.

Por tanto, la solución elegida, que cambia el trazado de la carretera y la traza paralela a la fachada del palacio, permite recuperar la exedra, desde nuestro punto de vista la solución más adecuada.

Naturalmente, el elemento más importante para definir esa exedra es su perímetro vertical, sus “paredes”, que están constituidas por las alineaciones de tilos que se han plantado. Se ha evitado la colocación de olmos, árboles que existieron en su momento, debido a la enfermedad que padecen generalizadamente en toda Europa.

Esas paredes se extienden a un lado y a otro de la fuente-aljibe, que queda así lógicamente integrada en el conjunto.

Muchos recordarán el gran descampado de tierra con sus charcos y polvaredas que se extendía ante el palacio hasta la realización de las obras. De tierra era la exedra representada en 1868, como también lo era entonces la calle y carretera de Villaviciosa que llegaba hasta la exedra y constituía su base.
Pero en 1868 Boadilla era una pequeñísima población y en el siglo XVIII era aún menor. Estos espacios exteriores al palacio forman hoy parte de una verdadera ciudad en crecimiento y con nuevas demandas y necesidades.

El ayuntamiento tenía la voluntad revitalizar estos espacios, de gran importancia teniendo en cuenta la nueva dimensión urbana de Boadilla en todos los órdenes y tomó la decisión perfectamente razonable de contar en la plaza rehabilitada con un pavimento de fácil mantenimiento cuyas características facilitaran la ambiciosa programación de actos culturales que planeaba para este espacio.

Se trata por tanto de responder a una nueva circunstancia y de hacerlo de manera respetuosa para el palacio adoptando la sustitución histórica para estos casos, realizada por ejemplo en la lonja del monasterio del Escorial o en la plaza de armas del palacio de Oriente, donde el tratamiento clásico de los nuevos pavimentos no destruye, como tampoco en Boadilla, valores fundamentales del conjunto.

La solución adoptada, con adoquín irregular de pequeño tamaño y color tierra, quiere acercarse al color y textura anteriores y los encintados de granito gris que sirven para ordenar y dar escala a tan vasta superficie, lo hacen sin contradecir los sucintos elementos compositivos del palacio. El “falso lujo y burdo triunfalismo” que ve la autora del artículo en ese concreto diseño del pavimento, son apreciaciones equivocadas respecto de las intenciones del autor del proyecto y opiniones subjetivas sobre el resultado que no comparten muchas personas con criterio. Pero el artículo pontifica sobre todo despectiva y someramente, desde una visión simplista de fenómenos complejos, privando a los lectores de un conocimiento real de los problemas y de las bases para generar su propia opinión.

Lo cierto es que la incidencia del pavimento en el conjunto es relativamente poco importante y si lo es la realidad física y espacial de la plaza recuperada, cuya primera consecuencia es una notable mejora de la percepción del palacio en su conjunto y de manera singular de la fachada exterior, cuya espléndida arquitectura cobra nuevo protagonismo, siendo éste el único lujo resultante, junto con la fuente, restaurada y en funcionamiento, a la que se enfrenta sin obstáculos.

La autora del artículo dice que la solución elegida es “de fantasía”. No dice que lo es desde su punto de vista o que puede parecerlo, porque su estilo es rotundo, sin matices, aplicando sin más consideraciones principios generales que han de tomarse como base de partida pero que no resuelven por si solos realidades complejas.

Este método de análisis tan somero tiene además el inconveniente de la incoherencia y para comprobarlo, conviene repasar la sucinta propuesta para los jardines del palacio que hizo la autora del artículo hace unos años.

Su propuesta, que habríamos de imaginar rigurosa, apegada exactamente a la realidad original del jardín o basada en bases documentales incontrovertibles, sin falsos históricos ni estéticos, incluye, entre otras actuaciones menos imaginativas, colocar unos invernaderos de vidrio adosados al cerramiento perimetral del jardín, una larga sucesión de pérgolas también adosadas a esas paredes y, ya puestos, un teatro de “verzura” en un parterre lateral del jardín, sin tener inconveniente en reconocer que no le consta que tales elementos nunca existieran.
Sin entrar a juzgar la idoneidad de tales añadidos, que algunos podrán considerar superfluos, imaginativos, falsos y hasta fantasiosos, me pregunto cuál es la vara de medir y el rigor de la autora de estas discutibles propuestas que no tiene empacho en admitir por ejemplo, que no ya en este palacio, sino en toda España, era “desconocido e inexistente” el teatro de “verzura” que tan bien le parece incorporar para adorno del conjunto y mejora de la solución original.

El teatrito de la dichosa “verzura” es completamente innecesario y, si nos atenemos a las reglas inmutables que proclama su propia autora, nada justifica su introducción falsificando un jardín histórico. Pero, por lo visto, hay casos y casos. Esas reglas sin matices solo se aplican convenientemente para devaluar la obra ajena.

Las mismas incongruencias encontramos en el resto de su texto crítico, como cuando afirma conocer las intenciones del responsable del proyecto para que la exedra y la plaza de la Virgen del Rosario, llamada del depósito, se unan visualmente.
Lo cierto es que las alineaciones de tilos, hoy recién plantadas, crecerán con el tiempo si mis previsiones no fallan y ocultarán sin duda una plaza de la otra independizándolas visualmente en mayor medida que lo han estado nunca. Ello, por cierto, carece de especial relevancia pues es evidente que los constructores del palacio no pusieron especial empeño en evitar tal comunicación visual.

En cuanto a los romeros y lavandas que los técnicos de la comunidad de Madrid colocaron en el talud que rodea la exedra (talud que no llegó siquiera a regularizarse hasta el siglo XX) me parece una solución congruente con el entorno inmediato y una transición adecuada hacia el monte de encinas y por eso he respetado la inversión ya realizada y se ha completado. Los despectivos comentarios respecto de estas plantas que relaciona con “chalés y obras públicas marginales” solo son un exabrupto que no merece comentario.

Nada se salva de la quema a excepción de la pequeña plaza al oeste del palacio, casualmente diseñada por ella, donde ha colocado un pilón porque quedaba bien (no porque existiera originalmente ni fuera necesario).

Y siguiendo con las “furias profesionales” que dice padecer, arremete contra el entorno de la iglesia de San Cristóbal, según dice porque antes era reservado y ahora se ha hecho accesible a través de escalinatas y cancelas…

Esa escalinata fue colocada en los años cuarenta por la Dirección General de Regiones Devastadas y desde entonces da amplísimo acceso al recinto en que se levanta el templo. En cuanto al tramo de muro agrietado que hemos reducido de altura, pertenece a aquella misma actuación pues en ese lado de la iglesia no hubo nunca tal muro, como se comprueba en el plano de 1868, ni por lo tanto existía la “reserva” que se reclama airadamente. Esa reserva queda más bien asegurada por la reja colocada para proteger el bello templo, recién restaurado, del vandalismo de los grafiteros.

Se ha recuperado la solución primera en que el templo era visible desde la calle por ese lado, lo cual es más riguroso con la realidad histórica y lo más lógico para la ciudad. Las furias no son buenas para nada.

No merece la pena extenderse para poner de manifiesto la incongruencia y falta de base de tantas afirmaciones sin pies ni cabeza pero con alguna apariencia de verdad que se suceden en el artículo. Incluso su condena de los planes letales de la SGAE para el jardín del palacio, quedan un poco ridículamente compensada con su alabanza al proyecto por la prevista construcción de las pérgolas y teatro imaginario que ella propone.

Se quejaba Blasco Ibáñez de la España dura, seca, hostil, ineducada. Pongamos todos cuidado en juzgar la obra ajena con más respeto y conocimiento de causa porque la crítica, sin esas premisas, carece de interés. La ligereza, tan adecuada para otros géneros literarios, es incompatible con la crítica.
Seguramente, así lo comprenderá esta paisajista, cuando se libere de sus “furias” y repase con sentido crítico (del bueno) su desafortunado artículo.

TEMAS RELACIONADOS: