Opinión

El Ministro de Educación en la Fundación José Ortega y Gasset

José Lasaga | Miércoles 20 de enero de 2010
Tiene la mencionada institución la costumbre de celebrar encuentros informales a la hora del almuerzo. Bajo la especie de una tertulia que suele ir acompañada de un tentempié que deja a los asistentes con la buena impresión de haber comido poco y mantener la inteligencia despierta, se presenta al invitado, que suele hacer una breve intervención, que sirve la mayoría de las veces para fijar asuntos y lanzar el debate. El ambiente es informal, cordial y cortés sin condescendencias, y el público no muy numeroso. Va desde estudiantes de postgrado de la propia Fundación que descansan entre clases, a directores generales, diputados en activo o retirados, muchos profesores y algún que otro diletante. Los invitados suelen sentirse cómodos, cosa que se transmite en la fluidez y espontaneidad del diálogo. Quizá estas valoraciones no se deban generalizar porque quien las firma no asiste a todas tertulias; pero sí da fe de que fue el caso en la que el jueves 14 de enero tuvo como invitado a Ángel Gabilondo, Catedrático de Metafísica de la UAM en excedencia y actual Ministro de Educación del segundo gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.

Lo que sigue es una rememoración de mis impresiones como asistente a la tertulia, informe defectuoso que sólo compromete, ni que decirse tiene, a quien lo firma. Me parecen dignas de trasladarse al papel porque a pesar de la informalidad del acto, o precisamente por ello, Gabilondo habló claro de las principales cuestiones que afectan a su gabinete.

Los temas estrella fueron el actual proceso de reforma de la enseñanza universitaria, conocido como “Plan Bolonia” y la negociación en curso con todos los agentes políticos y sindicales para llevar a cabo un gran pacto educativo que saque a España de los puestos de cola que, estadística tras estadística, ocupamos en todas las encuestas que miden, en comparación con los países de nuestro entorno, los rendimientos escolares de nuestros estudiantes de primera y segunda enseñanza. El único triunfalismo que se permitió el Ministro –y no sé si acierto al detectar un deje de ironía—fue cuando habló del éxito de la LOGSE… en términos cuantitativos: escolarizamos más, y más rápido que nadie. Aunque reconoció que la calidad de dicha escolarización es el punto a mejorar y lo que espera y pide nuestra sociedad civil, desde el Jefe del Estado, al que mencionó el ministro, hasta el último padre agobiado por el futuro de sus hijos: un pacto educativo. Cuando se refirió a éste subrayó dos cosas: que no hay tantas discrepancias entre los agentes políticos como pudiera pensarse y que la clave del éxito de las negociaciones reside en que sean capaces de desactivar los matices e intereses de facción, (en la idea de que la reforma de nuestra educación solo tendrá éxito si alcanza un programa de mínimos fundamentales aceptado y respetado “universalmente”).

Puesto que la mayoría del público asistente provenía de la universidad, el tema estrella fue su actualísimo estado de “reconversión” académica, el plan Bolonia. El ministro se mostró entusiasta partidario. Organizar un “espacio común europeo” para la formación de nuestros universitarios no comporta sino ganancias, aunque no exentas de costes. Y en estos se centraron algunas de las intervenciones. “Bolonia” es, por lo pronto, un cambio profundo en programas, titulaciones, procedimientos y estructuras académicas. Sí, pero como se le hizo notar al ministro, las aulas siguen demasiado llenas de estudiantes, las cargas lectivas de los profesores se han aumentado sin contrapartidas, la situación financiera de las universidades es preocupante y la ecuación que combina las variables “excelencia” e “igualdad” sigue sin resolverse. (Algún día alguien conseguirá explicar cómo es posible crear instituciones de excelencia sin elitismo, esto es, sin distinción entre lo superior y lo que no llega, sin ejemplaridad efectiva, sin crítica y desautorización de la incompetencia, de la irresponsabilidad, etc.) Gabilondo prometió, aunque sin comprometerse en fechas, la legislación sobre “centros de excelencia” y reiteró que uno de los problemas de todo nuestro sistema educativo es su excesiva rigidez.

También dejó flotando en el ambiente imágenes poderosas como la del comienzo de Banquete de Platón, en que Sócrates propone a su acompañante que piensen juntos; y sugerencias encomiables como la necesidad en que estamos de vincular la educación a la cultura. Y con ellas, la impresión de que a diferencia de muchos de los políticos que han ocupado la dirección del ministerio, donde parecían encontrarse unas veces en un purgatorio y otras en un balneario, Ángel Gabilondo sabe dónde está y se siente ahí, creo, consciente del reto que hoy comporta su cargo.

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