Opinión

A Carlos Sainz y De la Rosa les han canjeado el cupón

Alicia Huerta | Miércoles 20 de enero de 2010
Hay semanas en las que, a pesar de todos los pequeños sinsabores cotidianos, aparece alguna buena noticia que te reconcilia, aunque sea sólo momentáneamente, con el mundo que nos rodea. Esta semana ha habido dos y ambas proceden del deporte, en concreto del universo del motor. Por una parte, Carlos Sainz tiene que estar exultante después de haber demostrado a todos que el mal fario que siempre se le ha achacado no era de carácter permanente y que, a pesar de que ha tenido que luchar muy duro por los triunfos que ha conseguido, la receta del tesón acaba, casi siempre, por dar sus frutos. No debe ser fácil convivir con quienes te van dando de lado porque, una tras otra, las victorias se van escapando entre los dedos por cosas tan estúpidas e increíbles como toparse con una oveja despistada en mitad de un recorrido. Si fuera él, no creo que pudiera resistirme fácilmente de dar algún que otro corte de manga a aquellos que llevaban mucho tiempo mirando al piloto con falsa condescendencia, mientras tocaban madera con los dedos cruzados para no verse contaminados por el “gafe”. Pero Sainz es un señor. Puede que los 47 años que tiene sí que le pesen algo a la hora de competir, pero seguro que también le compensan a la hora de saborear con inteligencia el gran triunfo que con tanta constancia no ha dejado nunca de perseguir.

Algo parecido podría decirse en relación a Pedro Martínez de la Rosa ahora que el millonario suizo Peter Sauber acaba de confirmar el contrato con el español. En su caso, además, la alegría es doble, porque aparte de haber logrado el codiciado volante para competir en la próxima temporada de Fórmula 1, por fin se ha marchado de McLaren. Es comprensible que el piloto catalán sólo tenga palabras de agradecimiento hacia su anterior escudería, en ello se nota que, como Sainz, De la Rosa tiene la elegancia y la experiencia necesarias para no cerrarse puertas, porque sabe que el camino puede resultar largo y escarpado, de modo que en esta vida uno nunca sabe si luego va a tener que volver y siempre es mejor despedirse sin portazos. Con 38 años y una irregular trayectoria, seguro que no fue fácil pasar de que le llamaran Nippon Ichi, número 1 en japonés, durante la etapa más decisiva de su carrera cuando ganó en aquel país todos los campeonatos en los que participó, a que le conocieran sólo como comentarista televisivo del fantástico espectáculo en el que lo que de verdad le apetecía era participar y no limitarse a narrar lo que hacían los demás participantes. Y, sobre todo, tuvo que ser tremendamente desagradable tragarse el indigesto sapo que le sirvieron en McLaren cuando Alonso salió huyendo de allí y todas las quinielas apostaban por que el catalán se quedaría con el bólido vacante, y luego resultó que la escudería británica apostaba por el finlandés Kovalainen, temerosa seguramente de volver a colocar junto al mimado Hamilton a otro piloto de caliente sangre mediterránea. De modo que De la Rosa siguió ostentando el nada amable título de “eterno probador” y contando lo que ocurría en la pista junto a Antonio Lobato, con datos y explicaciones que ahora echaremos de menos.

Pero lo que, por otra parte, demuestran las carreras de ambos pilotos es que si la perseverancia es el ingrediente esencial a la hora de perseguir y alcanzar cualquier meta, no dejando nunca de empujar la puerta para que, cuando por fin se abra, no nos pille desprevenidos, lo que tampoco puede faltar en un final feliz es esa dosis de fortuna que muchos almacenan en enormes sacos desde que nacen, y otros, en cambio, tienen que confiar en que no falte del todo de su cartilla de racionamiento. A Sainz y a De la Rosa esta semana por fin les han canjeado el cupón.

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