Opinión

Viana, el descanso de César Borgia

Isabel Sagüés | Viernes 22 de enero de 2010
En el vértice suroeste de Navarra, en la confluencia con Álava y La Rioja, entre las sierras de Andia, Urbasa y el valle del Ebro, donde la topografía se allana, el horizonte se abre y la naturaleza verde de los bosques va dejando paso al cereal, vid y olivo, terminaba la última etapa del Camino de Santiago antes de entrar en Castilla. En el piedemonte de la sierra de Codés, Viana, a tan solo 8 kilómetros de Logroño, sigue siendo fin de etapa jacobea y una próspera y hermosa ciudad con una gran riqueza patrimonial.

Fue fundada por el rey Sancho VII el Fuerte en 1219 con el objetivo de reforzar la frontera. En 1423, siendo ya una villa rica e importante, Carlos III el Noble instituyó el Principado de Viana para su nieto D. Carlos, hijo de Doña Blanca de Navarra. Título que hoy adorna al heredero de la Corona española y que originó años después una guerra civil por los derechos sucesorios del príncipe, a los que aspiraba su padre Juan de Aragón, padre también de Fernando el Católico. Una guerra, tan ajena, tan lejana, que sería el fin de César Borgia.

Viana mantiene su carácter medieval y fronterizo. El robusto cinturón de murallas que circundaba la villa por los cuatro costados define el trazado urbano de calles largas, rectas y estrechas, jalonadas de palacios renacentistas y casas blasonadas barrocas de los siglos XVI al XVIII, época de gran prosperidad de la villa. Todavía es visible su pasada grandeza en el noble caserío al que dan prestancia la espléndida casa consistorial con sus dos torres en la fachada y soportales de medio punto y el no menos espléndido edificio barroco conocido como Balcón de Toros en la plaza del coso, la Iglesia gótica de San Pedro, medio derruida, el Convento de San Juan y la monumental Santa María, de fábrica gótica, con un importante retablo mayor, una sacristía pintada por Luis de Paret y una gran portada plateresca, con hermosas escenas de la pasión, a cuyos píes reposan los restos de César Borgia.

Quinientos tres años lleva enterrado en Viana el legendario y controvertido príncipe renacentista, que nacido en Italia y recriado en Francia, tuvo una vida corta e intensa, una vida fulgurante de poder y gloria y que acabó, contra todo pronóstico, en un lejano y pequeño reino pirenaico. Dicen las crónicas que Maquiavelo lo tomó como modelo para El Príncipe y que estaba llamado a ser digno sucesor de su padre, de quien heredó la inteligencia, la soberbia, las ansias de poder, la ambición desmedida, la crueldad sin límites, tan típica de la época y que con tanta elegancia practicaban los grandes señores italianos, los príncipes de la Iglesia, con el Papa a la cabeza.

Cesar Borgia duque, príncipe, condotiero, hombre de armas, de sólida cultura, valiente, inteligente, pérfido, bien parecido, lleno de energía, había nacido en Roma en 1475 como segundo hijo natural del entonces cardenal Rodrigo de Borgia, que subió al solio pontificio con el nombre de Alejandro VI. César, amantísimo hermano de la también legendaria Lucrecia, estaba destinado, como segundón de noble familia, a la vida eclesiástica en tanto que su hermano mayor Juan sería duque de Gandia y capitán de los ejércitos pontificios, cargo que César ansiaba para sí. Obispo de Pamplona los 16 años -su primera vinculación a Navarra- arzobispo de Valencia a los 19 y cardenal a los 20, su fulgurante carrera eclesiástica termina en 1997 cuando es asesinado su hermano Juan: César se hace con el cargo militar ambicionado.

La ambición de los Borgia era ampliar los Estados Vaticanos, pero en Nápoles los aragoneses impedían cualquier expansión territorial. En especial la soñada por los franceses que no cejaban en su empeño en influir en Italia. Nada como una alianza entre Francia y el Papado para enfrentarse a los intereses españoles en la península trasalpina. El rey galo Luis XII invita a César Borgia a viajar a Paris, a cuya corte seduce y le hace duque de Valentinois y le casa con Carlota de Albret, hija del gran señor del sur. Este matrimonio le vuelve a vincular tangencialmente a Navarra, donde reinaba su hermano Juan como consorte de Catalina de Foix. De vuelta a Italia, con el apoyo francés y la ayuda de sus habilidades y crueldades conquista varias ciudades y logra unificar los estados centrales de Italia en el Gran Ducado de la Romaña.

Los triunfos, los éxitos, las crueldades terminan en 1503 con la muerte de su padre que es sustituido por un enemigo acérrimo de los Borgia, el cardenal Giuliano della Rovere, que toma el nombre de julio II. El nuevo Papa ordena al Gran Capitán Gonzalo Fernandez de Córdoba entregar a César al rey de Castilla para ser juzgado en España donde es encarcelado, primero en Chinchilla y meses después en el castillo de la Mota en Medina del Campo. Durante dos años sufre la humillación de la cárcel hasta que en octubre de 1506 se escapa de la prisión y se refugia en Pamplona donde se pone al servicio de su cuñado quien le nombra capitán de los ejércitos navarros. El viejo reyno, que se desangraba desde hacía 50 años en banderías entre dos grupos rivales, daba su último aliento, su último suspiro antes de integrarse en España en 1512.

Una de las misiones militares del Duque de Valentinois era sitiar y conquistar la villa de Viana al Conde Lerín. Lo consiguió aunque no su castillo. En la noche del 11 de marzo de 1507 se desata una tormenta y Cesar ordena retirar la vigilancia de la villa. Gentes y tropas del de Lerin entran en Viana y abastecen de víveres a los defensores del castillo. Cuando Borgia conoce la noticia, humillado y encolerizado sale en persecución de la soldadesca que le tiende una emboscada. Tres de los cablleros le rodean, le clavan una lanza en el costado, le rematan en tierra y le despojan de la ropa y atributos señoriales. Así, a los 32 años, en una tierra ajena, en la soledad más absoluta, muere en un descampado, sin gloria, el que fuera inspirador del prototipo del hombre renacentista.

Fue enterrado en la iglesia de Santa Maria en un hermoso sepulcro en el qué permaneció poco tiempo ya que a mediados del siglo XVI el obispo de Calahorra consideró un sacrilegio la permanencia de los restos de César en lugar sagrado. Mando enterrarlos en mitad de la calle para “que en pago de sus culpas lo pisotearan los hombres y las bestias”. En plena rúa Mayor permanecieron hasta que en 1945 fueron exhumados y depositados a los pies de la portada de la iglesia, bajo una lápida de mármol blanco que reza así: César Borgia generalísimo de los ejércitos de Navarra y pontificios muerto en campos de Viana el XI de marzo de MDVII.

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