Carlos Madrid Casado | Viernes 22 de enero de 2010
¿Cómo explicar el curioso fenómeno de que la Constitución de 1812, anatematizada después por las testas coronadas de Europa reunidas en Verona como la más incendiaria invención del jacobinismo, brotara de la de la vieja España monástica y absolutista precisamente en la época en que ésta parecía consagrada por entero a sostener la guerra santa contra la revolución? Con estas palabras Karl Marx formula la cuestión a que trata de responder a lo largo de la serie de artículos periodísticos que dedicó a la España revolucionaria, y que con buen criterio acaba de volver a publicar la Editorial Alianza (con una extraordinaria introducción y glosario a cargo de Jorge del Palacio).
Frente a quienes acusaban a “la Pepa” de ser una mera copia de la Constitución francesa de 1791 y a los que sostenían que no se trataba sino de una reedición caduca de los antiguos fueros, Marx va a defender la originalidad del proyecto central de esa segunda generación de izquierdas que apareció en Cádiz. Nos referimos a la izquierda liberal, genuinamente española (de hecho, el término liberal en sentido político pasó a Europa desde España), y tan enemiga de la primera generación de izquierdas (la jacobina, la de los afrancesados o josefinos) como pudiera serlo de la derecha absolutista, del trono y del altar. Marx sustenta que la Constitución de 1812 recoge, a un mismo tiempo, la herencia del reformismo borbónico ilustrado y una revolucionaria puesta al día de las tradicionales instituciones políticas españolas: las Cortes y los ayuntamientos. Si los franceses hicieron su revolución disfrazados de romanos, los españoles la hicieron disfrazados de medievales.
Pero Marx también anticipa que el convulso siglo XIX español tiene su razón de ser en aquellos agitados días de la Guerra de la Independencia. Cuando, tras la espectacular victoria en la batalla de Bailén (primera y única en campo abierto del ejército español, siempre derrotado pero siempre presente, presto a la guerrilla), la Junta Central pudo haberse constituido en una suerte de Comité de Salud Pública, que aunara la defensa nacional con el desmantelamiento y la regeneración del Antiguo Régimen, decidió, en cambio, frenar el ardor revolucionario de las Juntas Provinciales, en especial, de la de Oviedo, que fue la primera en declarar la guerra a Napoleón, como recuerdan nuestros amigos de la Fundación Gustavo Bueno en la placa que colocaron para la ocasión: “Aquí se inició el proceso revolucionario que había de transformar España en Nación política”.
Pese a las proclamas del poeta Quintana: “Ha determinado la Providencia que en esta terrible crisis no podáis dar un paso hacia la independencia sin darlo al mismo tiempo hacia la libertad”; la Junta Central –comandada por el reaccionario Floridablanca, nunca bien contrarrestado por Jovellanos- no aprovechó la coyuntura proclive al cambio. La Junta Central fue, según Marx, acción sin ideas; mientras que las Cortes, asediadas en Cádiz, fueron ideas sin acción, porque las huestes napoleónicas ya habían reconquistado la Península, dejando la mayoría de sus medidas sin campo de aplicación. He aquí la raíz de la revolución a medias, que el terrible Fernando VII deshizo en sombras y que sólo triunfo –dice Marx- cuando se presentó vestida de pretendiente al trono (con Isabel II).
Aún así, las Cortes de Cádiz tienen algo de épico. Ninguna asamblea legislativa, apunta Marx, había reunido hasta entonces a miembros de partes tan dispersas del orbe, a los españoles de ambos hemisferios. Por allí desfilaron serviles y, sobre todo, liberales: Argüelles, el conde de Toreno, Muñoz Torrero (clérigo), Espiga (también clérigo), Martínez de la Rosa... y hasta Gabriel de Araceli. Su obra sirvió de modelo a otras Constituciones, en especial, a las americanas. Y es que, de igual modo que la conmemoración del Dos de Mayo de 1808 deja paso en España a la de la Constitución de 1812, en América abre el periodo de celebración de los Bicentenarios. Porque el Imperio Español estalló entre fulgores de gloria.
Sin embargo, es de temer que, como ha ocurrido en nuestro país (donde el Gobierno del PSOE se identificaba con los afrancesados, olvidándose de los liberales, que torpemente equiparaba al PP, y donde los secesionistas celebraban el sitio de Gerona como un episodio de la guerra Cataluña-Francia, sin mención alguna a España), el nacimiento de las repúblicas hispanoamericanas sirva para falsificar su propia historia, abominar del colonialismo y potenciar el indigenismo (pese a que todo ello se argumente, curiosamente, en español). Por eso es tan necesario leer libros como el de Marx (quien, dicho sea de paso, siempre valoró la labor civilizadora de las naciones europeas), porque nos enfrentan desapasionadamente con los hechos y desmontan las construcciones ideológicas dominantes.
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