Opinión

El pasado como peso

Rafael Núñez Florencio | Sábado 23 de enero de 2010
Mantenemos los españoles una relación conflictiva con el pasado. Ya sé -me apresuro a reconocer- que no somos ni mucho menos los únicos, hasta el punto de que podríamos consolarnos, si tal fuera el caso, con los dilemas más acerbos de Alemania o Japón, o con los más recientes horrores (heridas sin cicatrizar) de Serbia o Argentina. Pero es mi circunstancia, al modo orteguiano, la que me importa e interesa, y no otras coordenadas lejanas en más de un sentido. Si se me permite la simplificación, necesaria hasta cierto punto para centrar el tema, diría que hay una corriente o estado de opinión -no sé si mayoritario, pero desde luego bastante importante- que no sólo se muestra incapaz de asumir el pasado sino que hasta se avergüenza de él. Me refiero a un pasado reciente (el franquismo, la guerra civil), pero también a múltiples episodios de nuestra historia (expulsión de judíos y moriscos, conquista y explotación del Nuevo Mundo, existencia del Santo Oficio, pronunciamientos militares, etc.)

Habrá alguno que, con la sola mención de esos asuntos, pensará automáticamente “¡es que hay que avergonzarse!”, ignorando algo tan elemental como que el sentimiento de culpa o de simple responsabilidad, como la memoria misma, es siempre concreto y personal. Yo no puedo responder por lo que no hice, es decir, por lo que otros hicieron antes incluso de que naciera, aunque sí me puedo esforzar por conocer ese pasado, aprender de él y evitar, en la medida de lo posible, cometer los mismos errores y proseguir los logros. Pero para esto -una actitud todo lo crítica que se quiera, pero constructiva- se requiere una disposición muy distinta a la que es usual en estos lares. Porque no se trata de repartir bendiciones o pronunciar conjuros -los cuentos de buenos y malos deben quedar en el trastero de la infancia-, ni de proyectar mecánicamente hacia atrás las inquietudes actuales, ni de servirse del ayer como burdo instrumento partidista para deslegitimar al contrincante actual, ni de participar en fin en esa absurda moda de “pedir perdón”, anular nombramientos (que ya no tienen efecto alguno) o ajustar todo tipo de cuentas retrospectivas con la historia.

Cualquier observador de los debates políticos, controversias sociales, novedades editoriales o polémicas periodísticas sabe que todos esos vicios, y algunos más, han encontrado en nuestro país en los últimos lustros un excelente caldo de cultivo a cuenta de la “memoria histórica”, la reparación de las víctimas del franquismo y el cuestionamiento de los pactos de la transición, en particular el llamado “pacto de silencio”. No voy a dar nombres -que están por otro lado en la mente de todos- ni quiero entrar ahora en la consideración pormenorizada de los excesos, distorsiones, manipulaciones y hasta abiertas barbaridades que se han dicho desde uno y otro lado, reproduciendo -afortunadamente sólo en la trinchera de papel- la triste y cansina escisión en dos Españas sectarias, intolerantes y excluyentes. A la caracterización del franquismo como Estado genocida comparable al nazismo y a Franco como monstruo sediento de sangre -curiosamente tan cruel como inepto, con lo que no se entiende cómo supo ganar la guerra y mantenerse cuarenta años en el poder-, han respondido desde el otro lado con el clásico “¡y tú más!”, acusando a la República de régimen marxista revolucionario y argumentando que la guerra civil empezó en octubre del 34 (otro desvarío, por más crítico que se quiera ser con el levantamiento de Asturias).

Acabo de recorrer varias ciudades francesas, pueblos pequeños, urbes medianas, capitales de provincia y, finalmente, la capital de la nación. He vuelto a recordar lo que más me impresionó de mi primer viaje al país vecino, cuando aún era un joven estudiante universitario: por todas partes encontraba monumentos “aux enfants” de Francia, a les “enfants morts pour la Patrie” en la Primera, en la Segunda Guerra Mundial. Las calles de París están llenas de placas recordando dónde murieron diversos patriotas durante la ocupación nazi. He vuelto a transitar por los cementerios de Montparnasse y de Père Lachaise, convertidos en lugares explícitamente turísticos por el respeto y la devoción con que se conserva la memoria de los grandes hombres, franceses nativos o franceses de adopción, con un espíritu de integración no ciertamente incuestionable pero que ya nos gustaría tener en estas tierras. No sueño con un Panteón como el de París, porque aquí, volviendo al principio, con respecto al pasado abunda más el bochorno que cualquier atisbo de “grandeur”, del mismo modo que en lo relativo a nuestras grandes figuras la indiferencia o la simple ignorancia, cuando no gestos más ponzoñosos, se imponen a cualquier sentimiento de orgullo nacional.

Aquí en lo que somos buenos es en abrir fosas, no tanto por respeto (?) al muerto como para usar los huesos desenterrados para golpear al adversario de turno. Me pregunto cuántos de los que estaban husmeando por los descampados en los que había tenido lugar el asesinato de Federico García Lorca habían leído y se habían emocionado con los libros del poeta. Lorca, como Antonio Machado, como Miguel Hernández -pero también como otros miles de españoles menos conocidos pero no por ello menos respetables- fueron víctimas de la intolerancia, de la barbarie, de la furia sanguinaria de sus compatriotas. Están dónde están porque murieron como murieron, y no hace falta decir más porque todo el mundo lo entiende. ¿Tanto cuesta admitir esto? ¿Por qué, en vez de sacar los muertos a paseo no nos comprometemos los vivos a adoptar todas las medidas necesarias para que “nunca más” se produzca algo similar? Me refiero no a la superficialidad de las declaraciones pomposas sino a la internalización de los fundamentos mismos de la vida democrática, el respeto, la tolerancia, la solidaridad (¿de quién es el agua de los ríos españoles?) o la voluntad de llegar a acuerdos para el bien común.

Una sociedad, una nación, no puede hacer caso omiso del pasado. Aunque lo intentara sería inútil, porque el pasado no es sólo lo que fuimos sino también la razón de lo que ahora mismo somos y, por ende, la clave en buena medida de lo que seremos, por continuidad, rectificación o contraste. Pero ese pasado debe ser una referencia siempre presente, no un fardo que nos impide avanzar o nos fuerza a ir más despacio. Se debe mirar de vez en cuando atrás pero no se puede caminar de espaldas o con la vista permanentemente doblada. Escribo estas líneas cuando aparentemente se ha calmado un tanto el fragor en torno a la memoria histórica y sus implicaciones. Sería no obstante cuanto menos prematuro hacerse ilusiones al respecto: más parece que se ha producido un cierto cansancio debido a la saturación que un aprendizaje o superación de viejos errores. El problema sigue sin resolver y por ello aflorará nuevamente a la menor ocasión en forma conflictiva: los españoles seguimos teniendo -en el mejor de los casos- una relación esquizofrénica con nuestro pasado. En el peor, se nos aparece en forma de pesadilla o viejos fantasmas que nos incomodan tanto que optamos ciega y temerariamente por cualquier otra alternativa, en forma de huida hacia delante. ¿Se han puesto a considerar, por ejemplo, cuáles son las raíces del antiespañolismo que subyace hoy en día en toda reivindicación regionalista, nacionalista o autonomista?

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