Rafael Ortega | Domingo 24 de enero de 2010
Pasado mañana, día 27 se entregan los Premios Bravo 2010, que concede la Conferencia Episcopal Española, a través de la Comisión de Medios de Comunicación Social. Los premiados este año son la revista Alfa y Omega, en el apartado de Prensa; el programa “Madrid Opina” de Telemadrid en la modalidad de Televisión; “Radio 5 Todo Noticias de Radio Nacional de España en la categoría de Radio; “Pantalla Grande” de Popular TV, en Cine; la directora de orquesta Inma Shara, en Música; “www.clerus.org” en Nuevas Tecnologías; la Diócesis de Córdoba, al Trabajo Diocesano; Metro de Madrid en Publicidad y el recientemente fallecido sacerdote y periodista José María Javierre como Premio Bravo Especial. Una entrega que se realiza días después de la festividad de San Francisco de Sales, Patrón de los Periodistas, que se celebró ayer domingo.
Todos los galardonados, este y los pasados años, lo son por su profesionalidad y en muchos casos por su compromiso con la defensa de todos los valores humanos. Por eso merecen siempre un ¡Bravo¡, porque también, en muchas ocasiones, navegan a contracorriente en este proceloso mar comunicativo que nos está tocando vivir en estos días, donde a través de programas vomitivos en televisión, se nos venden situaciones que esos falsos periodistas que aparecen en los mismos, nos quieren hacer reales, con “princesas del pueblo” que se han convertido, desgraciadamente, en iconos. Programas televisivos que tienen su correspondencia en otros radiofónicos y que pasan también por la llamada prensa del “hígado” que no del corazón.
Ha llegado el momento que los profesionales del periodismo plantemos cara a esas graves situaciones que están basadas sólo en el beneficio económico, tema que ya condenó Juan Pablo II en uno de sus mensajes con motivo de la Jornada Mundial de la Comunicación. El hacer periodismo de calidad no está reñido con el aburrimiento de lectores, oyentes o teleespectadores. Las empresas afirman que “es lo que pide el público”. Tal vez tendríamos que empezar a educar a ese público y explicar que “no todo vale”.
El Premio Bravo Especial de este año, como hemos dicho antes, ha sido para el periodista, sacerdote y amigo, José María Javierre, que falleció hace unas semanas. Tuve la fortuna de compartir con Javierre y con el también llorado José Luís Martín Descalzo, muchos viajes de Juan Pablo II. Ellos enseñaron a este, entonces periodista joven, las bases éticas de nuestra bendita profesión. Ellos siempre defendieron, y los periodistas católicos lo hacemos, la obligación de respetar y promover el derecho de toda persona y de todo pueblo a una información objetiva y veraz; la consideración de la información como un bien irrenunciable y no sólo como una simple mercancía; la obligación de integridad, sinceridad y libertad en el ejercicio de su profesión, en coherencia con su público a la información y su participación en los medios y la obligación de respetar el derecho de las personas a la intimidad a la vida privada y a la dignidad, que conlleva interdicción de la difamación, la calumnia, la injuria, la ofensa y la insinuación mal intencionada.
Por todo ello, ¡Bravo! por los Bravo.
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