Opinión

Acidia

Carlos Arriola | Lunes 25 de enero de 2010
Sería de desear, en particular al inicio de año, poder mencionar medidas gubernamentales acertadas que permitieran abrigar esperanzas en una mejoría de las condiciones de vida de los mexicanos más desfavorecidos. Desgraciadamente no es el caso: el silencio oficial reina acerca de las razones para aumentar anticipadamente el precio de los combustibles en contra de lo convenido con el Poder Legislativo. El mutismo se ha roto en contadas ocasiones para negar que el incremento tenga efectos inflacionarios y afecte el deprimido nivel de ingresos de la población.

El 6 de enero el presidente Calderón se dirigió al país para afirmar que 2010, “además de ser el año de la patria será el de la recuperación económica”. Con una retórica pueblerina habló de “escribir nuevas páginas de gloria” y algunas otras cursilerías por el estilo. Sus prioridades, añadió, seran la creación de empleos, combatir la pobreza y el crimen organizado. Ni una palabra sobre cómo hacerlo y mucho menos acerca de la estrategia para sus combates. El desgano en el hablar, la incorrección del texto y los compulsivos ademanes denotaban la prisa por salir del atolladero. Bien decía Gracián: “el que llega con temor, el mismo se confiesa vencido... un encogimiento basta a helar el discurso.”

Después comparecieron, ante los legisladores, el recién nombrado Ministro de Hacienda y el Director de Pemex. El primero tuvo varias intervenciones menores a cinco minutos cada una, en una sesión de tres horas; menos locuaz estuvo el Director de Pemex. El enojo de la oposición fue mayúsculo por la afasia de los funcionarios causada más por la ignorancia y el miedo que por la actitud despectiva que asumieron. Nadie, ni siquiera Reforma, el diario de las clases altas, defendió a los funcionarios. Este diario, en primera plana, destacó que la inflación, según datos oficiales, bajó, no así 25 productos básicos que aumentaron en 2009, antes del alza de los combustibles. Otros comentarios apuntaron a la inveterada falta de sensibilidad social del Ministro de Hacienda que nada aprendió en su paso por la cartera de Desarrollo Social, además de reconocer, sin explicación alguna, que durante su gestión la pobreza alimentaria se había incrementado de 12 a 20 millones de mexicanos. Del Director de Pemex prácticamente no hubo comentarios, pues su mutismo no dio pie a ellos. El Ministro de Economía, responsable del fomento económico, fue el mayor de los ausentes. Su perfil es tan bajo que pocos conocen su nombre.

La falta de discurso gubernamental es suplida por los ataques a la oposición, olvidando que se encuentran en minoría política en el país después de las elecciones de 2009. El presidente critica a los 32 gobernadores de las entidades federativas y el Ministro del Trabajo no oculta su cólera con el Sindicato Mexicano de Electricistas (los calificó de “horda de vándalos”), al que no ha podido doblegar y que lo ha exhibido como enemigo del movimiento obrero, cancelando sus ambiciones presidenciales. Si faltara algo, el número de asesinatos en las dos primeras semanas del año ascendió a cerca de 400. De continuar este ritmo, se batirán récords anteriores.

Rafael Segovia, el más perspicaz analista de nuestra triste realidad, escribió que el gobierno “sabe de su fracaso, un fracaso total e irreversible que se pagará durante décadas”. (Reforma, del 8 de enero de 2010). Habría que sumar los seis años malogrados del gobierno anterior para hacer el balance de los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) que canceló las esperanzas de mejoría con un cambio de partido en la Presidencia de la República. La responsabilidad histórica del PAN es mayúscula pues no se puede, inmunemente, destruir las expectativas del cambio democrático.

La acidia (negligencia, desidia, mediocridad) de los funcionarios del PAN se encuentra en la raíz de su incapacidad para gobernar. Dante colocó a los príncipes negligentes en el antepurgatorio, sujetos a doble castigo, ya que la acidia es más grave tratándose de los deberes del Estado. La Biblia es aún más severa: Dios vomita a los tibios.

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