Opinión

La derecha de la derecha

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 25 de enero de 2010
Es cada vez más evidente la existencia en España de un aguerrido y vociferante sector político, situado a la derecha de la derecha o incluso un poco más allá, con creciente acceso a medios de comunicación, lo que, seguramente, multiplica su peso y dimensión reales. Por supuesto, este grupo nada tiene que ver con el PP, sino todo lo contrario, aunque no puede descartarse la existencia de infiltraciones, imposibles de evitar en un partido que cuenta con más de 700.000 afiliados. Con seguridad, exagera bastante un inteligente bloguero que ha escrito hace poco que el PP le recuerda a Nueva Guinea en el siglo XIX: rodeado de tiburones y con lo caníbales dentro, porque el fenómeno es exterior al partido, pero como imagen puede dar una idea de sus objetivos. Los componentes de este sector -al que, para no molestar, seguiremos llamando “la derecha de la derecha”- son muy fáciles de identificar: Empiezan dando un protocolario palo al partido gobernante y a sus dirigentes, con especial atención al primero de ellos (a veces, ni eso) pero inmediatamente después dedican lo mejor de sus esfuerzos y los más afinados de sus argumentos a criticar al actual PP, con una ya rutinaria inclinación por intentar descalificar a Mariano Rajoy. Da igual lo que haga o diga el presidente del Partido Popular porque estos adeptos del exceso y la destemplanza siempre encuentran motivo para ponerlo en la picota. El otro día leí un artículo cuyas tres primeras líneas eran un brutal e injusto ataque a Rajoy, aparentemente sin motivo preciso. Seguí leyendo y, para mi sorpresa, el resto de la columna no se ocupaba para nada ni del PP ni de su presidente. Es como si su autor –bien situado en ese sector al que me refiero- tras cumplir con el obligado rito protocolario de lanzar una andanada contra Rajoy, sin que nos explicara el motivo, se sintiera ya libre para escribir del mar y de los peces. Como obedeciendo a una consigna: Con ocasión y sin ella, nunca escribas nada hoy sin atacar a Rajoy.

Los miembros de este sector presentan diversos pelajes y tienen muy diferentes procedencias, pero es muy notable, aunque no sorprendente, que una buena parte vienen de la izquierda más extrema y en su primera juventud –y a veces mucho después- sus ensoñaciones iban de Lenin y Stalin a Gramsci o Berlinguer. Por no hablar de la Pasionaria o de Largo Caballero. Nada sorprendente, decimos, porque ya hace bastantes años una investigación que se hizo en los Estados Unidos mostró cómo muchos de quienes allí lanzaron el más extremo de los conservadurismos provenían de la izquierda más radical. El fenómeno es muy conocido, pues como señala un politólogo francés, las posiciones políticas no se sitúan en un segmento rectilíneo donde los extremos están muy alejados, sino en una curva con forma de herradura, lo que los aproxima. La vieja sabiduría popular ya había observado que los extremos, se tocan. La historia del siglo XX nos ha enseñado, ¡y a qué precio! que los totalitarismos pueden cambiar de uniforme, pero son idénticos en su inquina contra la libertad. Las trayectorias políticas de estas gentes recorren a veces, como don Juan Tenorio, toda la escala social, y siempre todo el espectro político, en un insaciable prurito de turismo ideológico. En su incansable correría abandonan el continente pero no el contenido: incapaces de desprenderse de su extremismo lo llevan de un lado para otro y cambian de etiqueta identificadora, pero la mercancía es exactamente la misma.

A pesar de sus virulentos ataques contra la izquierda, se podría sospechar que son, quizás involuntariamente, una especie de quinta columna del socialismo imperante y que su mayor afán es que las cosas sigan exactamente como están ahora. Si no, no se explican sus incesantes acometidas contra la única alternativa existente que hoy por hoy no es otra que el Partido Popular, presidido por Rajoy. ¿O acaso piensan que alguno de esos minipartidos que intentan hacerse un hueco a codazos y llenos de contradicciones y que, además, nunca tendrán un número de escaños de dos dígitos, son una alternativa seria el desmadre zapateril? No se explica tampoco uno de sus silogismos preferidos: El PP, si gana, no va a sacar mayoría absoluta, pero ¡ay de él si, en ese caso, pacta con los nacionalistas! Ergo –que dirían los clásicos- si se acepta la premisa será mejor que no gane. Convertidos por autodesignación en guardianes de los valores y principios del PP y de su electorado estiman que cualquier pacto imaginable es, necesariamente, una traición a ese legado del que se declaran fedatarios. Desde esa parapolítica que son los medios, sin ningún mandato y sin asumir ninguna responsabilidad, le dictan a Rajoy lo que tiene que hacer y le fulminan desde su arriscado extremismo.

El PP puede ganar, como ya hizo en el 2000, por mayoría absoluta, pero si no la consigue tendrá que pactar, que en política democrática y pluralista es una exigencia natural. Sólo no pactan los totalitarios, que hacen siempre de la intransigencia virtud, antes de hacer de ella pretexto para la masacre. Y cualquier pacto puede ser bueno o malo, según los términos en que se concrete. Que cada cual cuide de no vender su alma ni sus principios y que deje de hacer juicios de intenciones de futuro, sólo inspirados en la mala fe y el resentimiento, respecto de lo que harán o no harán los demás. Es muy viejo eso de que la política es el arte de lo posible, que no tiene por qué ser degradante ni vergonzoso. La alternativa, para estas gentes, no podría ser otra que retirarse para siempre al Aventino –que parece que es lo que quieren algunos- o echarse al monte, que es lo que les gustaría a otros. Pero esta extraparlamentaria derecha de la derecha –que ha sentenciado ya al PP y a Rajoy por el imperdonable pecado de centrismo- se mueve más por las vísceras que por las neuronas y cualquiera argumentación le viene ancha: En pleno sansonismo político están dispuestos a derribar el templo con todos dentro.

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