NUEVO PRESIDENTE DE LA CEE
Martes 04 de marzo de 2008
El cardenal Antonio María Rouco Varela no se va a caracterizar por ser permisivo con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Abiertamente enfrentado al Ejecutivo socialista, la postura firme y rígida de Rouco está mucho peor vista desde el PSOE que la de otros candidatos, sobre todo después de que los obispos dejaran bien clara su postura frente a temas como el matrimonio homosexual, el divorcio rápido y las asignaturas de Religión y Educación para la Ciudadanía.
Rouco se ha alineado con los miembros de la jerarquía eclasial más beligerantes con el Gobierno. Junto a los cardenales arzobispos de Valencia, Agustín García Gasco, y del primado de Toledo, Antonio Cañizares, ha hecho frente común, como quedó claro en las declaraciones que se dirigieron al Ejecutivo de Rodríguez Zapatero en la fiesta por la familia cristiana celebrada el 30 de diciembre.
Sin pelos en la lengua, el cardenal arzobispo de Madrid habló de que algunas leyes socialistas conculcaban la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ahí está, por ejemplo, su oposición frontal a la asignatura de educación para la Ciudadanía. Rocuco dijo que la materia afronta "obstáculos constitucionales insalvables: el derecho a la libertad religiosa y la de enseñanza".
El cardenal aludió entonces al artículo 27 de la Constitución (libertad de enseñanza) para razonar que el Estado no puede introducir una asignatura obligatoria cuyo objetivo es la formación moral de los alumnos.
Talante negociador
Sin embargo, sí ha demostrado talante negociador y solucionador de conflictos en casos como el de la "parroquia roja" de Entrevías, Madrid. Al final, el cardenal supo dirimir las diferencias con todas las posiciones Evangelio en mano y encontró una solución que satisfizo a la mayoría.
Que se reuniera con los curas que se rebelaron en Entrevías, que comiera con ellos en su casa viene a demostrar que en la Iglesia hay pluralismo y se aceptan diversidad de opiniones.
Un talante que ya mostró también al referirse al matrimonio homosexual. El cardenal dijo que él no estaba en contra de los gays, simplemente que no estaba de acuerdo con el modelo de convicencia que propone el Gobierno: "Un gay es una persona, un hijo de Dios al que yo tengo que respetar y ayudar dentro de lo que de mí depende". Pero fue más contundente al explicar que "no se puede tratar igual a una fórmula de convivencia que no puede prestar unos servicios básicos a la sociedad".
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