Alicia Huerta | Miércoles 27 de enero de 2010
En Suecia, donde Stieg Larsson ya es un mito a la altura de otros grandes “productos nacionales” como Ikea, Pippi Calzaslargas o el grupo musical Abba, estos días las aguas bajan tremendamente revueltas por culpa de un artículo, publicado en uno de los diarios de mayor tirada, escrito por Anders Hellberg, antiguo jefe del fallecido escritor durante los diez años que coincidieron en TT, la agencia de noticias de aquel país. Nadie puede creer que Hellberg se haya puesto a despotricar contra el famoso autor de la saga Millenium, acusándole, de paso, de no haber escrito ninguno de los libros de los que ya se han vendido veinticinco millones en todo el mundo.
Decía el escritor y humorista británico Lawrence Sterne que “la muerte abre la puerta de la fama y cierra la de la envidia”, pero parece que la acertada cita no va con este gris periodista sesentón que afirma, convencido, que Stieg Larsson nunca escribió las exitosas novelas porque no tenía ni la pluma ni el tiempo necesario para hacerlo y asegura que fue Eva Gabrielsson, “la mujer no esposa” de Stieg durante 32 años, quien tecleó frente al ordenador las aventuras que se narran en la trilogía Millenium.
Pero tampoco parece que la cita de Sterne vaya con Kurdo Baski, y, en su caso, el asunto tiene bastante más delito, porque encima se supone que era amigo de Larsson y no un simple colega de profesión batallando por ser el mejor y dejar su nombre grabado en la historia. Baski no pone en duda que Larsson sea el verdadero autor de Millenium, porque asegura que le vio muchas veces escribiendo como un poseso en la cafetería o en la mesa de la redacción, pero en el libro que “oportunamente” ha publicado con el título de “Mon ami Stieg Larsson”, asegura que, como periodista, Larsson valía muy poco, que ponía en boca de sus entrevistados palabras que no habían dicho y que, además, era extremadamente partidista a la hora de escribir los textos.
Lo que está claro es que a la envidia, el único vicio no placentero y el único pecado que no hace mal a los demás, sino a las personas que lo ejecutan, se le une aquí ese afán de notoriedad que acompaña tantas veces a los mediocres que tienen la suerte o la desgracia de rodear a quienes sí logran destacar en lo que hacen. Los mediocres, cuando además salen parásitos, saben muy bien que lanzando porquería sobre el famoso, tendrán la oportunidad de recoger las sobras de la fama. Si Hellberg hubiera escrito alabanzas del escritor, ahora nadie estaría hablando de su polémico artículo y, desde luego, nadie mencionaría su nombre a miles de kilómetros de distancia de su mesa en la redacción del Dagens Nyheter’s. Y si el libro del “amigo” se limitara a narrar cosas positivas de Larsson, perdería sin remedio ese morbo que empuja a un lector, mucho más que una buena crítica, a pasar por caja con la biografía de un famoso en la mano.
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