Opinión

Aznar y Felipe, en misión de paz

Alejandra Ruiz-Hermosilla | Miércoles 27 de enero de 2010
Desde hace ya varias semanas, las comparecencias públicas de los ex presidentes Felipe González y José María Aznar son mucho más frecuentes de lo que venía siendo habitual en los últimos años. Han multiplicado el número de entrevistas concedidas, atienden a los periodistas en todos los pasillos, se dejan ver en los más variados actos organizados por la sociedad civil y se reúnen con sus compañeros de partido con cualquier excusa. Tanto se prodigan que hasta la prensa rosa se ocupa de ellos.

Aznar y Felipe recuperan el protagonismo de sus mejores tiempos justo cuando el PP y el PSOE se parecen más a una jaula de grillos que a un partido político. Parece que los líderes españoles de más sólida reputación nacional e internacional son los únicos gallos capaces de poner paz en sus respectivos gallineros. Sus declaraciones abren la caja de los truenos en las filas de los adversarios, pero no en las propias. Justo lo contrario de lo que sucede cada vez que un político en activo abre la boca.

Las discrepancias, cuando no las disputas y peleas internas, se suceden entre socialistas y populares en torno a la práctica totalidad de los asuntos que hoy ocupan la actualidad política. Sólo se salva la Educación, y ya era hora de que un gran pacto de Estado ponga los medios necesarios para sacar a España de la cola de todas las listas sobre calidad educativa. Lo mismo da si se trata de la ubicación de un almacén de residuos nucleares que del reparto de un bien escaso y público como es el agua, de la incorporación a nuestro ordenamiento jurídico de la cadena perpetua que de la regulación legal de la política lingüística. El caso es no ofrecer a los españoles una posición de partido igual en todo el territorio nacional sino confundirnos con varias posturas, las más de las veces contradictorias, para arañar votos en las distintas regiones como mejor convenga. Los alcaldes contra los presidentes regionales, los barones contra las direcciones nacionales de los partidos, Ferraz y Génova contra los municipios y vuelta a empezar.

Y en plena trifulca, mientras todos los que no somos políticos estamos más preocupados por las cuestiones crematísticas que por la sucesión de Zapatero, Felipe y Aznar ocupan la pantalla del televisor, toman los micrófonos de las emisoras de radios y acaparan la tinta de los periódicos. Curiosa coincidencias la de estas dos reapariciones de quienes nunca dejaron de estar, pero hoy están más que ayer. Con el proyecto de retrasar la edad de jubilación hasta, al menos, los setenta años como telón de fondo es conveniente analizar la urgente necesidad que la política española tiene de contar con hombres de Estado, que han superado las frívolas irresponsabilidades que surgen de la inexperiencia, para superar la desconfianza que los ciudadanos sienten mayoritariamente hace la clase dirigente que nos está tocando padecer.

O Aznar y Felipe han coincido, por una vez en sus vidas públicas, en detectar esta necesidad o los españoles estamos más desesperados de los que creíamos y recurrimos a estas dos figuras políticas a las que consideramos, al menos, sólidas, expertas y predecibles porque las conocemos.

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