Opinión

Caja Madrid: buen sucesor, mal proceso sucesorio

Viernes 29 de enero de 2010
La asamblea de una de las cuatro mayores entidades financieras españolas elegía ayer por unanimidad a Rodrigo Rato como nuevo presidente. Así, caja Madrid cerraba ayer uno de sus episodios más bochornosos; y no por la propia Caja en sí misma, sino por el procedimiento sucesorio y todo lo que de él ha devenido. La idoneidad de Rato para el puesto es algo fuera de toda duda. Pocas personas habrá con una valía mayor para llevar el timón de la segunda caja de ahorros más importante de España. Pero lo que sí resulta sumamente cuestionable es el proceso a través del cual Rodrigo Rato ha llegado donde ha llegado, pues da la impresión de que en su nombramiento han pesado más consideraciones de índole político que empresarial.

Comunidad de Madrid y Ayuntamiento -más éste último, dicho sea de paso, pues fue Gallardón quien paralizó la sucesión ante los tribunales por oscuras motivaciones- se han tirado los trastos a la cabeza en un asunto en el que deberían de haber ido de la mano. Cuando en tiempos de José María Aznar se nombró presidente de Caja Madrid a Miguel Blesa en sustitución de Jaime Terceiro, el asunto apenas trascendió. Y ello fue así porque aquel proceso sucesorio no se contaminó con agrias trifulcas políticas y luchas de poder intestinas en el seno del PP madrileños. Algo que, dicho sea de paso, Aznar no hubiera consentido. Claro que el liderazgo de Aznar estaba bien cimentado y fuera de toda duda.

Pero con independencia del entorno local de la corporación de ahorro madrileña, algo en lo que la clase política española debería reflexionar es en la manera torticera y partidista en la que se gestionan las cajas de ahorros. En las cajas hay un problema muy grave de clarificación de la propiedad, lo cual ha conducido -y aún conduce- a una serie de prácticas nada higiénicas para el normal funcionamiento del sistema financiero y político en general: condonaciones de deudas, concesión de créditos “de alto riesgo” o financiación de aventuras inmobiliarias que no siempre acaban bien, entre otras. La injerencia política en el devenir cotidiano de las cajas de ahorros no ha traído nada bueno. Y tampoco la tutela que la totalidad de formaciones políticas han llevado a cabo en la elección de sus altos cargos. Con la excepción, quizás, de la primera de todas, La Caixa, donde parecen primar los criterios empresariales sobre los políticos; y así les va: son los primeros. Esperemos que sea la última vez que se produzca un esperpento semejante; no ya en Caja Madrid, sino en cualquier caja española.

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