Opinión

Obama ante los suyos

Viernes 29 de enero de 2010
Uno de los acontecimientos más importantes en la vida política norteamericana es el discurso sobre el Estado de la Unión, en el que el presidente se dirige a la nación para hacer balance del año. En esta ocasión, la atención mediática concitada era máxima, toda vez que se trataba de la primera vez que Obama, ya pasado un año desde su toma de posesión, se dirigía al país. Son este tipo de situaciones las que definen la madurez democrática de un estado, y en el caso norteamericano, la valoración es muy alta. Fundamentalmente, porque la pauta es siempre la misma: gobierne un demócrata o un republicano, lo primordial es Estados Unidos, por lo que no es infrecuente que representantes del partido de la oposición se posicionen al lado del presidente en cuestiones puntuales y viceversa; senadores de su propio partido pueden manifestar abiertamente su opinión crítica si algún asunto afecta directamente a sus electores.

No puede decirse que Obama escurriera el bulto. Antes al contrario, habló de lo que realmente preocupa al pueblo estadounidense, que es la marcha de la economía. Y puso especial énfasis en la pequeña y mediana empresa, uno de los principales motores de la economía del país. Tampoco dibujó un panorama idílico, porque Obama sabe bien que engañar al electorado tiene un precio muy alto en el sistema estadounidense. Por encima de valoraciones más o menos ideológicas sobre su modo de gestionar los retos a los que ha hacer frente el país, lo que no se le puede negar es coraje político a la hora de defender su programa. Obama ha tenido que plegar velas en alguno de sus postulados iniciales, escuchando la voz de expertos económicos, analistas internacionales e incluso miembros de su propio partido. Pero todo ello sin perjuicio de mantener las líneas maestras de las ideas que le llevaron a ser elegido presidente, como por ejemplo su plan de reforma sanitaria.

Seguir adelante con semejante propuesta en un país donde no hay una cultura especialmente proclive a aumentar el gasto social demuestra una indudable fidelidad a un programa electoral, rara avis en los tiempos que corren. Pero, al mismo tiempo, ha tenido la cintura política suficiente como para sumir determinados excesos; sin ir más lejos, el desmantelamiento prometido de Guantánamo, del que ya ha transcurrido el plazo sin que se haya llevado a efecto. Y lo más importante para un político, no ha perdido el pulso de lo que pasa realmente en la calle, esa que le votó hace ahora poco más de un año. Por eso conviene seguir dando un voto de confianza a alguien que, por más que haya cometido errores, al menos tiene claro hacia dónde quiere ir, y qué es lo que pide su electorado. Virtudes ambas que bien podría exportar al otro lado del Atlántico.

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