Antonio D. Olano | Viernes 29 de enero de 2010
Ahí tienes a la Gran Vía. ¡Báilala!.Que cada uno escoge su modo (¿moda?) de mover el esqueleto. Tratándose de una calle madrileña lo normal sería bailar el “schotis”, de origen anglosajón; pero nacionalizado madrileño, como tantos genios perdurables. Valle Inclán, Wenceslao Fernández Flórez, Camilo José Cela, Azorín, Camba, Pérez Galdós, Francisco de Goya y, para dejarnos de rodeos, el mismísimo schotis que debe bailarse en el espacio que nos ofrece una baldosa.(En un ladrillo, dicen los castizos). Y que fue compuesto, en sus mejores versiones, por gente foránea, verbigracia Agustín Lara, al que en estos momentos se pone en tela de juicio:
“Que si no es fruto de su inspiración? ¿Que lo tomó de un exiliado español?.
¡A buenas horas mangas verdes!. ¿Descubren en “plagio” más de medio siglo después de haber alcanzado la universalidad?.¡Anda y que los ondulen a la permanén!, que se canta en “La gran vía”.
Calle luenga y “varioforme” que fue mi primer descubrimiento de Madrid. Los lugares que uno vista por vez primera no admitimos que nos los descubra nadie. “Todo periodista que llega París está obligado a escribir sobre la Torre Eiffel. Y a diferenciar su crónica de los millares de escritos anteriores.”.
Yo llegué a la ya centenaria Gran Vía cuando cumplía, ella, claro está, sus bodas de oro. Mis primeros contactos fueron profesionales. En el número 32 de la entonces Avenida de José Antonio, tenía su sede “Radio Madrid”, la antigua “Radio Unión” en la que conocí a varios de sus viejos redactores. Yo me presentaba ante Bobby Deglané -¿no había inventado él la radio?- que inmediatamente me incorporó a su “Cabalgata fin de semana” que en una España con televisión incipiente, constituía el mayor espectáculo nacional de cada sábado.
Me sentía orgulloso de formar parte de los alevines del enorme potencial formado por maestros como Antonio Calderón, Mallorquí, Sautier. Vázquez, Marco, Juan de Toro, los hermanos Baylos y las mujeres y caballeros del carismático “cuadro de actores”. (Matilde Conesa, Juana Ginzo, Matide Vilariño, Sélica Torca, Pedro Pablo Ayuso…)
Por los estudios desfilaban las figuras que alcanzaron la universalidad. Alli aprendí todo el periodismo que me serviría en futuras andaduras, tanto radiofónicas, en papel impreso, ante las cámaras televisivas…
Llamaba poderosamente la atención el ascensor solemne, y único, que nos llevaba a recorrer las plantas del edificio. Los ascensores de antes eran como los “Rolls Royce” del caminar vertical. En el nuestro estaba prohibido bajar. Pese al cartel que lo advertía, algunos hacían caso omiso y descendían. Un conserje se dirigió, airado, a Luís Escobar y le espetó: “¿Cómo ha bajado usted en el ascensor ?”. Sin inmutarse, el aristócrata y director de escena, le respondió:
-Pues divinamente, hijo mío. divinamente…
Uno, ávido de comerse al mundo, tenía como destinos periodísticos varias redacciones. Y así, tras mi oferta y petición de trabajo, se me abrieron las puertas de “Triunfo”, “La Codorniz” y, en el mismo edificio –casa de la Asociación de la Prensa- me brindaron espacios en “La Hoja de Lunes”. Además ya formaba parte de la redacción del diario “Pueblo”.
“En Chicote un agasajo postinero…”. Todas las calabriadas tenían lugar en el “Museo de Chicote”. Allí íbamos en busca de personajes y consiguiente noticias todos los periodistas deseosos de apuntarnos un tato. Liz Taylor, Ava Gadner, Sofía Loren , Gary Cooper y los nacionales: Carmen Sevilla, Lola Flores, Alfredo Mayo…Y desde don Gregorio Marañón a Ortega y Gasset, don Jacinto Benavente, doña Lola Membrives, Rafael Ribelles, Antonio, la Duquesa de Alba….
Todo el local de popular barman – que solo bebía vino tinto con sifón- fue dedicado una noche a Agustín Lara que escuchó, en voz de Plácido Domingo, su “schotis” dedicado a Madrid, Madrid, Madrid..
En el bar. de la Gran Vía, se reunían en tertulias los de siempre: Miguel Miura, Arturo Serrano, Edgar Neville, Tono y el diminuto y gran, Don Marcelino, que nunca quiso que lo retratara Picasso. Le dijo:
-Don Pablo, perdóneme pero no me voy a quedar varios días en su casa para que me haga una de esas mamarrachadas que usted pinta..
Alternaban los intelectuales con las veteranas señoritas que esperaban a los mismos clientes, generalmente gobernadores civiles y jefes provinciales del Movimiento, que se desplazaban a Madrid en misiones oficiales. Cruzaban la calle hasta el vecino “Labra” bar no de dudosa sino de clarísima reputación. La nota trágica ocurrió una tarde en la que feneció, arrollada por un viejo taxi, una de las veteranas en el oficio del amor retribuido.
-Murió en accidente laboral, cruzaba de “Chicote” a Labra- comentó el agudísimo Eduardo Manzano.
TEMAS RELACIONADOS: