Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 30 de enero de 2010
El 27 de enero de 1945 el ejército soviético liberó el campo de extermino de Auschwitz. Desde 2005, ese día, se celebra el Día de Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. El mundo –y en especial Europa- tiene la obligación y la responsabilidad de no olvidar lo que ocurrió aquí, en nuestro suelo, en el continente que creía ser el más culto y civilizado del planeta.
Digámoslo claramente. El lenguaje no puede agotar el horror de la Shoah, la destrucción de los judíos de Europa, la matanza de gitanos, eslavos, homosexuales, disidentes… Tal vez el cine o la música puedan superar la limitación de las palabras confrontadas con el horror. Desde entonces, una sombra se cierne sobre la Historia de Europa y la oscurece sumiéndola en la sombra. Adorno declaró kein Gedicht nach Auschwitz, no más poesía después de Auschwitz. Sin embargo, quizás no podamos prescindir de los versos ni las partituras para acercarnos al espanto de los Campos; pero ¿es esto posible?
En Auschwitz I, los prisioneros debían formar durante horas bajo el frío polaco –veinte grados bajo cero- en pijama y chanclas o zuecos de madera. Perder el calzado era la muerte por congelación o a golpes de los guardias. Robar comida se castigaba con la muerte. Una orquesta tocaba marchas mientras los presos salían a trabajar: muchos no volvían. La celda de castigo, la muerte por inanición y el fusilamiento acompañaban los experimentos con seres humanos del Dr. Mengele y sus asistentes. Los gritos de dolor se escuchaban en los demás pabellones. El campo tenía ganchos para colgar a las personas y un burdel para los guardias. El trabajo os hará libres, rezaba la inscripción de la entrada.
La capacidad del campo, sin embargo, pronto se vio superada por la cantidad de judíos que llegaban. Entonces, los nazis construyeron Auschwitz II. Aquí estaban las cámaras de gas, los hornos crematorios, los barracones infernales de madera o ladrillo. Las alambradas electrificadas y las torres recibían los trenes que llegaban con judíos de toda Europa. Loa aliados, que bombardearon todo en Alemania, no destruyeron, sin embargo, las vías férreas que llevaban a los campos de exterminio. Hasta el final, Auschwitz funcionó como una máquina de muerte engrasada y a pleno rendimiento
Cuando llegaban los judíos, eran separados. Los ancianos, los niños, los que tenían alguna discapacidad iban directos a la cámara de gas pero ellos no lo sabían. Les hacían creer que iban a ducharse. Les recomendaban que atasen juntos sus zapatos para recogerlos luego. Todo lo que los judíos dejaban a la entrada de la cámara les era robado y se distribuía por todo el Reich. Cuando los soviéticos entraron, encontraron zapatos, maletas, prótesis, máquinas de coser, ropa y todo lo que los nazis pudieron quitarles a quienes lo habían perdido todo. ¿Hay que mencionar las más de dos toneladas de cabellos humanos que hallaron?
El comandante del campo, Höss, era un sensible padre de familia, un hombre delicado y un caballero con sus visitas. Su casa –una villa magnífica- daba sobre el campo donde se consumaba el exterminio. Cuando lo ahorcaron los polacos al terminar la guerra, lo hicieron mirando hacia la casa en la que había vivido mientras sembraba la muerte. Antes de morir, declaró que creía haber hecho lo correcto.
Auschwitz encierra el terror de Treblinka, de Majdanek, de Chelmnno, de Belzec, de Jasenovac, de Staro Sajmiste… Hubo campos en muchos sitios y nombrarlos a todos sería catalogar la muerte en el viejo continente. Allí murió Europa. Allí se levanta el acta de defunción de un continente que creyó ser la luz de la humanidad y acabó como acabó.
Algunos creen que la Shoah fue obra de los alemanes, pero se equivocan. Fue obra de los nazis -entre ellos hubo muchos que no eran alemanes- y de sus colaboradores, y los tuvieron en toda Europa. En Croacia, Ante Pavelic se las arregló muy bien para exterminar judíos, gitanos y serbios mientras en Rumanía y Hungría los fascistas correspondientes hacían lo propio. Los colaboracionistas ucranianos pusieron un entusiasmo digno de los más fieles seguidores del Führer. En Europa Occidental –con la excepción de Dinamarca- a los judíos los fueron a detener policías y funcionarios de cada país y no sólo los ocupantes. Digamos, por fin, que en Alemania hubo siempre –como en toda Europa- una resistencia frente a los nazis que pagó con sangre su empeño Por desgracia, a los resistentes no siempre les interesó el destino de los judíos ni el de los gitanos, ni el de los homosexuales ni el de tantos otros.
No toda la Shoah se consumó en los campos. Se asesinó a los judíos por la calles de las ciudades y en los ghettos. Por todas partes fueron perseguidos, torturados, heridos, muertos. Los nazis peinaron cada palmo de Europa buscándolos. Al final, derrotados en Rusia, prefirieron seguir empleando esfuerzos en matar judíos antes que intentar una paz honrosa o un esfuerzo bélico mayor. Siguieron dedicando tropas y medios al exterminio aun cuando la derrota era inminente.
Esta Historia no termina bien. Concluye con un silencio que desde Auschwitz cubre Europa entera. La cierra una oscuridad que nada puede iluminar. Hay un vacío de músicas, de palabras, de lenguas, de oraciones y de voces exterminadas. Nos queda una obligación, una responsabilidad, un mandato: recordar para que jamás se repita con ningún pueblo.
Hoy esta columna trata de cumplirlo.
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