Martín-Miguel Rubio Esteban | Sábado 30 de enero de 2010
El sin duda egregio Consejero de Empleo en Andalucía, Don Antonio Fernández, sostiene que el incremento del paro en esa región soleada, que tanta suerte tiene de tener gerifaltes tan conspicuos y penetrantes, es porque los hijos y mujer de quien se queda sin empleo y se apunta en las oficinas de empleo, se apuntan a su vez en el paro no por desesperación doméstica y miedo al hambre, sino por solidaridad o, lo que es peor, para afear intencionada y maliciosamente las cifras del paro andaluz. Hay que tener el alma llena de maldad para no soportar el frigorífico vacío y salir en busca de trabajo todos los miembros de una familia andaluza sin ingresos, y de esto modo vil perturbar la excelsa ataraxia beatífica que reina en la cúspide del poder político andaluz. Pura mala baba y ningún sentido de la estética ni de la ética zapateril. También podría pensar el descollante prócer de la política andaluza de empleo que las nuevas remesas de jóvenes que por edad intentan sin éxito encontrar trabajo en los últimos cinco años, pueden estar incrementando también las cifras vitandas de paro. Pero si eso fuera así, desde luego que nos encontraríamos ante otra falta de delicadeza imperdonable. Los jóvenes de hoy, ya se sabe. Unos perdidos del todo que prefieren trabajar a entrar en el dorado clientelismo lacayuno del partido político gobernante. PSOE o PP, daría lo mismo. Golfos, que son unos golfos sin respeto alguno a la autoridad.
Y fuera ya del sarcasmo doloroso que no puede hacernos reír en absoluto, sino sólo llorar, es verdad que aunque afortunadamente los otros consejeros de empleo en las otras dieciséis comunidades autónomas españolas tienen más sentido común, más sensibilidad humana y dicen menos disparates que el Sr. Fernández, no parece moralmente aceptable explicar con cuentos delirantes y maquilladores los tercos números del paro. De lo que se trata ahora es de estudiar el poder político medidas urgentes, fundadas en sólidas teorías económicas, que nos ayuden a salir del desempleo monstruoso que sufre España. Y el problema está en que ya no se puede resolver este terrible problema con las teorías clásicas de la economía: la inclusión de los países europeos en el euro les impide, a diferencia de la época de Solchaga, por ejemplo, devaluar la antigua moneda nacional. Pues solía ser útil para el área deprimida devaluar la moneda, incrementando las exportaciones, desviando el gasto en importaciones hacia sustitutivos de la importación producidos en la zona e incrementando el empleo a través del multiplicador del comercio exterior. Como esto no se puede hacer por nuestra adscripción al euro sólo podemos en nuestra área hacer lo contrario: comerciar intensamente en nuestro propio interior nacional y tener contactos comerciales limitados con el mundo exterior. Eso nos lleva otra vez al problema financiero de los bancos y a la necesidad de un gasto público más agresivo, a fin de conseguir la plena utilización de la pequeña capacidad industrial española, incluyendo un mayor volumen de ocupación.
En todo caso necesitamos ideas originales para esta situación inédita. Como Europa necesitó las entonces ideas originales tanto de Keynes como de Milton Friedman. Nos podrían inspirar también otras políticas europeas que pilotaron la salida de la bancarrota, haciendo que el país recobrase el equilibrio económico y financiero, suscitando su actividad y evitándole excesivas conmociones. Es decir, aquellos que gobernaron tomando iniciativas, corriendo riesgos, afrontando inconvenientes. Es así que, verbi gratia, tres ministros degaullistas entre 1944 y 1947, Pierre Mendès-France ( Economía Nacional ), André Leperq ( Hacienda ) y Alexandre Parodi ( Trabajo ), andando al borde del abismo ( Estado en quiebra ) supieron sacar a Francia del paro sin devaluar el franco. Claro, que ellos contaban con la construcción de una Francia destruida. En todo caso, como dijo Charles De Gaulle, “si el presente se halla sumido en la secuela de las pasadas desdichas, el porvenir está por edificar”. Confiemos en nosotros mismos, y mandemos al paro al Sr. Fernández por tontaco.
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