Sábado 30 de enero de 2010
El Gobierno español llevaba días intentando allanar el terreno al penoso dato del desempleo que iba a conocerse a raíz de la Encuesta de Población Activa -EPA-, y si bien las expectativas no eran nada halagüeñas, la realidad ha resultado incluso peor de lo que esperaba. Así, la tasa de paro se situaba al cierre de 2009 en el 18,83 por ciento de la población activa. Ese mismo año, más de un millón de personas perdieron su empleo en España, con lo que la cifra de parados a fecha 31 de diciembre de 2009 rondaba los cuatro millones y medio. Así las cosas, es natural que España despierte recelos en medio mundo. Ello es así no sólo por sus datos, absolutamente incontestables, sino por la inane reacción que ante ellos está teniendo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.
La lista de organismos oficiales y analistas económicos tanto nacionales como foráneos que han alertado del modo en el que se están llevando las cosas en España es tan extensa como irrelevante a ojos de una Moncloa que lleva años sólo pendiente de sondeos. Habida cuenta de las carencias idiomáticas de Zapatero, será que los expertos extranjeros sólo se expresan en inglés como "lingua" franca. Imagen lamentable la suya: él, que tanto gusta de fotos y titulares, presidiendo la Europa de los 27 pero sin tener conocimiento de idioma alguno salvo el propio. Una situación embarazosa y disfuncional que no debiera repetirse: no es de recibo que el presidente de un país como España sea incapaz de conversar fluidamente con sus socios europeos y aliados de otros países. Pero es que además, aunque fuera por medio de intérpretes, en Davos el presidente Zapatero tuvo que escuchar el temor que generaba España para la buena marcha de la economía europea en su conjunto. En algo ha conseguido el señor Zapatero el liderazgo, y además de manera incontestable: ha logrado deteriorar la imagen del país hasta convertirlo uno de los que menos confianza genera. A la postre, el señor Zapatero, que ha querido ser un maestro del mundo virtual, ha deteriorado tanto la realidad que ha terminado destruyendo su propia imagen
Lo peor de todo es no se atisban soluciones ni a corto ni a medio plazo. La imprescindible reforma del mercado laboral y del actual sistema de cotizaciones empresariales es un tema inabordable por un Gobierno demasiado ocupado en domesticar sindicatos e intentar lanzar a la ciudadanía cortinas de humo que distraigan de su inoperancia, como el borrador de la próxima Ley de Libertad Religiosa o los globos sonda en materia educativa. Ahora, además, pretenden retrasar la edad de jubilación a los 67 años, pero no por estimar -con toda la razón, por cierto- que haya personas que a esa edad estén plenamente capacitadas para seguir desempeñando su labor, sino por el temor a quebrar la caja de la seguridad social en vista de su calamitosa gestión. El sistema de pensiones no puede ser utilizado para camuflar desaguisados económicos, sino para su cometido primigenio, que no es otro que abonar las jubilaciones de quienes han trabajado toda una vida. Los cuales, por cierto, no se merecen padecer los vaivenes ocasionados por un Ejecutivo desarbolado al que se le van acabando los conejos de la chistera.
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