Opinión

Zafiedad lingüística en la clase política española

Domingo 31 de enero de 2010
Suele ocurrir con cierta frecuencia que algún micrófono abierto a destiempo juega una mala pasada a quien está cerca y cree que sus palabras no son escuchadas. El último caso, el de Esperanza Aguirre, quien tildaba de “hijo puta” presuntamente a un consejero de Caja Madrid, aunque algunos sostienen que su invectiva tenía destinatario municipal. Sea como fuere, el exabrupto es de todo punto inadmisible, no ya por venir de una responsable política de alto nivel, sino por haber sido dicho en público. El hecho de que se produjese a micrófono supuestamente cerrado no la exonera de su responsabilidad. Esperanza Aguirre, por mor de su puesto, debería ser un ejemplo en su forma de expresarse y, a tenor de lo escuchado, dicha forma no puede catalogarse como ejemplar. Un puesto como el suyo ha de estar sometido permanentemente a una continua fiscalización, con o sin micrófonos.


En esta ocasión ha sido la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero hay muchos más lenguaraces sueltos en la vida política española. Recuérdese la metedura de pata de José Bono llamando “gilipollas” a Tony Blair, o la de Mariano Rajoy afirmando que el desfile del Día de las Fuerzas Armadas era “un coñazo”. En un ámbito estrictamente privado y coloquial, todos podemos expresarnos del modo que nos parezca. Pero en el momento en el que alguien detenta un cargo público y, por tanto, es susceptible de que sus palabras tengan relevancia pública, ha de extremar al máximo su manera de hablar. Se trata de elevar el nivel intelectual de la ciudadanía, no de rebajarlo con expresiones chabacanas y soeces. Hay que educar "hacia arriba", en valores, y no hacia abajo. Porque algunos confunden democracia con plebeyismo y, desde luego, "no es eso". En el fondo, es incluso una falta de respeto a la sociedad que les ha puesto ahí, y que merece cuando menos un léxico correcto de sus servidores públicos.